Tuberosas en la biblioteca: Cèdre de Serge Lutens.

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Podría ser más enigmático pero, en el fondo, Cèdre es nostálgico porque arrastra un consistente recuerdo a veteranos libros encuadernados en cuero y ese aire perfumado como de antiguo gran perfume multifacetado. El eco susurrante de otra época no desaparece, huele a polvo de tuberosa, a clavos y a ámbar aunque la principal nota sea, como cabría esperar, la madera de cedro en clave refinada.

Cuando la gente se adentra en el mundo de la perfumería niche lo hace buscando algo diferente y especial o algo perdido. Diferente al mainstream y al catálogo tradicional de los grandes nombres. Busca algo de olor único ya sea porque parezca algo innovador, porque resulte un acercamiento raro e impensado a una nota conocida o la nota misma sea realmente exótica. Y esas diferencias y esas rarezas deben ser más que evidentes y palpables para que la gente acepte el producto como propiamente niche… es una paradoja de este sector que mientras se busque lo diferente se rechace la fantasía…La perfumería nicho también tiene sus clichés pero Serge Lutens en esto de hacer ver notas perturbadoras o extrañas en composiciones exóticas nunca se ha quedado atrás como tampoco ha dejado ver con frecuencia que sus temas recogen el legado del pasado -salvo excepciones como Clair de Musc o La Myrrhe donde se lee con facilidad el legado del Nº5-; no, el arreglo de las notas suele ser tal que siempre parece totalmente original, como si partiera de cero en todo momento. Sin embargo, en los perfumes de Serge Lutens hay tanta erudición como creatividad, cosa que en Cèdre se hace ver de forma particular, como si fuera un eslabón perdido de la tradición y el saber hacer de los clásicos.

Así que acercarse a Cèdre con la expectativa de encontrar un olor a cedro moderno y espacioso basado en Iso E Super al estilo Feminité du Bois y el resto de perfumes de la serie Bois es asegurarse la decepción; probarlo esperando un perfume de crudo olor a cedro así agudo, ahumado, ligeramente animalístico y alcanforado acompañado de las consabidas especias o el frescor de los cítricos con los que tan bien combina tampoco es la mejor opción para entenderlo. Ni es cedro diáfano, ni es cedro áspero y opaco. Cèdre se basa en la versatilidad del cedro como material de la perfumería clásica y lo que resalta de su carácter no es su pungencia inical sino su cálida tenacidad ambarada.

El perfume realza exactamente esos aspectos de fondo en el cedro que recuerdan a la jara, a las viejas maderas de sólidos muebles y vagamente a cuero y a especias todo envuelto por una luminosidad melosa y un matiz floral frutal que aquí se realza con tuberosa. Una tuberosa discreta que combina muy bien con el cedro y sirve para remarcar aspectos medicinales y vegetales de la madera pero que también, por su carácter cálido, su recuerdo a clavo y esa vaguedad dulce y melosa tan suya complementa el acabado ambarado del perfume. Aquellos fanáticos de la tuberosa que esperen encontrar tras la fanfarria inicial un soliflor de tuberosa en clave oscura y pleno de voluptuosidad quizás queden decepcionados. La tuberosa aquí es un acento que redondea con sutilidad el tema principal y está lejos de la cremosidad solar o la intoxicante naturaleza de la flor. Se aprecian matices de tuberosa -y también un poco de rosa- como se podrían apreciar en una flor natural desde cierta distancia.

Partiendo de ese recuerdo a cuero y miel que tiene la propia madera, el tema que predomina en Cèdre es el ámbar. Tras la promesa de tuberosa inicial el perfume comienza a desplegar un carácter dulce a la vez que seco, con puntas de olor afrutadas, de tabaco y especiadas y con una textura entre empolvada y aterciopelada que caracterizará la composición hasta el final. Eso es básicamente este perfume: ese olor seco, ligero y dorado que el cedro como material puede aportar a un perfume convertido en tema central; y este viaje en el tiempo se completa con un discreto acabado musgoso más afrutado y sutil que los más verdes musgos del pasado porque en Cèdre no se busca la densidad de un perfume vintage. Lo que se persigue tiene un valor más atmosférico.

Si hay una palabra que pueda asociarse a este perfume es remembranza porque Cèdre recuerda a formas del pasado y es reminiscente de un chypre floral al estilo de Passion de Annick Goutal, pero hablando mediante murmullos, oscilando entre realidad y recuerdos. Para mi tiene el aire evocador de aquellos veranos de mi infancia tardía en los que leer una novela de Agatha Christie era acceder al mundo de los adultos y sucumbir al entretenimiento de la trama mientras viajaba con la mente a otros lugares y otras épocas. Ya fuera en la playa que en una terraza o en la comodidad de mi casa, sostener aquellos volúmenes con tapas duras y perderme entre las pistas de los hoy ya tan obvios Asesinato en Mesopotamia o Muerte en el Nilo era pura aventura. Pura aventura perfumada por el papel que ya había comenzado a envejecer y por los perfumes adultos que las mujeres adultas a mi alrededor llevaban entonces. Esa mezcla es para mi Cèdre y puedo imaginarme a Poirot usándolo. Al Poirot interpretado por David Suchet: sutil, minucioso, cosmopolita educado pero al mismo tiempo un tanto singular y oscuro. Ah…Bon!

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De allure oriental y frescor chic: La Femme Intense de Prada.

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¿Quién puede definir con exactitud lo que es la femineidad? ¿Acaso es un universal?

La femineidad es un concepto moderno en el que se aglutinan los valores sociales concretos con la dimensión psicológica de cada mujer y, al igual que la personalidad, es en parte naturaleza y en parte conducta adquirida. Así que como concepto es dinámico y a la vez inasible, pero la gente prefiere aferrarse, así que no suele hablar de femineidad en términos abstractos sino en términos de conductas esperables asociadas a una moral dominante que poco puede tener que ver con el gusto propio y la expresión del mismo.

Pero aunque no haya una única definición de femineidad siempre habrá ese canon marcado por la sociedad que cambia muy lentamente y parece que nunca llega a transformarse del todo en algo totalmente nuevo. Esto es algo que incide directamente en la vida de las personas estableciendo usos, costumbres, estilos y expresiones válidas y aceptables para socializar.

Estas reglas y usos de cada época tienen un reflejo en el mundo de la perfumería. Un reflejo difuso e intrincado a la vez, pero menos accidental de lo que se pueda apreciar a primera vista.

En el s. XIX los olores se asociaban con un sentido de la moralidad muy explícita: los perfumes desprendían el elitista frescor de la Cologne con sus múltiples interpretaciones o hablaba el lenguaje de las flores (floriografía). Nadie pecaba contra esta regla si quería mantenerse en la buena sociedad. Pero por otro lado la fuerte industrialización finisecular, la masiva migración del campo a la ciudad, los nuevos paisajes urbanos con bellos paseos ajardinados por un lado y oscuros guetos por el otro suponían un caldo de cultivo caracterizado por una mayor polarización en la sociedad que hacía que las antiguas reglas del antiguo mundo comenzaran a resquebrajarse poco a poco hasta quedar totalmente obsoletas con la Gran Guerra que supuso el final de aquel mundo. El final de una época y el comienzo de otra significaron muchos cambios en el estilo de vida. Las antiguas fotografías nos dejan ver que corsés y crinolinas quedaban atrás pero no podemos apreciar como aquella sociedad pudiente que podía decidir entre Chanel o Lanvin sentía fascinación por la modernidad sofisticada de los perfumes abstractos y de fantasía.

Perdidos en parte los antiguos usos, surgía la necesidad de un nuevo lenguaje oficial que marcara la forma de presentarse en sociedad. Ya fueran las flores que la anchura del ala de tu sombrero, siempre era cuestión de que algo sirviera para establecer una comparación y crear un estereotipo en el que confluyeran viejas y nuevas ideas.

Los manuales al uso sobre el vestir o los buenos modales pudieron hacerse más “técnicos” pero el esquema subyacente vino a ser lo mismo, algo así como fisionomías asociadas a colores, colores asociados a virtudes, virtudes asociadas a olores, olores asociados a estilos de vida, estilos de vida que implican una forma de comer, de hablar, de peinarse…cliché tras cliché aglutinados para describir una personalidad, como si eso fuera algo totalmente dado e inmutable, pues así se creía entonces que era.

Aquella moda de los tipos no fue tal moda, aún perdura hoy en día y la publicidad se nutre de ella, pero tuvo su época dorada entre los años 20-30´s y 60´s en la medida en que toda mujer parecía ser de un tipo u otro y Hollywood contribuyó en gran medida a popularizar los estereotipos. De nuevo es el mundo de la imagen el que nos permite hacer una apreciación más directa y plástica de los hechos, pero la perfumería también se desarrolló bajo el influjo de los tipos. La idea podía ayudar a vender.

Frente a la conceptualización de los perfumes abstractos de Chanel, Jean Patou fue pionero en la idea de ofrecer perfumes para rubias, morenas y pelirrojas, asociando un tipo de olor a un color de cabello y suavizando la propuesta con el tamiz del romanticismo novelesco: cada perfume también representaba una fase del romance. Así publicitó sus perfumes creados en 1925 Que je sais?, Amour Amour y Adieu Sagesse. Rentabilizó la idea añadiendo vestidos para  cada tipo. Guerlain se hizo eco de la ocurrencia y en 1935 publicitó sus hoy ya clásicos L´Heure Bleue, Mitsouko y Liu para rubias, morenas y pelirrojas respectivamente mediante coloridos carteles ilustrados por A. Mouran Cassandre en los que resaltaba un sencillo eslogan: Eres su tipo? . Este modo de consolidar clichés asociando olores a caracteres no distaba mucho de la caracterización cinematográfica.

Los tipos siempre dejan fuera las características más personales y complejas porque sólo se basan en agrupaciones de rasgos que luego se asumen como inevitables y universales, aunque de vez en cuando sufran graciosas distorsiones. Pero la gente acepta los estereotipos con gran facilidad. A nivel personal porque describen rasgos y cualidades que pueden gustar y ser vistos como deseables -el cebo de la celebrity o el mito y el glamour de los iconos del pasado tienen un valor psicológico-; a nivel social también se aceptan porque la clasificación sin miramientos es un deporte muy humano que simplifica la interacción.

Es esperable que todo el mundo encaje siempre en algún lugar …pero ¿se pueden romper los clichés? Miuccia Prada sugiere esta idea en sus perfumes- y en su universo estilístico en general-, pero con La Femme & L´Homme y sus respectivas versiones Intense lo plantea directamente. No propone un discurso revolucionario sino una invitación sutil y pragmática para acercarse al perfume con otra mirada. El punto de partida es el propio cliché que se asume como propio e inevitable pero lo plasma con un lenguaje que obliga a mirar dos veces. Y esta es la clave, mirar dos veces.

Prada no propone escapar por completo del esquema habitual sino usarlo como base para construir un lenguaje de fusión entre facetas tradicionalmente femeninas y masculinas, poniendo en relieve matices diversos que acentúan diferente y, por tanto, amplían el campo de visión. Este uso de la fusión quizás sea más evidente en L´Homme & L´Homme Intense donde las notas cálidas y empolvadas de iris contrastan con especias frescas, cedro y ámbar; pero también es cierto que el mundo de la perfumería masculina es mucho más restrictivo en términos de olor y de aceptación de nuevos aromas más allá de las maderas ambaradas, las especias frescas o el cuero. Dicho de otra manera, si el mundo femenino sufre de estereotipos varios y dualistas, el masculino adolece de estereotipo único.

El lenguaje de raigambre clásica que Prada maneja y la perfumista Daniela Andrier ha ido puliendo perfume a perfume se apoya en tres pilares. Parte de un interés por expresar un estilo refinado más atemporal, se basa en un perfil caracterizado por dos materiales distintivos de la perfumería de lujo como son el iris y el ámbar y maneja el eclecticismo como recurso renovador.

El eclecticismo es importante porque es lo que rompe el estereotipo, permite experimentar e invita a pensar en la posibilidad de plantear un universo personal como lugar en el que conocerse mejor y comprender mejor las propias emociones forman parte del desarrollo, en vez de abrazar un dictado.

Pero el eclecticismo es sólo una parte del conjunto. Todo el universo Prada y su espléndido manejo de las sutilezas no estaría completo sin la búsqueda del refinamiento y esto se expresa con facetas limpias- a veces directamente jabonosas- envueltas en un frescor profundo y sedoso asociado al iris de forma más directa que a los cítricos y sostenidas por notas amaderadas ambaradas no necesariamente pesadas o excesivamente vibrantes pero si sólidas y moderadamente secas que dejan ver facetas ricas de ingredientes naturales. Es un sentido del refinamiento que parte de la mente , no de unas maneras y una pose y ese elemento intelectual que puede ser bastante rotundo recuerda a la visión creativa que Gabrielle Chanel tenía del perfume.

El estilo de los perfumes de Prada podrá gustar o no pero es notable que en el panorama actual, mientras las firmas más admiradas por su legado histórico parecen renunciar a sus estándares de calidad y sus señas de identidad, Prada hace lo contrario: apostar por una estética coherente y consistente.

Tan consistente como el carácter tradicional de los perfumes florientales basados en combinar flores blancas, especias y ámbar y en los que cabe poca variación. En ese sentido, La Femme Intense (2017) es un flororiental con algo más interesante.

Como su predecesor La Femme (2016) la idea es romper clichés de la manera más veraz: la femineidad no la representa una sola mujer -no es un tipo- sino distintas mujeres. Es una invitación a cultivar el estilo propio. La idea puede parecer muy obvia -y lo es-, incluso suele ser un lugar común en las conversaciones sobre estilo y moda pero, en realidad, se practica poco la búsqueda personal porque puede tener un coste social elevado. Pero en este caso la subversión incluye el contexto. Lo que Prada plantea, en último lugar, es que defender nuestra gracia y nuestras emociones es una decisión propia que forma parte del desarrollo personal y también es una forma de demostrar que se tiene clase y elegancia.

En términos de perfume esto se traduce en un mundo de sutilezas pero partiendo de las flores- más aún de las flores más dulces- el elemento distintivo de los perfumes femeninos por excelencia. Así, en La Femme todo es aparentemente juvenil, con un perfil de flores mantecosas y frutas tropicales, pero no se presentan claramente como tales sino jugando a dibujar con fluidez y naturalidad matices vagos y delicados de flores blancas; sin embargo, la proyección del perfume es importante y contrasta mucho con la ligereza de las notas…algo realmente tropical. La Femme es fresca por momentos y tiene un brillo dulce de melocotón que redondea las flores con un acabado jugoso pero hay una faceta melosa más primitiva que aporta el acento carnal al fondo verde y jabonoso del perfume. Con su vaguedad de notas frescas y solares, especiadas y animalísticas funciona como algo versátil y confortable que, pudiendo gustar a mucha gente por ser bonito y sencillo, también ofrece algo diferente en esa mezcla de imprecisión y osadía.

La Femme Intense (2017) deja atrás esa vaguedad y se acerca más a la piel: no proyecta tanto pero es más rica en contraste y color. Expresamente más exuberante, se dirige a quien gusta de la riqueza de matices porque estos añaden la profundidad y definición que enriquece la experiencia. Así que esa sensación emergente de aire tropical que inunda La Femme aquí se concreta más en una tuberosa solar muy saturada de luminosidad gracias a un rico ámbar y cuya deliciosa dulzura floral el iris realza con generosidad.

Lo interesante en el perfume es la mayor dimensión oriental que adquiere al facetar el ámbar con una impotante dosis de patchoulí y la calidad del mismo. Así, mientras en un floriental más tradicional el acorde floral tiene más peso, aquí las flores representan la parte radiante de un tema más insondable y sensual. El acento es diferente.

La faceta floral no proyecta un olor abrumador de flores blancas sino que exhala el aroma de un licor de flores dulce, reconfortante y profundo. El bouquet parece un mosaico cuyas teselas dibujan la figura mediante gradación de tonos en lugar de usar un fuerte contraste para diferenciar volúmenes; los tonos van desde brillantes amarillos y blancos cremosos que acentúan elementos florales de forma directa a fragmentos dorados que crean un aura más luminiscente e introspectiva.

Pese a que puede leerse como una tuberosa moderna -solar, ligera, limpia y tersa- elementos distintivos de otras flores se presentan alternativamente en el perfume. No se trata solo de los recuerdos a otras flores blancas que el complejo olor de la tuberosa podría mostrar, sino de algo más visible. El más sorprendente por su veracidad es el frangipani que introduce la cascada de referencias florales con una característica mezcla afrutada y balsámica de rosa y flor de naranjo; a ratos puede apreciarse el vago matiz a jacinto del jazmín Sambac y el corazón cremoso y especiado del ylang-ylang que ocupa un lugar importante en el perfume junto con la faceta afrutada, reminiscente de uvas, de la flor de naranjo.

Son flores radiantes sin resultar evidentemente indólicas. Dejan atrás el consabido cliché de la dualidad de las flores blancas y se presentan envueltas en un frescor verde y anaranjado que aporta delicadeza y familiaridad. También hay abundancia de matices frutales -no tan jugosos y tropicales como en La Femme, sino más bien confitados- que recuerdan al melocotón, las cerezas y el albaricoque. Sutiles pero suculentos. El carácter festivo de las flores se complementa con ámbar e iris. Un iris dulce, casi meloso, y ligeramente empolvado que realza mucho el bouquet mientras aporta un carácter más elusivo, atemporal y lujoso.

El ámbar, siguiendo el estilo de Prada pour Femme (2004) es translúcido, brillante, cremoso y sedoso, ligeramente vibrante e intensamente irisado pero sin la palpable referencia palatable a Angel de Thierry Mugler, aún así a veces parece oler a chocolate o mejor aún a bombón de licor. Es un ámbar bien redondeado con vainilla (nota discreta pero eficaz) y sombreado con el elegante efecto seco de maderas preciosas que aporta el vetiver. Pero es el patchoulí el que marca el compás y lleva el perfume hacia un territorio de oriental moderno más fresco y luminoso. Es el material que caracteriza el perfume con un efervescente dulzor herbal y esa complejidad suya así especiada, balsámica, vinosa y empolvada que refuerza la calidez dorada del perfume. Es el tipo de patchoulí de calidad afrutada que brilla en los perfumes de Chanel modernos. De hecho, La Femme Intense puede recordar a Chance EdP, a Coco Mademoiselle y especialmente a Allure Sensuelle EdP (sin la nota de incienso). En cada uno de estos perfumes un torbellino de flores reviste con tejido de distinta tonalidad un núcleo de ámbar cristalino facetado con ese patchoulí limpio y afrutado. La Femme Intense es más redondo, cremoso y festivo pero mediante la sutileza en los detalles y el frescor en el acabado intenta modelar lo mismo: un estilo chic.

La intensa vainillina y Ambre 83 de Laire.

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*Anuncio para Biscuits Lafèvre-Utile (1896) de Alphonse Mucha.

En una pequeña historia de la vainillina cabría resaltar dos hechos. El primero, que junto a la cumarina, es uno de los químicos aromáticos más antiguos; ambos comenzaron formando un poderoso tandem de profundo y persistente dulzor, el dulzor tradicional, rico y envolvente de los clásicos perfumes ambarados y orientales. El segundo es que, desde el inicio de su historia, la vainillina se pudo preparar con métodos diferentes y partiendo de diversas fuentes; tal circunstancia multiplicó el número de patentes y esto implicó un descenso drástico en su precio: desde los casi 9000 francos por kilo que podía costar en 1876 hasta menos de 50 hacia 1913. Y esta es, seguramente, la principal razón de su popularidad porque no sólo es un material importante en perfumería, también lo es en la industria del sabor donde se ha usado para aromatizar desde tabaco a chocolate. De hecho, la vainillina es lo que la gente suele identificar como olor de vainilla gracias a flanes, bizcochos de soletilla, natillas, helados y demás preparados industriales.

La vainillina tipifica -junto con los matices cinámicos- los olores balsámicos pues ocurre de forma natural en distintas variedades de vainilla, en los resinoides de benjuí, en el bálsamo de Perú, en el bálsamo de Tolu y en el estoraque; pero su olor es sólo una parte del aroma de la vainilla natural, aunque popularmente una se confunda con la otra porque la vainillina también representa en términos de aroma el común denominador entre la diversas vainillas que se cultivan en el mundo.

Diferentes concentraciones de vainillina también se pueden encontrar en la pimienta dulce (dioica o de Jamaica), en la canela de Ceylán, el clavo y su aceite esencial, el jengigre, la nuez moscada y su aceite esencial, el musgo de roble, la planta del tomate, el maíz, la avena, la mantequilla, el aceite de oliva, el café, el whiskey, el ron, la piel de patata, las fresas silvestres, la piña, las pipas de girasol, el aceite esencial de cabreuva o el raro y caro absoluto de flor de violeta. En algunos casos la vainillina puede formarse en un alimento como el jarabe de arce y el café por acción del calor, en otros casos como los vinos, licores, vinagres y demás productos envejecidos en barricas por acción de la lignina, un polímero de la madera del que se puede extraer vainillina como subprodcuto de la industria papelera. Esto enlaza con el olor de los libros viejos, que entre otras cosas pueden recordar a vainilla y ámbar gris.

Esta ocurrencia natural en distintos alimentos, especias u otras materias puede verse reflejada en fragancias, de forma incidental o tangencial. Un ejemplo interesante es Jeux de Peau de Serge Lutens, un perfume particularmente dulce y persistente cuyo motivo central en una primera impresión es un palatable y tierno acorde de café, pan y albaricoques pero que, de forma oblicua, remite al gusto de la vainillina y los clásicos perfumes ámbar. Por otro lado, del mundo del vino y la madera de roble se derivan productos como la tintura de astillas de roble o el extracto CO2 que si bien sirven para dar una tonalidad de musgo de roble, seca y amaderada, también tienen un tono balsámico vainillado y ligeramente frutal. Perfumes como Chêne de Serge Lutens, Caligna de L´Artisan Parfumeur o Vanille Insensée de Atelier Cologne usan estos materiales en su base.

Porque remite al sentido del gusto más primordial de la leche materna y al sentido del tacto acariciante y protector cuando forma parte de una faceta empolvada, la vainillina resulta ser un olor inconsciente y terriblemente apetecible, reconfortante y calmante. Tiene un importante efecto psicológico, pero en perfumeria también es interesante por su versatilidad: puede usarse como fijador o como modificador en todo tipo de perfumes siempre que se dosifique con cuidado pues si hay algo que caracterice a la vainillina es su cálida persistencia, sin ser tan potente como la etil vainillina (cuyo carácter fue magistralmente domado por Jacques Guerlain en Shalimar), aún puede resultar agotadora, pese a ser cremosa, dulce y empolvada.

Al igual que la cumarina, la vainillina recubre la vaina de vainilla durante el proceso de secado, cristalizada como diminutas agujas incoloras o blanquecinas. Su presencia en la vainilla es variable, aunque se estima una media del 2%, pero entre los casi 200 componentes conocidos en la vainilla, la vainillina representa lo más característico de su olor.

Nicolás Theodore Gobley consiguió aislar la sustancia por primera vez en 1858 como una sustancia relativamente pura, a partir de un extracto de vainilla. El paso importante lo dieron Tienmann y Haarmann en 1874 cuando dedujeron su estructura química y encontraron una vía de síntesis a partir de la coniferina, un glucósido presente en la corteza de pino.

Diferentes vías de síntesis a partir de diferentes materiales se fueron encontrando desde entonces: a partir de guayacol petroquímico y natural, a partir de lignina, del eugenol presente en el clavo, de la cúrcuma, del ácido ferúlico. En cada caso la calidad puede variar pero la vainillina ex clavo ha sido una de las más preciadas en perfumería por ser prácticamente idéntica a la vainillina presente en la vainilla.

Oliendo dulce, empolvada, seca, con recuerdos de caramelo, cacao y leche, cremosa pero también aromática, con recuerdos de frambuesas, fresas, litchi o tabaco, la vainillina ofrecía desde su inicio la posibilidad de recrear y/o amplificar el vago dulzor acogedor de la tintura de ámbar gris. En fórmulas antiguas y saturadas ambos perfumes podían compartir espacio y complementarse, pero la industrialización de la perfumería implicó, desde el primer momento, una reducción en los tiempos de producción. Nada que ver con los ritmos frenéticos de hoy en día, pero si de un modo lo suficientemente significativo como para que el uso de tintura de ámbar gris -que requiere una maduración de meses- se fuera relegando en beneficio de las bases de ámbar que, sin oler directamente a ámbar gris, recreaban aspectos y cualidades de este precioso material.

Las bases eran y siguen siendo una herramienta muy importante en la paleta del perfumista. Creadas combinando químicos aromáticos con esencias, brindan la posibilidad de introducir complejidad y carácter, de perfilar una faceta, ser el punto de partida de un arquetipo o insuflar ese je ne se quois con un acabado característico.

Es el caso de Ambre 83 de Laire (actual Symrise) una base histórica que hoy se identifica con un ámbar tradicional: dulce y balsámico, rico, penetrante y empolvado y, en ocasiones, susurrante. Envolvente, introvertido, intrincado, sensual. Sutil a la vez que tenaz, redolente de calidez y concentrado.

Como base de ámbar es una fantasía: no huele a ámbar gris ni tampoco a su sustituto del reino vegetal, el labdanum. Tiene un carácter intensamente cálido y empolvado basado en una importante dosis de vainillina y almizcle latiendo junto a un rosado geranio, toques de civeta, pungente labdanum, oscuro patchoulí y nuez moscada. Esa faceta empolvada-almizclada parece formar una segunda piel mientras proyecta un halo cálido de incienso y maderas. Es sutil a la vez que profuso en sus matices, intentando emular el olor infinito del ámbar gris.

En su momento publicitada como un producto para recrear notas orientales y ambaradas, Ernest Beaux la usó para enriquecer la fantasía de maderas preciosas y ámbar gris que es Bois de Iles (1926) de Chanel. Hoy es un modelo de ámbar tradicional para distintos perfumes monotemáticos; el estandar es Ambre Sultan de Serge Lutens, lo más cercano al olor de Ambre 83, pero hay muchos perfumes que siguen su estela: Ambre Fetiche de Annick Goutal siguiendo la línea clásica y concentrada y Orietal Lounge de The Different Company -que mantiene el perfil aromático típicamente cálido y empolvado pero se renueva usando el recurso moderno de un acabado más diáfano, tibio y espacioso- son dos ejemplos claros de como esta base ha creado un modelo.

Ambre 83, creado a principios del s XX, también tiene una versión actual: Ambre 84 DL, acorde con los tiempos es un ámbar más cristalino y amaderado pero con un filo gourmand de café. Otro ejemplo de que la perfumería se sigue moviendo por la vía palpable de lo palatable; algo menos místico que un ámbar tradicional, pero aún intimista. Ligado tanto a una sensación de energía por la cafeína que sugiere como de cobijo por esa tendencia actual hacia de comodidad hogareña con filtro hygge.

Costumbres cambiantes, modas y tendencias en el vestir y la decoración, las formas de hablar y los temas de conversación dominantes de cada época incluidos los modos de comportarse en público, de valores en alza y de valores a la baja, modos de educar, libros disponibles y libros imposibles de volver a encontrar…en fin todo lo que define la cultura de un momento -tanto si es alta cultura como estándar o escasa- no sólo influye en nuestro estilo de vida y nuestra forma de pensar…. también influye en nuestras expectativas. Las expectativas pueden cegar nuestros sentidos, de hecho lo hacen. Las expectativas actuales parecen guiadas por una cascada perenne de estímulos fáciles, adrenalina y simplicidad que se reflejan en un gusto general por perfumes de lectura rápida, de ligereza y uniformidad, de gusto inmediato y de inmaterialidad.

Hace un par de años escuchaba a unas chicas jovenes hablar de perfumes en términos de modernidad. Los florales para ellas -que resumían a la perfección las ideas de su generación- si son ricos y complejos como Faubourg 24 de Hermès ya son cosa del pasado o algo para una mamá. Lo joven -lo que ellas sienten que las representa- es transparente, fresco o en todo caso gourmand. Sí, algo tan ligado al origen de la perfumería moderna- pero que entonces era subliminal- es hoy considerado lo más de lo más por las nuevas generaciones y la industria se hace cargo de eso porque con esto de lo gustativo al final, llega tanto a jóvenes que lo leen como novedad, como a personas maduras que pueden encontrarlo simpático, divertido, cómodo. A mujeres y a hombres también, porque en el fondo lo gourmand no tiene género, ni edad y sí múltiples tonalidades que ofrecer más allá del azúcar y el praliné en las distintas familias de perfumes.

Lo triste de la perfumería actual no es que haya predominio de notas dulces, lo que no es tan nuevo, sino que no están sublimadas y que no acompañan con esplendor y creatividad otras facetas del perfume. Es decir, que sea algo tan genérico. Cabe citar dos perfumes nuevos como ejemplo de buen hacer más allá del dulzor: Poison Girl de Dior y Baiser Fou de Cartier.

Y si pareciera que esto ya está muy alejado del tema del ámbar, aún quedaría por recordar la intrincada y curiosa historia culinaria del ámbar gris o como algunos perfumes clásicos de almizcle o de ámbar rebosan notas de chocolate negro y de vainilla oscura. O la vainilla misma que como especia se extendió en Europa como aditivo suculento del chocolate caliente, una bebida típica de las cortes europeas, pero eso es otro historia. Esta historia en cambio termina como empezó, con un material, la vainillina, que al conseguir sintetizarse a bajo coste pasó a formar parte del gusto más cotidiano y hogareño que aún proporcionan flanes, bizcochos de soletilla, natillas, helados y demás preparados industriales.

*Anuncio para Chocolat Ideal (1897) de Alphonse Mucha.

Flip Flop review: La Petite Robe Noire Black Perfecto de Guerlain

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¿Animal gourmand? Hmmm…es una idea. Una idea de cierta intensidad y de cierta lógica de los aromas. Cómo el anís estrellado-regaliz puede sugerir cuero en determinados momentos, cómo la rosa combina bien con notas anisadas que la enternecen y estas enlazan con la almendra y la cereza que se complementan, cómo el almizcle forma parte de todo…sí, cierta lógica. Pero no rotundidad.

Black Perfecto promete en su publicidad un filo rocker. Esa idea de vivir libre como el viento y ser tú mismo…o, al menos, de experimentar el túnel de la adrenalina: la moto, la velocidad, el cuero. Es una idea…Pero su rebeldía no se materializa. En el fondo es un animal doméstico.

Mucha gente encuentra esta fragancia similar a la versión original de La Petite Robe Noire…Hmmm. No exactamente, aunque aún es gourmand, un tono familiar dentro de la saga, pero Black Perfecto es otra cosa. ¿Un experimento? Al menos un intento.

La primera impresión es bastante distinta del perfume de 2012, no es esa rosa burbujeante, afrutada y fresca; tampoco tiene ese fondo de patchoulí, té y frambuesa tan marcado. La primera impresión es curiosa o confusa o incómoda: notas amargas de frutas y cuero, por suerte es una confusión transitoria. Luego se vuelve un floral lánguido y aterciopelado y evoluciona con recuerdos de cuero y, sobre todo, de ante.

El perfume es, a mi modo de entender, un poco de esto y de aquello. Un poco de dulzor gourmand, un poco de rosa irisada y un poco perfume de ante con tímidos acentos oscuros de cuero. Una combinación entre Daim Blond de Serge Lutens, Ombre Mercure de Terry de Ginzburg y Love in Black de Creed. Una versión fácil de llevar de un tipo de perfume ya habitual en el sector niche.

La impresión final es que es un olor de ante empolvado, con gentiles notas de rosa y cereza. Se intentó hacer algo aquí un poco más original y arriesgado, pero no se fue muy lejos en el intento porque Black Perfecto promete ser intenso y complejo pero su textura y carácter es tímido y suave, casi como un elegante perfume floral-amaderado-almizclado. De nuevo, la opción elegida para hacer algo más cercano al gusto general vuelve a ser añadir aspectos palatables y “desmaterializar” las notas más densas y oscuras.

La belleza inherente de una flor: Baiser Fou de Cartier.

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Los nombres pueden contener una gran sabiduría. Son reveladores del pensamiento. Dar nombre a las cosas es un arte, no sólo es elegir una palabra y una sonoridad, es también la posibilidad de revelar algo implícito y generar ideas.

Los idiomas opacos que utilizan ideogramas basan la lectura en el significado. No puedes leer una palabra si primero no sabes lo que significa, por eso son culturas tan visuales y desarrollan una gran facilidad para expresar ideas o emociones de forma gráfica, mediante trazos y dibujos.

En la antigua China la orquídea silvestre (Lan Hua) que florece en primavera recibió el sobrenombre de “la belleza solitaria del valle tranquilo”. La palabra Lan fue ampliando su significado y adquiriendo propiedades de adjetivo; a veces usada para formar expresiones relativas a la amistad profunda, la que se forma compartiendo los mismos gustos, una idea de raíz confuciana pues el filósofo comparaba la verdadera amistad con el perfume de la orquídea.

En primavera, el arroyo está verde y claro, las orquídeas en la orilla emiten una agradable fragancia cuyo aroma exhala hasta la lluvia. Du Mu (803-852), poeta de la dinastía Tang.

Para Confucio la orquídea también representa la virtud pues florece en el bosque emitiendo una dulce fragancia sin que nadie la aprecie igual que el hombre (maestro) virtuoso mantiene sus creencias independientemente de lo que otros piensen. La flor representa la “serenidad que acompaña a un espíritu diáfano y humilde”.

Por su dulce, sutil y tenaz aroma la orquídea significa amor y belleza, serenidad y refinamiento, nobleza y humildad, inocencia y fertilidad. En la pintura oriental a la tinta ( Sumi-e) es uno de los motivos principales que todo principiante debe aprender y se asocia a la primavera.

La otra cara de la moneda es su sensualidad. A la flor y su tubérculo se le atribuyen propiedades afrodisíacas, a lo largo y ancho de este mundo existen indicios de que diferentes culturas la usaban y la usan para inducir el deseo y mejorar la fertilidad. En la cultura de la Antigüedad Clásica la flor era considerada alimento de sátiros y en la Europa medieval abundaban los filtros de amor a base de orquídea. De alguna manera, con esta flor, la idea latente siempre es la belleza, ya sea en su dimensión más sensual o más espiritual.

Pero la orquídea como la belleza es evasiva. Existen cientos de especies, de diferentes tamaños y colores, capaces de crecer en selvas tropicales o en parajes alpinos y profundos valles. A esta variedad adaptativa también responde su olor. Hay orquídeas sin olor, orquídeas con delicados olores vainillados, orquídeas de fragancia alimonada, orquídeas narcóticas o con olor a ámbar, orquídeas que recuerdan a la rosa, a la freesia o al lirio de los valles, incluso orquídeas de olor repulsivo. Así que en perfumería el término orquídea carece de contenido concreto. Es un cliché, una forma convencional de decir que el bouquet o la faceta floral están construidos usando salicilatos, una familia de olores variados que contribuyen a dar un tono floral poco preciso pero expansivo con matices verdes, medicinales o ligeramente grasos.

Un perfume de orquídea propiamente dicho es una rareza y los pocos que se hacen no suelen ser fácilmente aceptados. lo más típico es crear una orquídea vainillada ya que, al fin y al cabo, la vainilla -que es una nota universalmente aceptada- procede de una bonita orquídea tropical llamada Vanilla planifolia de delicado olor balsámico. Se adornan con una cálida pero abstracta sensación floral y se ofrecen como algo exótico y femenino. Así es como estas flores se convierten en algo convencional, en una idea prefijada y sufren del mismo mal que las rosas que pese a tener olores muy variados en la naturaleza, el público sólo suele identificar su olor por un tipo de tonalidad muy concreta, la que ofrecen los perfumes que recuerdan al agua de rosas comercial -un producto que pocas veces tiene que ver con el auténtico hidrolato de rosas-.

En la creación de Baiser Fou, Mathilde Laurent invirtió tiempo en buscar una orquídea de olor interesante en la que inspirarse, aunque no optó por una demasiado diferente a lo que habitualmente la perfumería ofrece como tal- esto es, como algo suavemente balsámico- sí que, al menos, implica un interés por especificar un modelo concreto de orquídea: una diminuta Oncidium Twinkle cuyo olor fluctúa entre el suave cacao y la tersa vainilla. Esta es la referencia natural.

El punto de partida es Baiser Volé: un perfume que combina una faceta empolvada algo retro con el estudio detallado del olor de la azucena y un acabado refinado muy Lady like ya que el perfume no llama la atención sobre sí mismo sino que permite ver a la persona que lo lleva. Esta es una clave en el estilo que Mathilde Laurent imprime en los perfumes de Cartier, consiguiendo adaptar su visión artística al estilo de la firma. Sus creaciones asumen riesgos con audacia y expresan suntuosidad a la vez que parecen sencillas.

Pero lo mejor es que no se reserva este buen hacer sólo para la colección más niche de Cartier, la expresa en todos sus perfumes. Baiser Fou es un gran ejemplo, está lleno de riesgo y creatividad.

Si Baiser Volé desprende clasicismo, Baiser Fou sigue en esta línea pero es más transgresor. Interesante que podamos clasificarlo como un floral-frutal con faceta gourmand, el colmo de la tendencia mainstream, porque está lejos de adaptarse al gusto dominante.

Sí, si comenzara hablando de frutos rojos jugosos, vainilla y chocolate blanco estoy segura que muchas personas decidirían rápidamente que no merece la pena probarlo. ¿Y si añado que también tiene una faceta cosmética de barra de labios…o es de gloss?

Aprender a oler es un ejercicio de objetividad y consciencia que exige oler con la nariz, no con la mente. Claro que el marketing nos empuja continuamente a oler con la mente, pero de esto no tienen culpa los creadores de perfumes.

Baiser Fou sorprende y de una forma un poco difícil de explicar. Es en cierto modo juvenil y delicado pero también es intenso y desprende una fortaleza que bien puede expresar esa idea de apasionamiento que encierra su nombre.

La base del perfume es balsámica y con un rastro de esos acentos verdes que facetan el perfume desde el principio. Es un verdor singular, dulce a la vez que herbal, que hace más profundo el acorde frutal del perfume.

En la salida las notas fluctúan entre ese verdor y tonalidades intensamente rosadas e intensamente afrutadas que recuerdan a las frambuesas, el litchi y el melón. En estos primeros momentos puede llegar a insinuar el húmedo y hechizante aroma de la flor de tilo o la frescura de la menta pero la faceta verde también aporta un efecto tónico y burbujeante, sutil y divertido, que equilibra el dulzor rosado del perfume.

El dulzor merece una mención aparte. Gran parte del tiempo es floral y afrutado como el dulce de membrillo y la jalea de rosas pero, en ocasiones, emerge como algo muy concentrado y cremoso potencialmente sofocante. En muy pocos perfumes se puede encontrar esta característica. Jungle L´Elephant de Kenzo también tiene esa particularidad auque ambos perfumes difieren en términos de olor y personalidad. El de Kenzo es especiado, amaderado y bombástico; el de Cartier atrevido y sofisticado.

Sin duda, esta cremosidad forma un nexo interesante entre la faceta floral rosada y el delicioso acorde gourmand en el que una fina vainilla matiza a un afrutado chocolate blanco y todo esto a su vez enlaza bien con el fondo balsámico. Todo está muy bien ligado.

Baiser Fou se recrea en algunos aspectos juveniles pero aspira a un acabado atemporal. Al final es puro púrpura, profundo rosa cálido y violáceo, todo impregnado de un exotismo mayestático. Muy Cartier.

(…)El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina la dueña, dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión (…)

Fragmento de Sonatina de Rubén Darío.

Sorbete y galletas de jengibre: Twilly d´Hermès.

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Aprendemos muchas cosas por imitación como bien teorizó Albert Bandura con su concepto de aprendizaje vicario. No sólo absorbemos así pautas de comportamiento social o modos de resolver problemas o como pelar una manzana sino que también, por imitación, acabamos adquiriendo rasgos psicológicos más complejos casi sin darnos cuenta, sobre todo cuando intentamos expresar lo que creemos que es nuestra personalidad.

Puesto que conocerse a una misma es un largo y sinuoso camino, a menudo experimentamos y nos inspiramos en aquellas personas que para nosotros representan algo especial, nuestros iconos; pero a veces también nos dejamos llevar por la corriente porque no queremos quedarnos atrás. No deja de ser una trampa pero la presión por ser moderna es tan fuerte que es muy fácil y muy rápido llegar a ese punto. Lo gracioso es que la palabra modernidad puede ser muy vaga, de hecho, cada época o incluso década crea un estilo moderno diferente. Ahora toca el que las mujeres seamos jóvenes de una forma ideal a nivel físico y psicológico…no es algo exactamente avanzado pero parece que no basta con ser estilosamente modernas.

Porque lo vemos y lo entendemos, sabemos que vestirnos con prendas muy estructuradas y con un fuerte contraste de color nos hará parecer mayores al instante porque ese es un estilo de otra era en que las mujeres lucían curvas estructuradas y sus perfumes se presentaban antes que ellas. Sí, con los perfumes esa percepción también existe, y es incluso más acentuada e intolerante. Lo moderno hoy en día es la sensualidad etérea, aérea, ingrávida. Algo casi feérico sino fuera porque el culto actual no es hacia el matiz sino hacia la claridad y la simplicidad derivada del estilo nórdico.

Los códigos en perfumería también siguen la corriente para renovar su clientela buscando lenguajes afines a la idea de modernidad vigente. Muchos de los últimos lanzamientos tienen este objetivo de mercado y lo declaran abiertamente. Así encontramos un perfume tras otro carente de profundidad, con bajo nivel de contraste entre notas y por tanto con facetas más difíciles de caracterizar para que no se asocien con décadas pasadas. Aunque cuando se pretende ofrecer algo más de calidad se recurre a la fórmula del equilibrio; por ejemplo, en Poison Girl de Dior tenemos un dulzor azucarado muy actual envolviendo una rosa rosa, el tema es joven pero desprende carácter porque la estructura está muy elaborada. Twilly d´Hermès está en una tesitura opuesta: las notas de la composición son tan serias y tradicionales como la tuberosa y el sándalo -un clásico para representar femineidad y sofisticación- pero el acabado es ligero y casi desenfadado.

Parece un perfume juguetón y chispeante al principio, cuando revela un frescor tónico y vibrante, algo verde y afrutado que casi recuerda al ruibarbo e inmediatamente deja entrever una nota vivaz de jengibre fresco. Rápidamente también muestra pinceladas florales entre las que se reconoce un poco la tuberosa, al principio primorosa y mantecosa; pero a la vez es un cuerpo floral vago y familiar que evoluciona en la piel con matices indecisos y en el que tras un par de horas se evidencian asperezas de naturaleza sintética para acabar desembocando en algo bastante genérico.

Twilly d´Hermès -como tantos perfumes actuales- hace pensar en varias cosas a la vez, pero sus notas difusas y ligeras impiden concretar a qué recuerda exactamente. No se puede dejar de pensar que podría ser mejor, podría ofrecer algo más característico.

El giro en la estética de los perfumes Hermès con Christine Nagel es significativo, sus perfumes no son tan secos ni tan severos como algunos de los creados por Jean Claude Ellena impregnados de clasicismo y de raigambre abstracta, pero tampoco llegan a la exuberancia de 24 Faubourg. De la tabla de estilo Hermès mantiene en primera línea el frescor en todas sus variantes, esta claro que existe un interés por trabajar con tonalidades innovadoras en este aspecto y materiales de calidad no faltan pero su trabajo no se centra tanto en configurar un carácter como en conseguir que el perfume tenga un acabado suave y luminoso muy sensorial.

Twilly ejemplifica este cambio de estilo abiertamente juvenil. Hay un dulzor de fondo entre acaramelado, abizcochado y vainillado que no es pesado pero si patente y habla el lenguaje de lo gustativo. Cuando hueles el perfume lo que reverbera en tu mente no es la belleza del perfume sino lo familiar y fácil de usar que resulta porque realmente está lejos de ser un floral comprometido, denso o exigente pese a que la tuberosa sea la flor elegida como protagonista.

Esta flor de personalidad exultante y arrebatadora aquí se muestra con timidez como una flor solar, cremosa y etérea. Ligeramente melosa y con un toque indólico anaranjado muy sutil que crea una vaga impresión floral que al principio es cálida y acaramelada pero que se va con un toque de frialdad marina. Sus facetas muestran poco relieve pero mucho brillo y luminosidad.

Lo más destacable en Twilly d´Hermès es el singular frescor que aporta el jengibre al inicio del perfume. Es una primera impresión agradable de tonos cítricos alimonados mezclados con calidez apimentada sobre fondo goloso de tofe y de galleta. Este rasgo tonificante, ligero y a la vez cálido crea sensación de comodidad. Sin duda, su mejor baza.

La trampa de azúcar: Poison Girl Eau de Parfum de Dior.

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La manzana envenenada o la casita de caramelo de Hansel y Gretel son claras advertencias aprendidas en la infancia de que lo dulce puede esconder un trago amargo. También sabemos que el azúcar crea adicciones importantes y, en exceso, perjudica seriamente la salud pero su olor también es una trampa para los sentidos: los adormece. Atrae, como muchos otros olores gustativos, porque conecta con la infancia -cuando el sentido del gusto aún no está del todo desarrollado y el paladar no acepta bien los sabores amargos- atrayendo aún más porque regenera esa sensación de comodidad y seguridad, siendo para unos un refugio y un escudo para otros…¿y quién no quiere sentirse cómodo y a gusto consigo mismo?

Así que los perfumes dulces o, mejor dicho, los perfumes gustativos -porque los florales también son dulces-, que son un fenómeno moderno, siempre están en el punto de mira de la crítica señalados por su populismo y vanalidad. Hablar bien de un perfume así puede ser interpretado como pérdida de seriedad o de gusto.

Hacer crítica de perfume supone hablar de aquello que parece ejemplar -para bien o para mal-, de lo que resulta singular -por el atractivo que tiene o del que carece- y también, como no de aspectos más societales o incluso filosóficos porque la Filosofía no es elucubración sino que enseña a usar el conocimiento, igual que los cuentos infantiles avivan el instinto. El instinto y la capacidad para usar nuestros conocimientos siempre van a ser necesarios para el desarrollo humano, sea cual sea la sociedad y condiciones que nos toquen vivir y yo creo firmemente que afilar la nariz y educar en la comprensión de los olores ayuda a despertar y cultivar capacidades, incluidas las nubes de algodón, pues también tienen su momento en la vida.

Pero sin necesidad de convertirme en abanderada de lo dulce puedo decir una cosa válida para todos los casos: un perfume que en la primera impresión desvela todo su carácter y, aún así, sigue capturando tu atención es algo que no se huele todos los días, algo que habla de esmero técnico y mucha escuela, en definitiva, algo que habla de perfumería. No es nada fácil construir un perfume que pasadas las horas -cuando ya ciertos ingredientes se han evaporado y otros están a medio camino- siga oliendo casi como al principio, manteniendo carácter y atractivo. Esas características son cada día más únicas y especiales porque implican un modo y un ritmo de trabajo del que no todos los perfumistas disponen.

Poison Girl es un perfume tipo oriental vainilla de factura moderna en el que reverbera el clasicismo de un intenso corazón floral y un sólido sentido de la estructura, enriquecido con facetas populares de crema de caramelo y frutos rojos (frambuesa, cereza). Dulce o, más aún, realmente dulce, con efecto algodón de azúcar a la Pink Sugar de Aquolina pero con más arraigo, complejidad y sobriedad gracias a una hermosa y rosada rosa y a un fondo que acompaña el tofe de una faceta amaderada almendrada a base de sándalo y haba tonka.

No se puede decir que guarde muchas similitudes con el mítico Poison aunque en su intenso corazón floral mantiene elementos verdes y especiados -gracias a la rosa turca engarzada con la suavidad melosa de la rosa de Mayo- en los que parece haber una reminiscencia lejana. Es a Hypnotic Poison a lo que se acerca más gracias al sándalo, la almendra y la vainilla pero sin las notas comprometidas del primo hipnótico.

Poison Girl es una delicia de vainilla y rosas llena de contraste e intensidad. Un sabroso floral, un oriental amplificado con rosa, un gourmand dinámico en el que siempre puedes encontrar un nuevo matiz luminoso u oscuro, dulce o amargo, profundo o aéreo.

Lo interesante es que la faceta gourmand es compleja y está muy bien ligada; fluye por todo el perfume funcionando como un eje, aunque sea su base en el sentido más tradicional, y deja que la rosa respire. Lejos de que los aspectos palatables sean simples y lineales como ocurre con mucha frecuencia en este tipo de perfumes cargados de azúcar, ofrece brillo y dinamismo y ese es otro de sus puntos fuertes: una paradoja atractiva que genera energía. Lo dulce en perfumería se identifica con pasividad, regresión, lentitud, tranquilidad, ingenuidad pero aquí hay dinámica. Esa dinámica característica de muchos perfumes Dior y especialmente notable en Dior Addict, otro perfume con el que conecta a través de la vainilla, los bálsamos y el almizcle aunque Poison Girl no ruge tan agresivamente porque en el fondo mantiene un espíritu pink! y sigue siendo lo que era al principio, un perfume de rosas y azúcar.

Momento musical: Just like fire de P!nk

La gentil brisa floral: Lavanda & Lavadín, algunos usos (2ªparte)

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He aquí flores para vos: la ardiente alhucema, menta, ajedrea, almoraduj; la caléndula, que se acuesta con el sol y, llorando, se levanta con él. Son flores del medio verano, y creo que se dan a los hombres de una edad media. ¡Sed muy bien venido! Diálogo entre Perdita y Florisel en Cuento de Invierno de W. Shakespeare.

Propia de un gabinete de maravillas o de un botiquín casero, la lavanda siempre ha sido muy versátil y su imagen integra diferentes tradiciones folklóricas y prácticas medicinales muy antiguas que nacían de pequeños cultivos locales, aquí y allá, hasta casi finales del s. XIX. Antes de que la II Revolución Industrial trajera consigo el desarrollo de la industria química, farmacéutica y perfumística y de que surgieran nuevas disciplinas -como la aromaterapia- paralelas al estudio de los aceites esenciales y sus efectos sobre el humor y la psyché; antes de ese momento, la lavanda era otra cosa y su esencia también.

Hasta entonces los cultivos de lavanda seguían el viejo adagio de “cultivar y sacar beneficio” a pequeña escala, no existía un cultivo sistemático con fines industriales en Francia. Había pequeñas plantaciones familiares que usaban semillas para obtener la planta -lo que hoy se conoce como lavanda fina- pero principalmente se recolectaba la lavanda silvestre que crecía en alta montaña. Que en un jardín doméstico creciera lavanda era algo bastante común, también que en cada casa destilaran su propio aceite por un método de destilación muy tradicional, con alambiques a fuego directo, en el que la planta entraba en contacto con el agua. Todo lo que rodeaba a la lavanda parecía tener un aire medieval.

Así era hasta finales del s.XIX cuando la firma Schimmel se interesó por mejorar la calidad y la productividad de la planta, comenzando a ensayar con la destilación al vapor -la estándar hoy en día-. El método no sólo era más rápido sino que además permitía obtener un aceite mucho más rico en acetato de linalilo. A partir de entonces, este componente que dota al aceite esencial de lavanda de propiedades antiinflamatorias y sedantes se convirtió en la clave para determinar la calidad de un aceite: a mayor porporción de acetato de linalilo, mejor calidad. Aún hoy es así en perfumería porque da a la esencia un tono general mucho más fino y afrutado.

Leopoldo Lamothe, habitante de la Drôme, fue un pionero en el desarrollo de los campos de cultivo de lavanda no poblacional o clonal -obtenida por esquejes-, con plantas que llevan la misma carga genética y, por tanto, tienen un aspecto muy homogéneo. Esos perfectos y bien organizados campos de color púrpura que hoy son una fotografía icónica de la Provenza son fruto de los muchos intentos por mejorar el cultivo de esta planta.

Lamothe dedicó su vida a investigar sobre cosas como ¿cuál podía ser la configuración de plantas más óptima?, pero también promovió las agrupaciones de productores para negociar mejor los precios con la industria lo que supuso el germen de una carrera productiva en Provenza entre pequeñas granjas y compañías de la industria del perfume de Grasse. El objetivo era conseguir una planta más fuerte y productiva, es decir, más económica. La presión aumentó cuando los perfumistas, tras la I Guerra Mundial, comenzaron a ser sus propios productores, consiguiendo así el control sobre todo el proceso de producción. Este fue un punto importante porque los precios de la lavanda eran realmente volátiles: durante décadas, hasta mediados del s.XX, la lavanda no hizo más que encarecerse, a veces, a un ritmo loco.

Esta carrera implicó muchas cosas. Algunas interesantes, como la mejora en la calidad de las esencias, pero otras no tanto. La cuestión es que el cultivo de lavanda casi muere de éxito.

Conseguir un mejor precio va muy ligado al rendimiento de la planta en el proceso de destilación; hubo entonces un fuerte interés por conseguir variedades de lavanda que produjeran más y estas plantas eran las variedades clonales y sobre todo el híbrido del lavandín. La consecuencia directa fue que muchos agricultores abandonaron o redujeron de forma significativa el cultivo de lavanda fina por medio de semillas seleccionadas y se recolectó menos de la silvestre porque el acceso era complicado.

Por un lado la producción de lavandas clonales -aún hoy la mayoría- se optimizó gracias a la agricultura intensiva con campos totalmente organizados en filas que permiten un mejor crecimiento de la planta. Por otro lado el lavandín adquirió protagonismo, pasó de ser un híbrido espontáneo a un cultivo muy rentable pues como planta híbrida resulta mucho más fuerte y resistente, con un olor más intenso, afilado incluso, y mucho mejor rendimiento en la destilación; su esencia no es tan rica en acetato de linalilo y esto en perfumería lo coloca en un escalón inferior, pero su uso se extendión en la industria del jabón y los perfumes de gama baja. En síntesis, durante el primer cuarto del siglo XX, se producía más aceite esencial, pero no mejor. La labor de recuperación de aquellas esencias de lavanda de alta calidad, silvestre o cultivada por semillas, hoy vuelve a ser una cuestión productores locales.

Desde la Antigüedad se conocían y usaban con fines medicinales diferentes variedades del género Lavandula, principalmente el espliego y la lavanda propiamente dicha. Aunque la familia de las lavandas es muy amplia, actualmente, junto con el lavandín, son tres las especies -con sus múltiples variedades- de las que se obtiene aceite esencial:

-La alhucema.
-El cantueso.
-La lavanda auténtica.

El lavandín (Lavandula angustifolia P Miller x L. latifolia Medikus) es un híbrido espontáneo verificado por la empresa Chiris de Grasse cuyo uso se extendió durante el s. XX pero en aromaterapia comenzó a cobrar interés a partir de los años 60, especialmente en el ámbito del deporte porque funciona muy bien para dolencias musculares. Pero como híbrido también es una variedad muy heterogénea, cuyas características finales son una combinación de las características parentales. A menudo se le atribuyen usos similares a los de la lavanda, pero en realidad depende del quimiotipo.

La planta es más grande que el espliego, de tallos leñosos y con flores que pueden variar del azul al gris. En la industria perfumística se usa a menudo para extraer linalol y acetato de linalilo. De aroma penetrante y fresco pero con un tono más medicinal, verde y acuoso que la lavanda, revela un dulzor al evaporar que puede fluctuar entre propiedades más energizantes o más tonificantes, según la variedad. Aquellas variedades más ricas en ésteres (más del 40%) son más calmantes y descongestivas; las que tienen un mayor nivel de cetonas son más tonificantes.

Hoy en día es el rey de los campos de Provenza y cuatro son las principales variedades cultivadas: la más popular y robusta llamada grosso es de peor calidad pero en torno al 70 % de los cultivos de lavandín son de este tipo. La variedad super es la que tiene un olor más parecido al de la lavanda fina, mientras que el resto de cosechas se divide entre la variedad de calidad superior llamada abrial y la sumian que es bastante cercana a la anterior.

En perfumería suele usarse la variedad abrial, que tiene un olor más complejo y de propiedades sedantes; ejemplos como Prelude to Love y A Taste of Heaven de Kilian dejan ver como entre su perfil verde y aromático surgen matices más ricos y melosos de fondo casi acaramelado al evaporar.

El espliego o alhucema (Lavandula spica o latifolia) es la lavanda típica de España y Portugal. La planta tiene hojas más anchas y rugosas que la lavanda auténtica, las flores están más comprimidas y tiene un color más grisáceo y mate.

Por ser rica en 1,8 cineol su olor es más alcanforado y acre, reminiscente del romero, pero este óxido aporta al aceite sus propiedades expectorantes y descongestivas del pulmón. Culpeper la recomendaba para espasmos, convulsiones y dolores de cabeza en caso de resfriado. El Oleum Spica era una fórmula popular que mezclaba un cuarto de aceite de espliego con un cuarto de vino o trementina para tratar rigidez muscular o articulaciones doloridas. Actualmente sigue usándose mucho para problemas musculares, reumatismos e incluso en veterinaria para desparasitar. También la industria de las fragancias funcionales usan este tipo de lavanda para jabones, ambientadores o productos de limpieza.

El cantueso (Lavandula stoechas) también llamado hierba de San Juan, Tomillo borriquero o -para mayor confusión- lavanda española o lavanda francesa porque es típica de la cuenca mediterránea; es una de las variedades más antiguas, con seis subespecies. Esta planta comparte suelo con la jara y su olor es bastante diferente al de otras lavandas. Rico en fenchona, alcanfor, 1,8 cineol.

En la Antigüedad era una planta muy apreciada para la limpieza: los romanos la usaban en sus baños y en el Herbarius Latinus se recomendaba para limpiar úlceras, abcesos y todo tipo de heridas. También fue usado como afrodisíaco mezclado con leche de cabra durante la Edad Media.

El cantueso florece desde principios de marzo hasta finales de junio y era habitual quemarlo en la hoguera de San Juan para alejar malos espíritus. En la Inglaterra del s. XVIII se le conocía como Sticadro y era ingrediente del infame Vinagre de los Cuatro Ladrones.

Una subespecie del cantueso es la Lavanda de Sevilla (Lavandula stoechas ssp.luiseri), diferente a las otras variedades porque apenas contiene cetonas y si trans-alfa-necrodol y acetato de lavandulilo. En aromaterapia aún es un aceite nuevo que se aplica principalmente para el cuidado de la piel por sus propiedades reafirmantes, y en perfumería por su olor cálido y complejo de tipo herbáceo pero con declinación afrutada (frambuesa, ciruela, pera), melosa y vinosa que complementa muy bien un acorde ámbar.

La lavanda auténtica (Lavandula angustifolia Mill o Lavandula vera D.C. o Lavandula officinalis Chaix) es una variedad de flores violáceas y hoja pequeña. Tanto el tallo como las hojas contienen aceite esencial pero lo que se destila es la flor fresca recogida con tiempo seco y sin viento para que contengan el mayor volumen de ésteres posible. Es un aceite rico en linalool (alcohol monoterpénico típico de todas las Laminaceae que tiene un efecto analgésico) y en acetato de linalilo (ester terpénico del linalool con propiedades antiinflamatorias y sedantes a nivel de sistema nervioso central).

Se recolecta y destila entre julio y agosto, siendo la cosecha de este último mes de menor valor pues produce un aceite menos rico en ésteres y más oscuro en color. Su olor es el clásico olor de lavanda: terso, difuso y fresco, con un tono herbáceo de acabado dulce, cierto carácter floral-frutal y fondo amaderado -en las variedades más finas puede tener sutiles matices cítricos-.

La famosa lavanda inglesa también es L. angustifolia solo que cultivada en distinto terreno. Sigue teniendo un olor de carácter aromático pero algo más delicado y cercano al de la bergamota.

Ya en la Edad Media algunos escritos como el Herbarius Latinus diferenciaban entre el cantueso, entonces llamado stoechas, y la lavanda auténtica que se usaba para cosas tan variadas como el dolor de corazón, el insomnio, la picadura de escorpión o la conservación del lino.

Complementa especialmente bien con aceites esenciales de otras hierbas aromáticas: junto a la menta no sólo forma un olor deliciosamente verde y vivaz sino que es un clásico remedio para el dolor de cabeza; puede unirse al incienso o la manzanilla y potenciar su efecto calmante para ayudar a dormir o al romero y ser más energizante. Pero tanto en aromaterapia como en perfumería el aceite de lavanda brinda la oportunidad de crear una mezcla más redonda y fluida, así que además de sus múltiples propiedades es también un útil recurso compositivo. En perfumería se usa también su absoluto que tiene un tono más oriental, porque el dulzor herbal declina en un matiz terso de tabaco y cumarina que recuerda al olor de los campos de lavanda bajo el sol del estío, algo que funciona muy bien en acordes ámbar.

En el acorde fougére es un ingrediente clave junto con el geranio y la cumarina, también en las recetas de Agua de Colonia tradicionales y todas las versiones de Agua de Lavanda (blanca, ambarada, inglesa, etc). Este tipo de fórmulas hoy en día se asocian sobre todo con la perfumería masculina pero es una nota muy versátil que forma parte de muchos perfumes, no pocos clásicos de Chanel, Guerlain o Lanvin la contienen: Nº22, Ma Sin, Shalimar, L´Heure Bleue, Nº5

Algunos perfumes a probar:

-Entre las aguas de lavanda están el clásico de Yardley y el de Penhaligon´s además del famoso Pour un Homme de Caron cuya estructura derivada del fougére renueva Kilian en A Taste of Heaven usando el tema de la absenta como punto de partida para trabajar el cotraste entre lavanda herbácea, fondo vainillado y toques amargos.

-Muchos de los perfumes de Jacques Guerlain llevaban notas aromáticas, la lavanda se aprecia en muchos unida a la bergamota y al romero en Jicky , Eau de Cocq y en Mouchoir de Monsieur.

Brin de Reglisse de Hermès explora las facetas más gourmand y almendradas en contraste con el regaliz trabajando una faceta más oriental de la lavanda igual que en Mon Parfum de Guerlain.

-Como complemento de un perfume ámbar aparece con su cara más austera en Ambre Précioux de Maître Parfumeur et Gantier.

-Además de las aguas de lavanda que evocan la vida al aire libre y la naturaleza, los perfumes de lavanda pueden tener un carácter más austero o meditativo al asociarlo con incienso como en Gris Clair y Encens et Lavande de Serge Lutens o evocar algo confortable y acogedor como Jersey de Chanel, un perfume de lavanda y almizcle de factura moderna pero que se inspira en la tradicional receta de las Aguas de Lavanda que incluían tintura de almizcle para la fijación y difusión.

-Finalmente Kiki de Vero Kern recorre todas las tonalidades de lavanda a base esencia y absoluto, siendo un perfume de lavanda muy fluido, sutilmente fresco y con un acabado casi casi sabroso.

 

Flip Flop review: Aqaba Classic de Miriam Mirani

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De aquellos perfumes de rosas gigantes de los 80´s Aqaba Classic (1998) tiene un aire. Entre recuerdos de Coco de Chanel, Opium y Paris de YSL y el posterior Asja de Fendi deja ver una rosa especiada, engarzada en incienso y patchoulí.

El modelo de inspiración es la rosa de Taif, una de esas rarezas cuya esencia escasea. Un tipo de rosa que a menudo se esboza en perfumería con una faceta especiada entre clavo y pimienta pronunciada; cierto que se parece en este aspecto a la damascena, que tantas veces se usa en sus recreaciones, pero la especialidad de Taif, igual que la de Grasse, tiene un algo…una ligereza, una luminosidad y una suavidad que la transforman en un olor particularmente calmante y gentil.

Es curioso como en Aqaba Classic se conjuga toda esa riqueza y saturación propia de los perfumes de décadas pasadas con ese brillo y ligereza aérea de la rosa que gravita y se expande desde el centro mismo del perfume. Es la característica más notable de esta composición la que causa admiración: esa rosa compleja, ligera, balsámica y especiada pero vivaz y fresca, femenina pero algo ingenua cuando llega a oler a melocotón, cuyo aroma produce un efecto de bienestar. Ese efecto de sentir a la vez la concentración y la relajación.

Sí, puede parecer una locura de perfume porque en él hay tantas notas y tantas referencias…pero milagrosamente encuentra el equilibrio y se desarrolla de un modo más ágil de lo esperado. Cumple la promesa de evocar la rosa de Taif, símbolo de las exquisitas rosas de Oriente, pero el perfume en conjunto es pura orientalia, una fantasía occidental que ilustra imágenes propias de un pasado idealizado a través de materiales exóticos usados en antiguas tradiciones sacras y, de fondo, la mítica figura de la Reina de Saba, inspiración última de Miriam Mirani. Así, entre los aldehídos y el pungente clavo surge un efecto ahumado: el olor del incienso consumiéndose, una imagen vívida y extraña para presentar un perfume. Las brasas se calman con la rosa, que refresca el corazón del perfume; la canela la acompaña y junto a ella casi llega a expresar el dulzor de una confitura de frutas, de hecho, una importante nota de melocotón acompaña a la flor durante un rato, hasta que el perfume cambia; la rosa se vuelve más coqueta y empolvada -recordando un poco a Paris de YSL-, se refresca y rejuvenece aún más con un toque de hojas de té y el apoyo del patchoulí que le aporta sombra y humedad. La base se va haciendo cada vez más familiar con almizcles que asoman pero aún es lo bastante rica como para mantener el carácter.

Aqaba Classic es un perfume de larga evolución y gran fijación, por no hablar de una importante proyección recomendable para quienes realmente aprecien el estilo de perfumes como Opium o Coco pero busquen algo un poco más luminoso y expansivo. También es un buen punto de partida para reflexionar sobre cómo el concepto de perfume nicho ha ido cambiando a lo largo de las décadas o, en un nivel más particular, cómo el estilo de Thierry Wasser ha evolucionado desde sus días en Firmenich cuando componía perfumes en la línea de Aqaba o Dior Addict hasta la actualidad trabajando para Guerlain en cosas como Oud Essentiel donde de nuevo aborda la orientalia centrada esta vez en la combinación oud-rosa, ahora más actual en el mercado occidental. Pero de verdad que lo mejor de todo es disfrutar del perfume, porque es de lo mejor en su estilo.

Momento musical: Nuits d´Espagne por Dalida, quien se dice que tenía Opium de YSL entre uno de sus favoritos.

Érase una vez un perfume: Oro de Roberto Cavalli.

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Ya casi había olvidado que tenía aquel libro cuando, el otro día, dispuesta a cumplir con mi hábito de releer, mi atención se dirigió a él. Allí estaba, un pequeño tomo de tapas blandas con una hoja señalada.

Es curioso como cosas olvidadas pueden volver a tu vida inesperadamente y obligarte a pensar en cosas que normalmente obvias: cómo eras, cómo has cambiado y como algunas cosas siguen siendo igual que antes. Allí, olvidado entre las páginas del libro estaba un secante que ya sólo huele a libro antiguo pero que con verlo, evocó un perfume. Estaba allí señalando una página con una cita subrayada:

¿Qué son “La Tempestad”, “Troilo y Cresida”, “Los gentiles hombres de Verona”, “Las alegres comadres de Windsor”, “El sueño de una noche de verano”, “El cuento de invierno”? Son la fantasía, son el arabesco. El arabesco en el arte es el mismo fenómeno que la vegetación en la Naturaleza. El arabesco nace, crece, se anuda, se exfolia, se multiplica, se vuelve verde, florece y atrapa en sus ramas todos los sueños. El arabesco es inconmensurable; tiene un inaudito poder de extensión y crecimiento; colma los horizontes y abre otros nuevos horizontes; intercepta los fondos luminosos por medio de innumerables cruces. Y, si mezcláis a este ramaje el rostro humano, obtendréis un conjunto vertiginoso; es una conmoción. Cita de Manifiesto romántico de Víctor Hugo.

Era el secante del primer perfume de Roberto Cavalli (2003), aquel de frasco estilizado y tonos plata coronado por una serpiente enrollada. Esta silueta estaba grabada en el papel y, aunque no conservaba nada de la fragancia, tampoco hacía falta. La impresión de aquel perfume aún la puedo evocar de memoria. Parecía al principio algo extraña e incluso disonante pero después era suave, afrutada y evolucionaba de un modo intrigante, con un sillage ligero y expansivo en el que se revelaban notas de cedro, almizcle y sándalo con un filo acuático. Aquel perfume era paradójico: seco pero jugoso, dulce y luminoso, con sutiles acentos de manzana fresca. Aún pienso que aquel perfume asumía ciertos riesgos y que, de alguna manera descendía de Feminité du Bois: cedro, frutas, canela…pero con un aire más juvenil.

Oro (2004) fue el capítulo siguiente, también firmado por Maurice Roucel; mismo frasco pero tonos dorados para una reinterpretación más lujosa y atemporal, pero también más caleidoscópica: puede leerse como un ámbar suave, cremoso y especiado; como un oriental amaderado con etéreo y afrutado sándalo o como un floriental en el que la glicina -esa flor que se debate entre miel, humo, pimienta y mandarina- y la freesia -apimentada y húmeda- son protagonistas, en clave delicada, sostenidas por suave vainilla, guayaco y un sutil toque meloso que redondea la base ámbar.

Sea como sea en conjunto Oro es un perfume deleitoso, con todo lo bueno y raro del primero pero más redondeado. Aquí se lee fácilmente esa nota de manzana crujiente y refrescante que a ratos juega con la faceta empolvada a traer recuerdos de la infancia, incluido un tímido recuerdo a manzana caramelizada. Esa faceta frutal está ahora más presente aún y se redondea con el dulzor voluptuoso del albaricoque y se contrasta con un frescor alimonado y floral de magnolia. Pero ninguna nota destaca encima de otra, todo está concatenado mediante matices y pequeños contrastes. Así que junto a la fruta, las especias: canela, pimienta y vainilla. El conjunto es sedoso, almizclado, cremoso, empolvado.

Ni Oro ni su antecesor siguen en producción. Sólo con paciencia pueden encontrarse en tiendas online pero catorce y trece años después siguen aportando un aura inconfundible.