Flores de papel, gotas de miel, rayos de sol: el precioso aceite de helicriso

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En Córcega, principal centro productor en la actualidad, se le llama murza o Hierba de San Juan y es una de las plantas que define el paisaje con su intenso color amarillo dorado. Igualmente ocurre en otros lugares de la cuenca del Mediterráneo y de los Balcanes, donde el helicriso florece entre junio y julio cubriendo de oro riberas del mar y áridas montañas. Es la típica planta de la garriga y el maquis, compañera del mirto, el lentisco, el enebro, la jara, el cantueso, el romero, el brezo blanco, la salvia, las zanahorias y las cebollas silvestres, la menta, el hinojo, las camomilas y las santolinas con las que a menudo se confundía en la Antigüedad.

Su olor no es menos característico que su color. Recordando a la salvia y a la manzanilla, su fragancia es intensa y siempre permanece cálida, con un dulzor azucarado penetrante y persistente; a veces hace pensar en cosas tan dispares como el jarabe de arce y los almiares recién creados. Sus blanquecinas y brillantes hojas emanan, al ser arrugadas, un fuerte olor a cúrcuma por el cual al helicriso también se le conoce como planta de curry -la cúrcuma es la base del curry-. También la apariencia inmutable de su color y la buena cualidad aromática de sus flores mucho tiempo después de haber sido cortadas le ha valido nombres como perpetua, siempreviva, inmortal, flor de paja, flor de papel. En realidad, es una planta con muchos nombres, respondiendo a veces a tradiciones locales, pero también con muchas formas y colores que van desde el blanco al rosa profundo, pasando por distintos tonos de rojo anaranjado, aunque el más característico hoy en día sea el de intenso amarillo dorado.

Helicriso es un nombre discutido a nivel etimológico, pero se acepta convencionalmente que deriva del griego helios chrysos -sol dorado o sol de oro- aunque las fuentes de la Antigüedad, desde tratados de botánica y medicina a la poesía bucólica de Teofrasto, también mencionan una variedad de intenso rojo o le dan otros nombres. Es un arbusto perteneciente a la familia de las Asteraceae (como la margarita y los girasoles) que puede alcanzar los 80cm, desarrollando largas raíces que le permiten vivir en suelos muy pobres y terrenos de piedra caliza. Su habitat natural siempre implica una fuerte radiación solar y crece en altitudes dispares: hasta los 2000 metros de altitud o decendiendo hasta el nivel del mar. Esta capacidad de adaptación se refleja en una gran variedad de especies y un alto grado de polimorfismo de las plantas. Se calcula que existen cerca de 600 especies repartidas entre los distintos continentes aunque se cree que es oriunda de África; 20 de estas especies son propias del Mediterráneo y 8 típicas de Italia, país donde primero fue descrita y, por ello, se bautizó en época moderna como Helicrisium italicum ( Roth) G Don (1830). Hoy el Helicrisium italicum Roth (sinónimo Helicrisium angustifolium Lam D.C. ) denomina a una de tantas variedades botánicas que a su vez se dividen en otras subespecies. A menudo especies y subespecies resultan difíciles de diferenciar y clasificar. En aromaterapia el problema se puede simplificar hasta cierto punto atendiendo a los principales compuestos aromáticos que se obtienen en la destilación, así se diferencia entre:

A) Aceites provenientes de África que son ricos en 1,8 cineol con un característico olor a eucalipto y menta.

B) Aceites provenientes del norte de la cuenca mediterránea, agrupables, a grandes rasgos, en dos quimiotipos:

El de los Balcanes, con un aceite esencial rico en sesquiterpenos alfa y gamma curcumenos por los cuales es más antinflamatoria y antihistamínica. Su fragancia se caracteriza por un dulzor más seco y herbal que recuerda al té oolong y al heno.

El de Córcega -y parte de Cerdeña- cuyo aceite esencial tiene un alto contenido en acetato de nerilo que lo hace más calmante y analgésico junto a italidonas I, II y III que dan a esta esencia el efecto de regeneración celular por el que se ha vuelto tan preciado en tratamientos dermatológicos y cosméticos. Su olor, además, es particularmente meloso, algo más floral y con recuerdos de tomillo y fenugreco.

Los primeros estudios sobre los beneficios del aceite esencial de helicriso se documentan con los trabajos de Leonardo Santini en los años 40´s y 50´s, en el tratamiento de pacientes con psoriasis. En aromaterapia son sus virtudes para tratar la piel las que le han dado la fama actual pero los trabajos de Santini no tuvieron la merecida transcendencia en la comunidad científica. El helicriso fue durante décadas una rareza. Kurt Schnaubelt lo rescató del anecdotario en el que parecía condenado y, más tarde, con el nuevo milenio, L´Occitane impulsó un programa de cultivo en Córcega -que tomó el relevo de los Balcanes colapsados tras la Guerra-; la promoción de esta firma cosmética junto a otras empresas como doTerra han puesto a la siempreviva de moda. Sin embargo, en el mundo de la fitoterapia, su extracto y su tintura tienen una larga y reconocida tradición como antinflamatorio, antimicrobiano y expectorante. La planta misma, preparada en infusión es un remedio popular para tratar problemas en las vías respiratorias. En la propia Córcega se usó como remedio contra la gripe española.

Pese a ser una planta muy medicinal y efectiva, como las lavandas y las camomilas, no existen muchas fuentes que documenten su uso a lo largo de la Historia. La mayoría del conocimiento proviene de tradiciones locales, a veces ligadas a variedades endémicas de la planta, como ocurre con el H. plicatum de Turquía, usado para curar heridas u otitis.

En general, el helicriso es útil para problemas de tipo respiratorio, para el sistema digestivo, para el sistema linfático y para tratar inflamaciones. Las fuentes de la Antigüedad ( Teofrasto, Plinio el Viejo y Dioscórides) proporcionan los primeros datos de su uso medicinal y simbólico; no en vano, medicina y espiritualidad estaban entonces muy ligadas.

Dioscórides, en De materia medica, Libro IV, dice de la “flor de oro” ( Krysanthemon) o la flor “que no se marchita” (amárantos) que ” con esta se coronan también las imágenes”. Cabe señalar que como flor de verano formaría parte de coronas y guirnaldas para decorar templos y estatuas durante festividades estivales importantes, como podían ser los Juegos Olímpicos en el santuario de Olimpia. Su capacidad para mantener una intensa fragancia durante meses tras ser cortada también la convirtieron en preciada ofrenda en diferentes ritos, especialmente en ritos funerarios. Y su característico color amarillo, semejante al brillante oro, lo vincularon con ritos solares y el culto a la eternidad.

Dioscórides también señala su uso medicinal: ” Su cabellera, bebida con vino, es beneficiosa para la disentería, las mordeduras de serpiente, la ciática y los desgarros; provoca la menstruación; (…) Dado a beber en ayunas, en el peso aproximado de tres óbolos, retiene las fluxaciones catarrales, mezclada con vino blanco rebajado con agua. Se coloca entre las ropas para que las preserve sin polilla”

Cuando en el Renacimiento los viejos tratados griegos y romanos vuelven a divulgarse, los autores modernos se hacen eco de las antiguas palabras. Así, Castore Durante en su Herbario Novo describe las virtudes de las plantas siguiendo la Teoría de los Humores y clasifica el helicriso como caliente y seco. Siguiendo a los clásicos Durante recomienda infusionar la planta con vino para tratar problemas de hígado y mezclarlo con miel para tratar problemas de la piel. De lo que ya no habla este autor es de la cualidad hipnótica y psicotrópica del helicriso; una cualidad señalada por Teofrasto y por la cual la planta tendría valor en rituales de comunicación con las divinidades.

Fragancias y plegarias están íntimamente ligadas en el mundo antiguo a la magia chamánica y la medicina. Se podían ofrecer sustancias aromáticas para ahuyentar malos espíritus o a modo de fumigaciones higiénicas que trataban de prevenir enfermedades, pero también se ofrecían sustancias cuyo olor provocaba sedación, narcosis, trance…Elaborados inciensos quemados en templos, ofrendas florales, ricos ungüentos para ungir estatuas de divinidades…los templos de la Antigüedad estaban intensamente perfumados porque el perfume se consideraba el principal vehículo de comunicación con las deidades. De aquellos usos quedan vestigios en nuestro tiempo: los distintos inciensos quemados en distintas religiones o las guirnaldas florales a modo de ofrenda. Del helicriso aún se puede rastrear su rol en el mundo espiritual antiguo en distintas culturas mediterráneas: es una flor típica en la celebración del 1 de noviembre y en las pequeñas iglesias de las islas croatas y griegas sigue usándose como ofrenda.

Volviendo a la pragmática, ciertamente el helicriso algo hace en la mente. Hoy se sabe que su aceite esencial tiene efectos psicológicos igual que otros aceites pero quizás se pueda decir que, como el frankincienso, es uno de esos aceites esenciales cuyo efecto es profundo y complejo. A veces se le compara con la lavanda por su capacidad para relajar y aliviar el stress pero el helicriso es más potente, incluso narcótico si no se maneja adecuadamente; su contenido en cetonas obliga a usarlo siempre muy diluido. Las cetonas a baja dosis tienen propiedades calmantes y actúan rápidamente, sin contar con el efecto del acetato de nerilo.

Mientras la lavanda se recomienda para mejorar el rendimiento en tareas matemáticas porque favorece el razonamiento, el helicriso despierta el cerebro intuitivo, las áreas del hemisferio derecho, favoreciendo la creatividad y la capacidad de usar la visualización -una técnica que sirve para aclarar, focalizar y fijar en la mente el material estudiado: palabras y movimientos; Por ejemplo, construir un palacio de la memoria o aprender una rutina de ballet-. Sin embargo, la lavanda suele ser universalmente aceptada por su olor limpio y fresco, mientras que la siempreviva con su particular dulzor persistente no siempre es bien tolerada. Puede costar hacerse con el olor, pero si llega a ser aceptado maravilla por sus infinitos y exóticos matices. A pesar de ser como un perfume en sí mismo, por su carácter difícil suele usarse en mezclas con otros aceites esenciales con los que combina especialmente bien como los cítricos y las mentas, la albahaca y el clavo, los de otras plantas típicas del monte bajo, con el frankincienso y el vetiver y, más a nivel de perfumería, cabe añadir el iris y la rosa damascena, el ylang-ylang, la boronia y la mimosa, el bálsamo de Perú y el musgo de roble.

En perfumería se usa sobre todo el absoluto que resulta tener un dulzor más intenso y concentrado, recordando al azúcar caramelizándose, al regaliz, al jarabe de arce , también tiene elementos amaderados de cumarina y una faceta cálida y almizclada que recuerda al café. Según su procedencia y método de extracción puede aportar matices más frutales (frutos rojos e higos), más herbales con recuerdos de té y tabaco, más especiados y aromáticos con elementos de fenugreco y apio, recuerdos de nuez o de incienso…aunque lo más característico del helicriso quizás sea el efecto global empolvado y azucarado que aporta a un perfume.

Paralelamente a su resurgimiento en aromaterapia en las últimas décadas también se ha ido convirtiendo en una nota habitual en la perfumería niche, circuito del que rara vez sale. Sin duda siempre ha sido una rareza, por su olor rico y complejo y su intensa persistencia. Su perfil aromático lo hace especialmente útil para facetar acordes ámbar y perfumes estilo chipre, así como para dar calidez y naturalidad a composiciones florales de rosa, azucena, tuberosa, lirio de los valles, etc y por su recuerdo a café, caramelo o galletas también entra de lleno en el territorio de los perfumes gourmand. En líneas generales aporta calidez y gran difusividad al perfume. Es uno de esos materiales que no tiene mucho sentido oler en el secante, necesita del calor de la piel para cobrar vida y desvelar los matices más mantecosos, suaves y florales.

Annick Goutal fue pionera en el uso de este material allá por los años 80´s: desde Eau de Monsieur (1980) y Eau de Sud (1996) hasta el glorioso Sables (1985) y el más reciente Nuit Etoilee (2012) lo contienen de forma evidente. Hay pocos perfumes en los que el helicriso esté tan presente como en Sables, quizás sean menciones honorables Jeux de Peau de Serge Lutens e Interlude Woman de Amouage. Otras firmas de autor le dedican un lugar especial en forma de homenaje al paisaje corso como Corsica Furiosa o el más medicinal Eau de Gloire de Parfum d´Empire y Helicriss de Sylvaine Delacourte. En 1740 Marquis de Sade de Histoires de Parfums la nota es más protagonista que aliada del cuero y en Tuberosa 3 Animale imprime calidez herbal a la tuberosa; la mayoría de las veces la siempreviva cumple esta función de insuflar vida, dar calidez, redondear, aportar matices entre capas…así aparece en Chypre Rouge , Chêne o El Attarine de Serge Lutens y en los perfumes de Frapin en 1270 y Speakeasy; en la versión moderna de Visa de Robert Piguet adorna la faceta frutal y en Ambra Nobile de Nobile 1943 aporta un toque licoroso. Guerlain lo ha usado junto a notas de flor de naranjo en Cologne du 68 y para dar una luminosa calidez seca al fino cuero de Cuir Beluga. Otro perfume de cuero fino/ante en que se usa es Cuir Velours de Naomi Goodsir. En Dolcelisir de L´Erbolario se aprovechan sus matices palatables para recrear un acorde ámbar reminiscente de Ambre Narguille de Hermès.

Como planta, el helicriso puede ser ejemplo de muchas cosas dignas de estudio, pero sobre todo revela como en la Antiguëdad las plantas con un fuerte aroma podían adquirir relevancia en ceremonias religiosas derivadas seguramente de primitivos ritos de culto a la Madre Tierra y al Sol. Igual que el incienso o la mirra. Como material de perfumería, su olor es inconfundible y poderoso. No podría describirse como poético en un sentido romántico y delicado sino que es algo más complejo y telúrico capaz de imprimir encanto y personalidad.

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Érase una vez un perfume: Le Baiser du Dragon EdP de Cartier.

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* Daños como llamas obra de Stephen Mackey.

Esta es la historia de un perfume que ha permanecido en el limbo de los líquidos aromáticos durante mucho tiempo y por eso puede que a veces resulte difícil de encontrar. Lo cierto es que no tiene un olor convencional; en realidad, es una rareza, así que fascina o repele por igual, pero es complicado dar con algo que se le parezca… como cosa curiosa que es podría emparentarse con otro perfume singular del mismo autor: Omnia de Bulgari. Olido con detenimiento puede entenderse como un estudio en torno a la esencia de vetiver cuyo extraño olor el perfume trata de ilustrar mediante la técnica de la lupa: matices y detalles resultan magnificados y dramatizados hasta el punto de dificultar la visión de conjunto. Así, la idea final de hacer un gran perfume de vetiver resulta elusiva.

El vetiver mismo tiene un olor chocante, intenso y contradictorio que revela sombras de lo más curiosas. Apimentadas y balsámicas, radiculares y ahumadas, con matices de regaliz y de whiskey, el recuerdo de las maderas a la deriva o incluso de los frutos secos y las galletas de jengibre recién horneadas o el frescor amargo del pomelo. A veces es brutal e intrusivo mientras otras induce a la meditación. Puede tener un acabado empolvado y afrutado pero lo que es seguro es que es un olor que te acompaña durante horas y cambia en cada piel de manera asombrosa. A partir de esos aspectos Le Baiser du Dragon (2003) toma cuerpo para mostrar un profundo y oscuro dulzor oriental, un dulzor distinto a cualquier otro dulzor típico; ni abusa de las intensas notas vainilladas de un clásico como Shalimar, ni rezuma azúcar y caramelo como todos los descendientes del pionero gourmand Angel de Mugler. Es gourmand hasta cierto punto pero tiene su propio acabado. Un aura oriental propia basada en la conjunción de lo dulce y lo amargo, con un filo áspero por momentos, algo ceroso y con un efecto general de bebida alcohólica que fluctúa entre el licor de almendras Amaretto -con matices de pistacho, cacao y almendras amargas- y el tono medicinal-ahumado-ambarado de un buen whiskey escocés.

Además recurre a la disonancia más que al fuerte contraste entre notas para crear un efecto atmosférico particular. De Alberto Morillas impresiona siempre en sus perfumes la forma en que estos evolucionan llenos de luz o mejor dicho de una luminosidad clara y brillante que recuerda a un sol radiante un día de primavera, pero en este perfume esa luz es más oscura, es casi crepuscular.

Resulta un líquido muy sensorial si se consigue pasar la prueba inicial: ese principio seco, concentrado y punzante en el que patchoulí y vetiver asoman desde la base y dejan ver esa faceta de maderas orientales más propia de los perfumes masculinos. Es un inicio algo agresivo -aunque no tan vibrante como puede llegar a ser actualmente un perfume masculino en el que reverberen notas de ámbar extremo- pero después se vuelve sugestivo y comienza a desplegar ese dulzor cálido pero a la vez seco tan inusual, llegando incluso a mostrar el punto de austeridad propio del vetiver. A veces también hace pensar en una rosa cremosa y en un licor afrutado, otras es como tierra seca y caliente, e incluso llega a insinuar en su oscuridad los concentrados efluvios de un gabinete de hierbas medicinales.

Vetiver envuelto en acentos gourmands, sin ser plenamente gourmand; así se resume su olor. Un oriental amaderado en toda regla. De cerca su olor puede percibirse como algo muy sólido y paradójico -como el aceite de vetiver- pero lo que proyecta en la distancia es el delicioso aroma cálido de los pequeños amaretti empapados en licor de almendras y, de forma más sutil, el de las naranjas confitadas bañadas en chocolate y el chocolate aderezado con pimienta. Son efectos palatables relativamente suaves pero atrayentes que dan al perfume un acabado único, y decir único aquí no es una expresión banal.

Le Baiser du Dragon brilla durante el crudo invierno mejor que en cualquier otro momento pero en lugar de evocar un suntuoso paisaje o un tierno recuerdo infantil como hacen otros perfumes de fantasía de estilo oriental, lo que consigue con su olor es algo tan reconfortante como intrigante. Más que un opulento perfume a veces parece un raro ungüento traído de Oriente o un denso jarabe de antigua fórmula basado en granos de almizcle y vetiver.

Buenos deseos para estas Navidades 2017

Queridos lectores,

Esa tradición anglosajona del Secret Santa, eso de que alguien desconocido regale a otro desconocido o casi desconocido con espíritu navideño me convence aún más de que la clave en estas Fiestas es la ilusión. Como niños pudimos disfrutarla con toda nuestra inocencia, como mayores también es muy bonito tener la oportunidad de crearla: Felices Fiestas a todos vosotros y que tengáis un buen 2018.

Un fuerte abrazo,

Botanyuki.

P.D. Porque creo que el cello es el instrumento con el sonido más bello que se pueda escuchar, esta versión interpretada por The Piano Guys de la clásica canción de Adviento Veni, veni Emmanuel

El templo en el bosque: Encens Flamboyant de Annick Goutal.

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*Tapiz Verdor tejido en Morton Abbey en 1915 siguiendo el cartón diseñado por John Henry Dearle en 1892 para la decoración de la mansión Clouds de Madeleine y Percy Wyndham.

Algunas materias primas de la perfumería actual son también ingredientes con una larga tradición en el ámbito de las artes curativas y las prácticas espirituales -ámbitos siempre de la mano en las culturas antiguas-, es por esto que estos materiales tienen un valor sagrado. Típicamente hablamos de ingredientes que han sido usados por distintas culturas en forma de incienso: todo tipo de maderas y resinas, especias y multitud de hiebas más comunes han recibido este uso a lo largo y ancho del mundo. Un uso ligado, de alguna manera, a un efecto sobre la conciencia que el humo perfumado ejercía. El humo aromático era ya usado en ritos chamánicos por los efectos que ejerce en la psique dando lugar a cambios con un valor curativo. Dicho de una forma más técnica, los componentes químicos liberados por las distintas hierbas, maderas y resinas al ser quemados surten efecto a nivel de sistema nervioso, frecuentemente a nivel de sistema límbico (el centro emocional del cerebro). Ese suele ser el poder de estas materias. Pero probablemente ninguno de estos ingredientes sea tan famoso como el comúnmente llamado incienso, técnicamente denominado frankincienso y, perfumísticamente hablando referido como olíbano; en definitiva, la resina procedente de árboles del género Boswellia que se extienden por Somalia y el sur de la península arábiga.

En occidente tanto como en oriente, o en el norte como en el sur, la gente reconoce el incienso como un material de cualidades místicas y a menudo usa la expresión “olor a iglesia” para describir su aroma. Rara vez se va más allá de esas palabras porque es un olor muy característico. En los perfumes más clásicos suele ser una nota dulce y flotante, ligeramente ahumada, que suele acompañar a composiciones ricas y complejas de estilo oriental. En el universo niche, sin embargo, suele ser tratado como un tema en sí mismo y, pese a que los perfumes monotemáticos necesitan de la mesura y el equilibrio justos entre notas para seguir siendo monotemáticos -fieles a una esencia- el incienso permite multitud de acabados y tonalidades, desde lo más denso y oscuro a lo más solar y ligero, fresco y especiado o dulce y resinoso. Es un material realmente rico en facetas.

Como tema central, hace una década o más estaba muy en boga y todo el mundo solía hablar de su perfume favorito de incienso en los foros de perfumistas. Después vino el oud y su salvaje exotismo. Ahora son las notas verdes y vegetales. El mundo niche también sufre de tendencias.

Posiblemente todo comenzó con Comme Des Garçons y sus perfumes de incienso. En la serie Incense retratando con cada perfume el incienso tradicional de una cultura y con 2 Man ofreciendo un ya clásico pero muy bien ejecutado incienso blanco de carácter calmante y con fuerte impronta espiritual. Estos perfumes marcaron una época y un gusto pues en ellos, en todos ellos, existe una vibración amaderada propia de algunos químicos aromáticos que imprime más dinamismo y amplitud al tema, inyectando un matiz más urbano a un aroma terriblemente tradicional y meditativo. Pero, en definitiva, estos perfumes de CDG retratan inciensos más que frankinciensos: mezclas creadas para la combustión con un fin espiritual.

Sin embargo, con los perfumes de incienso también existen rarezas. Serge Noir de Serge Lutens es un ejemplo notable: un perfume de incienso inspirado en la resina, mezclado con especias y el aura del Extremo Oriente como transfondo. Aún con sus devotos, es un perfume que cuesta aceptar porque es difícil de referenciar. En el otro extremo de las rarezas está explorar directamente las facetas de los aceites y resinoides derivados de la propia resina. Este es el caso de Encens Flamboyant.

Este perfume resulta ser una interesante mezcla de facetas características del frankincienso engarzadas con un estilo limpio, restrictivo casi, y formal. Está ahí al principio un vago pero esperable olor a humo con el dulzor característico de las resinas al combustionar, después despliega su carácter con claridad y se muestra como una fragancia amaderada especiada rodeada de un frescor complejo y elegante que deja al descubierto las facetas verdes y terpénicas junto con una sutil veta de matices coriáceos propios del frankincienso.

Una parte del carácter de Encens Flamboyant deriva de la filosofía con que se creó la colección Les Orientalistes de Annick Goutal, esto es, ser esencialista, ser fiel a un material combiando la tradición de la perfumería oriental con el purismo en el tratamiento de los materiales. Así cada pieza de la colección ofrece facetas veraces del material protagonista de forma directa como en el caso de la mirra, elaborado al gusto oriental como el almizcle ambarado de Musc Nomade, o enmarcado en una estructura clásica occidental más patente como el perfume de ámbar y este incienso. El fino acabado amaderado ambarado -basado en cumarina– es el hilo conductor de la colección, es la faceta que da estructura, solidez y cohesión a la serie pero en Encens Flamboyant tiene más peso, quizás porque pretenda ser intencionadamente masculino.

La otra parte del perfume es, sin lugar a dudas, fruto de la maestría que Isabelle Doyen tienen para entretejer notas verdes -esas notas que el público en general no siempre acepta o no siempre identifica con claridad pero que son tan importantes para impartir vivacidad-; es sencillamente brillante la capacidad de control sobre la tonalidad y el brillo que tiene la señora Doyen para lograr que las notas verdes queden bien integradas y el perfume siga teniendo un acabado redondo pero con ese punto de naturalidad y energía tan característico de los clásicos perfumes de Annick Goutal. Los fieles a la firma adoramos esa cualidad, esa claridad envuelta en encanto que se convierte en inexplicable emoción. La cualidad atmosférica.

En Encens Flamboyant lo que se realza -y de ahí que se apellide extravagante- es la frescura balsámica del frankincienso, ese carácter fresco y dulce de los pinenos , un componente clave en las resinas de casi todos los árboles Boswellia, que aportan ese elemento verde reminiscente de un bosque de pinos y abetos, por ejemplo. Hoy en día sabemos que parte de los beneficios de pasear y correr por parajes boscosos se debe a las sustancias que liberan los árboles. Estas sustancias actúan a nivel de sistema nervioso disminuyendo síntomas de ansiedad, ya sea por la acción antioxidante de dichas sustancias o porque de alguna manera median en la acción de los neurotransmisores. Los pinenos, en concreto, pueden tener efecto en receptores GABA-A de un modo similar al que ejercen las benzodiacepinas (psicofármacos ansiolíticos).

Volviendo al perfume, ese recuerdo a coníferas es lo más característico de su olor y un ingrediente clave para reforzar esta tonalidad verde es el lentisco que aporta ese contraste entre sensación de vegetación húmeda y calidez resinosa junto con un fondo dulce amaderado que recuerda a la cumarina y un toque coriáceo. El frescor es también especiado a base de pimienta negra y rosa que añaden un toque más difuso y cremoso junto al cardomomo que tiene esa punta de olor aromática más penetrante, ligeramente herbácea y aldehídica que da un acabado un tanto perfumado. Especias y lentisco permiten dar volumen y continuidad al frescor terpénico típico del resinoide de olíbano usado en este perfume.

La suavidad y el dulzor resinoso aparecen como un tema terciario aportando parte de esa luminosidad solar del incienso y ese aspecto seco suyo que a veces se describe como mineral. Esta faceta de fondo más ambarada junto con el acabado resinoso que tiene el musgo de encina dan al perfume el suficiente aire chyprée como para enmarcarlo en la línea más clásica de la firma. Seguidor@s de Prada Infusión d´Iris EdP o Chanel Nº19 Poudré pueden considerarlo una opción a probar.

William Morris dijo sobre el arte del tapiz que era la más noble de las artes de tejeduría porque permitía dar “profundidad en el tono, riqueza en el color y una exquisita gradación de matices”. Su pupilo John Henry Dearle dejó muy clara esta idea en su obra Verdor: el diseño es muy claro pero es la riqueza de los tonos verdes lo que permite experimentar esa sensación de maravilla que encierra una naturaleza absolutamente armoniosa. Verdor es una obra maestra de la tapicería precisamente por el dominio de la tonalidad que exhibe. Hay que añadir una particularidad que el color verde tiene en el arte en general y especialmente en las artes plásticas: es el color más fácil de ver para el ojo humano pero el más difícil de reproducir en pigmento sin que parezca artificial.

Es difícil trabajar con el color verde y eso también ocurre en perfumería porque las notas verdes pueden ser notas muy agudas y penetrantes que crean aristas y rompen la fluidez con facilidad. Tendemos a ver lo oriental como algo muy redondo, dulce, denso, cálido y ornamentado. En definitiva, voluptuoso. Pero sin contraste, sin notas frías y sin notas verdes no habría la misma calidad en el acabado ni la misma riqueza en matices, ni la misma redondez. Muchos de los grandes clásicos esconden este pequeño secreto: un rico matiz verde.

Momento musical: In the bleak midwinter por Loreena Mckennit.

Tuberosas en la biblioteca: Cèdre de Serge Lutens.

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Podría ser más enigmático pero, en el fondo, Cèdre es nostálgico porque arrastra un consistente recuerdo a veteranos libros encuadernados en cuero y ese aire perfumado como de antiguo gran perfume multifacetado. El eco susurrante de otra época no desaparece, huele a polvo de tuberosa, a clavos y a ámbar aunque la principal nota sea, como cabría esperar, la madera de cedro en clave refinada.

Cuando la gente se adentra en el mundo de la perfumería niche lo hace buscando algo diferente y especial o algo perdido. Diferente al mainstream y al catálogo tradicional de los grandes nombres. Busca algo de olor único ya sea porque parezca algo innovador, porque resulte un acercamiento raro e impensado a una nota conocida o la nota misma sea realmente exótica. Y esas diferencias y esas rarezas deben ser más que evidentes y palpables para que la gente acepte el producto como propiamente niche… es una paradoja de este sector que mientras se busque lo diferente se rechace la fantasía…La perfumería nicho también tiene sus clichés pero Serge Lutens en esto de hacer ver notas perturbadoras o extrañas en composiciones exóticas nunca se ha quedado atrás como tampoco ha dejado ver con frecuencia que sus temas recogen el legado del pasado -salvo excepciones como Clair de Musc o La Myrrhe donde se lee con facilidad el legado del Nº5-; no, el arreglo de las notas suele ser tal que siempre parece totalmente original, como si partiera de cero en todo momento. Sin embargo, en los perfumes de Serge Lutens hay tanta erudición como creatividad, cosa que en Cèdre se hace ver de forma particular, como si fuera un eslabón perdido de la tradición y el saber hacer de los clásicos.

Así que acercarse a Cèdre con la expectativa de encontrar un olor a cedro moderno y espacioso basado en Iso E Super al estilo Feminité du Bois y el resto de perfumes de la serie Bois es asegurarse la decepción; probarlo esperando un perfume de crudo olor a cedro así agudo, ahumado, ligeramente animalístico y alcanforado acompañado de las consabidas especias o el frescor de los cítricos con los que tan bien combina tampoco es la mejor opción para entenderlo. Ni es cedro diáfano, ni es cedro áspero y opaco. Cèdre se basa en la versatilidad del cedro como material de la perfumería clásica y lo que resalta de su carácter no es su pungencia inical sino su cálida tenacidad ambarada.

El perfume realza exactamente esos aspectos de fondo en el cedro que recuerdan a la jara, a las viejas maderas de sólidos muebles y vagamente a cuero y a especias todo envuelto por una luminosidad melosa y un matiz floral frutal que aquí se realza con tuberosa. Una tuberosa discreta que combina muy bien con el cedro y sirve para remarcar aspectos medicinales y vegetales de la madera pero que también, por su carácter cálido, su recuerdo a clavo y esa vaguedad dulce y melosa tan suya complementa el acabado ambarado del perfume. Aquellos fanáticos de la tuberosa que esperen encontrar tras la fanfarria inicial un soliflor de tuberosa en clave oscura y pleno de voluptuosidad quizás queden decepcionados. La tuberosa aquí es un acento que redondea con sutilidad el tema principal y está lejos de la cremosidad solar o la intoxicante naturaleza de la flor. Se aprecian matices de tuberosa -y también un poco de rosa- como se podrían apreciar en una flor natural desde cierta distancia.

Partiendo de ese recuerdo a cuero y miel que tiene la propia madera, el tema que predomina en Cèdre es el ámbar. Tras la promesa de tuberosa inicial el perfume comienza a desplegar un carácter dulce a la vez que seco, con puntas de olor afrutadas, de tabaco y especiadas y con una textura entre empolvada y aterciopelada que caracterizará la composición hasta el final. Eso es básicamente este perfume: ese olor seco, ligero y dorado que el cedro como material puede aportar a un perfume convertido en tema central; y este viaje en el tiempo se completa con un discreto acabado musgoso más afrutado y sutil que los más verdes musgos del pasado porque en Cèdre no se busca la densidad de un perfume vintage. Lo que se persigue tiene un valor más atmosférico.

Si hay una palabra que pueda asociarse a este perfume es remembranza porque Cèdre recuerda a formas del pasado y es reminiscente de un chypre floral al estilo de Passion de Annick Goutal, pero hablando mediante murmullos, oscilando entre realidad y recuerdos. Para mi tiene el aire evocador de aquellos veranos de mi infancia tardía en los que leer una novela de Agatha Christie era acceder al mundo de los adultos y sucumbir al entretenimiento de la trama mientras viajaba con la mente a otros lugares y otras épocas. Ya fuera en la playa que en una terraza o en la comodidad de mi casa, sostener aquellos volúmenes con tapas duras y perderme entre las pistas de los hoy ya tan obvios Asesinato en Mesopotamia o Muerte en el Nilo era pura aventura. Pura aventura perfumada por el papel que ya había comenzado a envejecer y por los perfumes adultos que las mujeres adultas a mi alrededor llevaban entonces. Esa mezcla es para mi Cèdre y puedo imaginarme a Poirot usándolo. Al Poirot interpretado por David Suchet: sutil, minucioso, cosmopolita educado pero al mismo tiempo un tanto singular y oscuro. Ah…Bon!

De allure oriental y frescor chic: La Femme Intense de Prada.

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¿Quién puede definir con exactitud lo que es la femineidad? ¿Acaso es un universal?

La femineidad es un concepto moderno en el que se aglutinan los valores sociales concretos con la dimensión psicológica de cada mujer y, al igual que la personalidad, es en parte naturaleza y en parte conducta adquirida. Así que como concepto es dinámico y a la vez inasible, pero la gente prefiere aferrarse, así que no suele hablar de femineidad en términos abstractos sino en términos de conductas esperables asociadas a una moral dominante que poco puede tener que ver con el gusto propio y la expresión del mismo.

Pero aunque no haya una única definición de femineidad siempre habrá ese canon marcado por la sociedad que cambia muy lentamente y parece que nunca llega a transformarse del todo en algo totalmente nuevo. Esto es algo que incide directamente en la vida de las personas estableciendo usos, costumbres, estilos y expresiones válidas y aceptables para socializar.

Estas reglas y usos de cada época tienen un reflejo en el mundo de la perfumería. Un reflejo difuso e intrincado a la vez, pero menos accidental de lo que se pueda apreciar a primera vista.

En el s. XIX los olores se asociaban con un sentido de la moralidad muy explícita: los perfumes desprendían el elitista frescor de la Cologne con sus múltiples interpretaciones o hablaba el lenguaje de las flores (floriografía). Nadie pecaba contra esta regla si quería mantenerse en la buena sociedad. Pero por otro lado la fuerte industrialización finisecular, la masiva migración del campo a la ciudad, los nuevos paisajes urbanos con bellos paseos ajardinados por un lado y oscuros guetos por el otro suponían un caldo de cultivo caracterizado por una mayor polarización en la sociedad que hacía que las antiguas reglas del antiguo mundo comenzaran a resquebrajarse poco a poco hasta quedar totalmente obsoletas con la Gran Guerra que supuso el final de aquel mundo. El final de una época y el comienzo de otra significaron muchos cambios en el estilo de vida. Las antiguas fotografías nos dejan ver que corsés y crinolinas quedaban atrás pero no podemos apreciar como aquella sociedad pudiente que podía decidir entre Chanel o Lanvin sentía fascinación por la modernidad sofisticada de los perfumes abstractos y de fantasía.

Perdidos en parte los antiguos usos, surgía la necesidad de un nuevo lenguaje oficial que marcara la forma de presentarse en sociedad. Ya fueran las flores que la anchura del ala de tu sombrero, siempre era cuestión de que algo sirviera para establecer una comparación y crear un estereotipo en el que confluyeran viejas y nuevas ideas.

Los manuales al uso sobre el vestir o los buenos modales pudieron hacerse más “técnicos” pero el esquema subyacente vino a ser lo mismo, algo así como fisionomías asociadas a colores, colores asociados a virtudes, virtudes asociadas a olores, olores asociados a estilos de vida, estilos de vida que implican una forma de comer, de hablar, de peinarse…cliché tras cliché aglutinados para describir una personalidad, como si eso fuera algo totalmente dado e inmutable, pues así se creía entonces que era.

Aquella moda de los tipos no fue tal moda, aún perdura hoy en día y la publicidad se nutre de ella, pero tuvo su época dorada entre los años 20-30´s y 60´s en la medida en que toda mujer parecía ser de un tipo u otro y Hollywood contribuyó en gran medida a popularizar los estereotipos. De nuevo es el mundo de la imagen el que nos permite hacer una apreciación más directa y plástica de los hechos, pero la perfumería también se desarrolló bajo el influjo de los tipos. La idea podía ayudar a vender.

Frente a la conceptualización de los perfumes abstractos de Chanel, Jean Patou fue pionero en la idea de ofrecer perfumes para rubias, morenas y pelirrojas, asociando un tipo de olor a un color de cabello y suavizando la propuesta con el tamiz del romanticismo novelesco: cada perfume también representaba una fase del romance. Así publicitó sus perfumes creados en 1925 Que je sais?, Amour Amour y Adieu Sagesse. Rentabilizó la idea añadiendo vestidos para  cada tipo. Guerlain se hizo eco de la ocurrencia y en 1935 publicitó sus hoy ya clásicos L´Heure Bleue, Mitsouko y Liu para rubias, morenas y pelirrojas respectivamente mediante coloridos carteles ilustrados por A. Mouran Cassandre en los que resaltaba un sencillo eslogan: Eres su tipo? . Este modo de consolidar clichés asociando olores a caracteres no distaba mucho de la caracterización cinematográfica.

Los tipos siempre dejan fuera las características más personales y complejas porque sólo se basan en agrupaciones de rasgos que luego se asumen como inevitables y universales, aunque de vez en cuando sufran graciosas distorsiones. Pero la gente acepta los estereotipos con gran facilidad. A nivel personal porque describen rasgos y cualidades que pueden gustar y ser vistos como deseables -el cebo de la celebrity o el mito y el glamour de los iconos del pasado tienen un valor psicológico-; a nivel social también se aceptan porque la clasificación sin miramientos es un deporte muy humano que simplifica la interacción.

Es esperable que todo el mundo encaje siempre en algún lugar …pero ¿se pueden romper los clichés? Miuccia Prada sugiere esta idea en sus perfumes- y en su universo estilístico en general-, pero con La Femme & L´Homme y sus respectivas versiones Intense lo plantea directamente. No propone un discurso revolucionario sino una invitación sutil y pragmática para acercarse al perfume con otra mirada. El punto de partida es el propio cliché que se asume como propio e inevitable pero lo plasma con un lenguaje que obliga a mirar dos veces. Y esta es la clave, mirar dos veces.

Prada no propone escapar por completo del esquema habitual sino usarlo como base para construir un lenguaje de fusión entre facetas tradicionalmente femeninas y masculinas, poniendo en relieve matices diversos que acentúan diferente y, por tanto, amplían el campo de visión. Este uso de la fusión quizás sea más evidente en L´Homme & L´Homme Intense donde las notas cálidas y empolvadas de iris contrastan con especias frescas, cedro y ámbar; pero también es cierto que el mundo de la perfumería masculina es mucho más restrictivo en términos de olor y de aceptación de nuevos aromas más allá de las maderas ambaradas, las especias frescas o el cuero. Dicho de otra manera, si el mundo femenino sufre de estereotipos varios y dualistas, el masculino adolece de estereotipo único.

El lenguaje de raigambre clásica que Prada maneja y la perfumista Daniela Andrier ha ido puliendo perfume a perfume se apoya en tres pilares. Parte de un interés por expresar un estilo refinado más atemporal, se basa en un perfil caracterizado por dos materiales distintivos de la perfumería de lujo como son el iris y el ámbar y maneja el eclecticismo como recurso renovador.

El eclecticismo es importante porque es lo que rompe el estereotipo, permite experimentar e invita a pensar en la posibilidad de plantear un universo personal como lugar en el que conocerse mejor y comprender mejor las propias emociones forman parte del desarrollo, en vez de abrazar un dictado.

Pero el eclecticismo es sólo una parte del conjunto. Todo el universo Prada y su espléndido manejo de las sutilezas no estaría completo sin la búsqueda del refinamiento y esto se expresa con facetas limpias- a veces directamente jabonosas- envueltas en un frescor profundo y sedoso asociado al iris de forma más directa que a los cítricos y sostenidas por notas amaderadas ambaradas no necesariamente pesadas o excesivamente vibrantes pero si sólidas y moderadamente secas que dejan ver facetas ricas de ingredientes naturales. Es un sentido del refinamiento que parte de la mente , no de unas maneras y una pose y ese elemento intelectual que puede ser bastante rotundo recuerda a la visión creativa que Gabrielle Chanel tenía del perfume.

El estilo de los perfumes de Prada podrá gustar o no pero es notable que en el panorama actual, mientras las firmas más admiradas por su legado histórico parecen renunciar a sus estándares de calidad y sus señas de identidad, Prada hace lo contrario: apostar por una estética coherente y consistente.

Tan consistente como el carácter tradicional de los perfumes florientales basados en combinar flores blancas, especias y ámbar y en los que cabe poca variación. En ese sentido, La Femme Intense (2017) es un flororiental con algo más interesante.

Como su predecesor La Femme (2016) la idea es romper clichés de la manera más veraz: la femineidad no la representa una sola mujer -no es un tipo- sino distintas mujeres. Es una invitación a cultivar el estilo propio. La idea puede parecer muy obvia -y lo es-, incluso suele ser un lugar común en las conversaciones sobre estilo y moda pero, en realidad, se practica poco la búsqueda personal porque puede tener un coste social elevado. Pero en este caso la subversión incluye el contexto. Lo que Prada plantea, en último lugar, es que defender nuestra gracia y nuestras emociones es una decisión propia que forma parte del desarrollo personal y también es una forma de demostrar que se tiene clase y elegancia.

En términos de perfume esto se traduce en un mundo de sutilezas pero partiendo de las flores- más aún de las flores más dulces- el elemento distintivo de los perfumes femeninos por excelencia. Así, en La Femme todo es aparentemente juvenil, con un perfil de flores mantecosas y frutas tropicales, pero no se presentan claramente como tales sino jugando a dibujar con fluidez y naturalidad matices vagos y delicados de flores blancas; sin embargo, la proyección del perfume es importante y contrasta mucho con la ligereza de las notas…algo realmente tropical. La Femme es fresca por momentos y tiene un brillo dulce de melocotón que redondea las flores con un acabado jugoso pero hay una faceta melosa más primitiva que aporta el acento carnal al fondo verde y jabonoso del perfume. Con su vaguedad de notas frescas y solares, especiadas y animalísticas funciona como algo versátil y confortable que, pudiendo gustar a mucha gente por ser bonito y sencillo, también ofrece algo diferente en esa mezcla de imprecisión y osadía.

La Femme Intense (2017) deja atrás esa vaguedad y se acerca más a la piel: no proyecta tanto pero es más rica en contraste y color. Expresamente más exuberante, se dirige a quien gusta de la riqueza de matices porque estos añaden la profundidad y definición que enriquece la experiencia. Así que esa sensación emergente de aire tropical que inunda La Femme aquí se concreta más en una tuberosa solar muy saturada de luminosidad gracias a un rico ámbar y cuya deliciosa dulzura floral el iris realza con generosidad.

Lo interesante en el perfume es la mayor dimensión oriental que adquiere al facetar el ámbar con una impotante dosis de patchoulí y la calidad del mismo. Así, mientras en un floriental más tradicional el acorde floral tiene más peso, aquí las flores representan la parte radiante de un tema más insondable y sensual. El acento es diferente.

La faceta floral no proyecta un olor abrumador de flores blancas sino que exhala el aroma de un licor de flores dulce, reconfortante y profundo. El bouquet parece un mosaico cuyas teselas dibujan la figura mediante gradación de tonos en lugar de usar un fuerte contraste para diferenciar volúmenes; los tonos van desde brillantes amarillos y blancos cremosos que acentúan elementos florales de forma directa a fragmentos dorados que crean un aura más luminiscente e introspectiva.

Pese a que puede leerse como una tuberosa moderna -solar, ligera, limpia y tersa- elementos distintivos de otras flores se presentan alternativamente en el perfume. No se trata solo de los recuerdos a otras flores blancas que el complejo olor de la tuberosa podría mostrar, sino de algo más visible. El más sorprendente por su veracidad es el frangipani que introduce la cascada de referencias florales con una característica mezcla afrutada y balsámica de rosa y flor de naranjo; a ratos puede apreciarse el vago matiz a jacinto del jazmín Sambac y el corazón cremoso y especiado del ylang-ylang que ocupa un lugar importante en el perfume junto con la faceta afrutada, reminiscente de uvas, de la flor de naranjo.

Son flores radiantes sin resultar evidentemente indólicas. Dejan atrás el consabido cliché de la dualidad de las flores blancas y se presentan envueltas en un frescor verde y anaranjado que aporta delicadeza y familiaridad. También hay abundancia de matices frutales -no tan jugosos y tropicales como en La Femme, sino más bien confitados- que recuerdan al melocotón, las cerezas y el albaricoque. Sutiles pero suculentos. El carácter festivo de las flores se complementa con ámbar e iris. Un iris dulce, casi meloso, y ligeramente empolvado que realza mucho el bouquet mientras aporta un carácter más elusivo, atemporal y lujoso.

El ámbar, siguiendo el estilo de Prada pour Femme (2004) es translúcido, brillante, cremoso y sedoso, ligeramente vibrante e intensamente irisado pero sin la palpable referencia palatable a Angel de Thierry Mugler, aún así a veces parece oler a chocolate o mejor aún a bombón de licor. Es un ámbar bien redondeado con vainilla (nota discreta pero eficaz) y sombreado con el elegante efecto seco de maderas preciosas que aporta el vetiver. Pero es el patchoulí el que marca el compás y lleva el perfume hacia un territorio de oriental moderno más fresco y luminoso. Es el material que caracteriza el perfume con un efervescente dulzor herbal y esa complejidad suya así especiada, balsámica, vinosa y empolvada que refuerza la calidez dorada del perfume. Es el tipo de patchoulí de calidad afrutada que brilla en los perfumes de Chanel modernos. De hecho, La Femme Intense puede recordar a Chance EdP, a Coco Mademoiselle y especialmente a Allure Sensuelle EdP (sin la nota de incienso). En cada uno de estos perfumes un torbellino de flores reviste con tejido de distinta tonalidad un núcleo de ámbar cristalino facetado con ese patchoulí limpio y afrutado. La Femme Intense es más redondo, cremoso y festivo pero mediante la sutileza en los detalles y el frescor en el acabado intenta modelar lo mismo: un estilo chic.

La intensa vainillina y Ambre 83 de Laire.

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*Anuncio para Biscuits Lafèvre-Utile (1896) de Alphonse Mucha.

En una pequeña historia de la vainillina cabría resaltar dos hechos. El primero, que junto a la cumarina, es uno de los químicos aromáticos más antiguos; ambos comenzaron formando un poderoso tandem de profundo y persistente dulzor, el dulzor tradicional, rico y envolvente de los clásicos perfumes ambarados y orientales. El segundo es que, desde el inicio de su historia, la vainillina se pudo preparar con métodos diferentes y partiendo de diversas fuentes; tal circunstancia multiplicó el número de patentes y esto implicó un descenso drástico en su precio: desde los casi 9000 francos por kilo que podía costar en 1876 hasta menos de 50 hacia 1913. Y esta es, seguramente, la principal razón de su popularidad porque no sólo es un material importante en perfumería, también lo es en la industria del sabor donde se ha usado para aromatizar desde tabaco a chocolate. De hecho, la vainillina es lo que la gente suele identificar como olor de vainilla gracias a flanes, bizcochos de soletilla, natillas, helados y demás preparados industriales.

La vainillina tipifica -junto con los matices cinámicos- los olores balsámicos pues ocurre de forma natural en distintas variedades de vainilla, en los resinoides de benjuí, en el bálsamo de Perú, en el bálsamo de Tolu y en el estoraque; pero su olor es sólo una parte del aroma de la vainilla natural, aunque popularmente una se confunda con la otra porque la vainillina también representa en términos de aroma el común denominador entre la diversas vainillas que se cultivan en el mundo.

Diferentes concentraciones de vainillina también se pueden encontrar en la pimienta dulce (dioica o de Jamaica), en la canela de Ceylán, el clavo y su aceite esencial, el jengigre, la nuez moscada y su aceite esencial, el musgo de roble, la planta del tomate, el maíz, la avena, la mantequilla, el aceite de oliva, el café, el whiskey, el ron, la piel de patata, las fresas silvestres, la piña, las pipas de girasol, el aceite esencial de cabreuva o el raro y caro absoluto de flor de violeta. En algunos casos la vainillina puede formarse en un alimento como el jarabe de arce y el café por acción del calor, en otros casos como los vinos, licores, vinagres y demás productos envejecidos en barricas por acción de la lignina, un polímero de la madera del que se puede extraer vainillina como subprodcuto de la industria papelera. Esto enlaza con el olor de los libros viejos, que entre otras cosas pueden recordar a vainilla y ámbar gris.

Esta ocurrencia natural en distintos alimentos, especias u otras materias puede verse reflejada en fragancias, de forma incidental o tangencial. Un ejemplo interesante es Jeux de Peau de Serge Lutens, un perfume particularmente dulce y persistente cuyo motivo central en una primera impresión es un palatable y tierno acorde de café, pan y albaricoques pero que, de forma oblicua, remite al gusto de la vainillina y los clásicos perfumes ámbar. Por otro lado, del mundo del vino y la madera de roble se derivan productos como la tintura de astillas de roble o el extracto CO2 que si bien sirven para dar una tonalidad de musgo de roble, seca y amaderada, también tienen un tono balsámico vainillado y ligeramente frutal. Perfumes como Chêne de Serge Lutens, Caligna de L´Artisan Parfumeur o Vanille Insensée de Atelier Cologne usan estos materiales en su base.

Porque remite al sentido del gusto más primordial de la leche materna y al sentido del tacto acariciante y protector cuando forma parte de una faceta empolvada, la vainillina resulta ser un olor inconsciente y terriblemente apetecible, reconfortante y calmante. Tiene un importante efecto psicológico, pero en perfumeria también es interesante por su versatilidad: puede usarse como fijador o como modificador en todo tipo de perfumes siempre que se dosifique con cuidado pues si hay algo que caracterice a la vainillina es su cálida persistencia, sin ser tan potente como la etil vainillina (cuyo carácter fue magistralmente domado por Jacques Guerlain en Shalimar), aún puede resultar agotadora, pese a ser cremosa, dulce y empolvada.

Al igual que la cumarina, la vainillina recubre la vaina de vainilla durante el proceso de secado, cristalizada como diminutas agujas incoloras o blanquecinas. Su presencia en la vainilla es variable, aunque se estima una media del 2%, pero entre los casi 200 componentes conocidos en la vainilla, la vainillina representa lo más característico de su olor.

Nicolás Theodore Gobley consiguió aislar la sustancia por primera vez en 1858 como una sustancia relativamente pura, a partir de un extracto de vainilla. El paso importante lo dieron Tienmann y Haarmann en 1874 cuando dedujeron su estructura química y encontraron una vía de síntesis a partir de la coniferina, un glucósido presente en la corteza de pino.

Diferentes vías de síntesis a partir de diferentes materiales se fueron encontrando desde entonces: a partir de guayacol petroquímico y natural, a partir de lignina, del eugenol presente en el clavo, de la cúrcuma, del ácido ferúlico. En cada caso la calidad puede variar pero la vainillina ex clavo ha sido una de las más preciadas en perfumería por ser prácticamente idéntica a la vainillina presente en la vainilla.

Oliendo dulce, empolvada, seca, con recuerdos de caramelo, cacao y leche, cremosa pero también aromática, con recuerdos de frambuesas, fresas, litchi o tabaco, la vainillina ofrecía desde su inicio la posibilidad de recrear y/o amplificar el vago dulzor acogedor de la tintura de ámbar gris. En fórmulas antiguas y saturadas ambos perfumes podían compartir espacio y complementarse, pero la industrialización de la perfumería implicó, desde el primer momento, una reducción en los tiempos de producción. Nada que ver con los ritmos frenéticos de hoy en día, pero si de un modo lo suficientemente significativo como para que el uso de tintura de ámbar gris -que requiere una maduración de meses- se fuera relegando en beneficio de las bases de ámbar que, sin oler directamente a ámbar gris, recreaban aspectos y cualidades de este precioso material.

Las bases eran y siguen siendo una herramienta muy importante en la paleta del perfumista. Creadas combinando químicos aromáticos con esencias, brindan la posibilidad de introducir complejidad y carácter, de perfilar una faceta, ser el punto de partida de un arquetipo o insuflar ese je ne se quois con un acabado característico.

Es el caso de Ambre 83 de Laire (actual Symrise) una base histórica que hoy se identifica con un ámbar tradicional: dulce y balsámico, rico, penetrante y empolvado y, en ocasiones, susurrante. Envolvente, introvertido, intrincado, sensual. Sutil a la vez que tenaz, redolente de calidez y concentrado.

Como base de ámbar es una fantasía: no huele a ámbar gris ni tampoco a su sustituto del reino vegetal, el labdanum. Tiene un carácter intensamente cálido y empolvado basado en una importante dosis de vainillina y almizcle latiendo junto a un rosado geranio, toques de civeta, pungente labdanum, oscuro patchoulí y nuez moscada. Esa faceta empolvada-almizclada parece formar una segunda piel mientras proyecta un halo cálido de incienso y maderas. Es sutil a la vez que profuso en sus matices, intentando emular el olor infinito del ámbar gris.

En su momento publicitada como un producto para recrear notas orientales y ambaradas, Ernest Beaux la usó para enriquecer la fantasía de maderas preciosas y ámbar gris que es Bois de Iles (1926) de Chanel. Hoy es un modelo de ámbar tradicional para distintos perfumes monotemáticos; el estandar es Ambre Sultan de Serge Lutens, lo más cercano al olor de Ambre 83, pero hay muchos perfumes que siguen su estela: Ambre Fetiche de Annick Goutal siguiendo la línea clásica y concentrada y Orietal Lounge de The Different Company -que mantiene el perfil aromático típicamente cálido y empolvado pero se renueva usando el recurso moderno de un acabado más diáfano, tibio y espacioso- son dos ejemplos claros de como esta base ha creado un modelo.

Ambre 83, creado a principios del s XX, también tiene una versión actual: Ambre 84 DL, acorde con los tiempos es un ámbar más cristalino y amaderado pero con un filo gourmand de café. Otro ejemplo de que la perfumería se sigue moviendo por la vía palpable de lo palatable; algo menos místico que un ámbar tradicional, pero aún intimista. Ligado tanto a una sensación de energía por la cafeína que sugiere como de cobijo por esa tendencia actual hacia de comodidad hogareña con filtro hygge.

Costumbres cambiantes, modas y tendencias en el vestir y la decoración, las formas de hablar y los temas de conversación dominantes de cada época incluidos los modos de comportarse en público, de valores en alza y de valores a la baja, modos de educar, libros disponibles y libros imposibles de volver a encontrar…en fin todo lo que define la cultura de un momento -tanto si es alta cultura como estándar o escasa- no sólo influye en nuestro estilo de vida y nuestra forma de pensar…. también influye en nuestras expectativas. Las expectativas pueden cegar nuestros sentidos, de hecho lo hacen. Las expectativas actuales parecen guiadas por una cascada perenne de estímulos fáciles, adrenalina y simplicidad que se reflejan en un gusto general por perfumes de lectura rápida, de ligereza y uniformidad, de gusto inmediato y de inmaterialidad.

Hace un par de años escuchaba a unas chicas jovenes hablar de perfumes en términos de modernidad. Los florales para ellas -que resumían a la perfección las ideas de su generación- si son ricos y complejos como Faubourg 24 de Hermès ya son cosa del pasado o algo para una mamá. Lo joven -lo que ellas sienten que las representa- es transparente, fresco o en todo caso gourmand. Sí, algo tan ligado al origen de la perfumería moderna- pero que entonces era subliminal- es hoy considerado lo más de lo más por las nuevas generaciones y la industria se hace cargo de eso porque con esto de lo gustativo al final, llega tanto a jóvenes que lo leen como novedad, como a personas maduras que pueden encontrarlo simpático, divertido, cómodo. A mujeres y a hombres también, porque en el fondo lo gourmand no tiene género, ni edad y sí múltiples tonalidades que ofrecer más allá del azúcar y el praliné en las distintas familias de perfumes.

Lo triste de la perfumería actual no es que haya predominio de notas dulces, lo que no es tan nuevo, sino que no están sublimadas y que no acompañan con esplendor y creatividad otras facetas del perfume. Es decir, que sea algo tan genérico. Cabe citar dos perfumes nuevos como ejemplo de buen hacer más allá del dulzor: Poison Girl de Dior y Baiser Fou de Cartier.

Y si pareciera que esto ya está muy alejado del tema del ámbar, aún quedaría por recordar la intrincada y curiosa historia culinaria del ámbar gris o como algunos perfumes clásicos de almizcle o de ámbar rebosan notas de chocolate negro y de vainilla oscura. O la vainilla misma que como especia se extendió en Europa como aditivo suculento del chocolate caliente, una bebida típica de las cortes europeas, pero eso es otro historia. Esta historia en cambio termina como empezó, con un material, la vainillina, que al conseguir sintetizarse a bajo coste pasó a formar parte del gusto más cotidiano y hogareño que aún proporcionan flanes, bizcochos de soletilla, natillas, helados y demás preparados industriales.

*Anuncio para Chocolat Ideal (1897) de Alphonse Mucha.

Flip Flop review: La Petite Robe Noire Black Perfecto de Guerlain

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¿Animal gourmand? Hmmm…es una idea. Una idea de cierta intensidad y de cierta lógica de los aromas. Cómo el anís estrellado-regaliz puede sugerir cuero en determinados momentos, cómo la rosa combina bien con notas anisadas que la enternecen y estas enlazan con la almendra y la cereza que se complementan, cómo el almizcle forma parte de todo…sí, cierta lógica. Pero no rotundidad.

Black Perfecto promete en su publicidad un filo rocker. Esa idea de vivir libre como el viento y ser tú mismo…o, al menos, de experimentar el túnel de la adrenalina: la moto, la velocidad, el cuero. Es una idea…Pero su rebeldía no se materializa. En el fondo es un animal doméstico.

Mucha gente encuentra esta fragancia similar a la versión original de La Petite Robe Noire…Hmmm. No exactamente, aunque aún es gourmand, un tono familiar dentro de la saga, pero Black Perfecto es otra cosa. ¿Un experimento? Al menos un intento.

La primera impresión es bastante distinta del perfume de 2012, no es esa rosa burbujeante, afrutada y fresca; tampoco tiene ese fondo de patchoulí, té y frambuesa tan marcado. La primera impresión es curiosa o confusa o incómoda: notas amargas de frutas y cuero, por suerte es una confusión transitoria. Luego se vuelve un floral lánguido y aterciopelado y evoluciona con recuerdos de cuero y, sobre todo, de ante.

El perfume es, a mi modo de entender, un poco de esto y de aquello. Un poco de dulzor gourmand, un poco de rosa irisada y un poco perfume de ante con tímidos acentos oscuros de cuero. Una combinación entre Daim Blond de Serge Lutens, Ombre Mercure de Terry de Ginzburg y Love in Black de Creed. Una versión fácil de llevar de un tipo de perfume ya habitual en el sector niche.

La impresión final es que es un olor de ante empolvado, con gentiles notas de rosa y cereza. Se intentó hacer algo aquí un poco más original y arriesgado, pero no se fue muy lejos en el intento porque Black Perfecto promete ser intenso y complejo pero su textura y carácter es tímido y suave, casi como un elegante perfume floral-amaderado-almizclado. De nuevo, la opción elegida para hacer algo más cercano al gusto general vuelve a ser añadir aspectos palatables y “desmaterializar” las notas más densas y oscuras.

La belleza inherente de una flor: Baiser Fou de Cartier.

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Los nombres pueden contener una gran sabiduría. Son reveladores del pensamiento. Dar nombre a las cosas es un arte, no sólo es elegir una palabra y una sonoridad, es también la posibilidad de revelar algo implícito y generar ideas.

Los idiomas opacos que utilizan ideogramas basan la lectura en el significado. No puedes leer una palabra si primero no sabes lo que significa, por eso son culturas tan visuales y desarrollan una gran facilidad para expresar ideas o emociones de forma gráfica, mediante trazos y dibujos.

En la antigua China la orquídea silvestre (Lan Hua) que florece en primavera recibió el sobrenombre de “la belleza solitaria del valle tranquilo”. La palabra Lan fue ampliando su significado y adquiriendo propiedades de adjetivo; a veces usada para formar expresiones relativas a la amistad profunda, la que se forma compartiendo los mismos gustos, una idea de raíz confuciana pues el filósofo comparaba la verdadera amistad con el perfume de la orquídea.

En primavera, el arroyo está verde y claro, las orquídeas en la orilla emiten una agradable fragancia cuyo aroma exhala hasta la lluvia. Du Mu (803-852), poeta de la dinastía Tang.

Para Confucio la orquídea también representa la virtud pues florece en el bosque emitiendo una dulce fragancia sin que nadie la aprecie igual que el hombre (maestro) virtuoso mantiene sus creencias independientemente de lo que otros piensen. La flor representa la “serenidad que acompaña a un espíritu diáfano y humilde”.

Por su dulce, sutil y tenaz aroma la orquídea significa amor y belleza, serenidad y refinamiento, nobleza y humildad, inocencia y fertilidad. En la pintura oriental a la tinta ( Sumi-e) es uno de los motivos principales que todo principiante debe aprender y se asocia a la primavera.

La otra cara de la moneda es su sensualidad. A la flor y su tubérculo se le atribuyen propiedades afrodisíacas, a lo largo y ancho de este mundo existen indicios de que diferentes culturas la usaban y la usan para inducir el deseo y mejorar la fertilidad. En la cultura de la Antigüedad Clásica la flor era considerada alimento de sátiros y en la Europa medieval abundaban los filtros de amor a base de orquídea. De alguna manera, con esta flor, la idea latente siempre es la belleza, ya sea en su dimensión más sensual o más espiritual.

Pero la orquídea como la belleza es evasiva. Existen cientos de especies, de diferentes tamaños y colores, capaces de crecer en selvas tropicales o en parajes alpinos y profundos valles. A esta variedad adaptativa también responde su olor. Hay orquídeas sin olor, orquídeas con delicados olores vainillados, orquídeas de fragancia alimonada, orquídeas narcóticas o con olor a ámbar, orquídeas que recuerdan a la rosa, a la freesia o al lirio de los valles, incluso orquídeas de olor repulsivo. Así que en perfumería el término orquídea carece de contenido concreto. Es un cliché, una forma convencional de decir que el bouquet o la faceta floral están construidos usando salicilatos, una familia de olores variados que contribuyen a dar un tono floral poco preciso pero expansivo con matices verdes, medicinales o ligeramente grasos.

Un perfume de orquídea propiamente dicho es una rareza y los pocos que se hacen no suelen ser fácilmente aceptados. lo más típico es crear una orquídea vainillada ya que, al fin y al cabo, la vainilla -que es una nota universalmente aceptada- procede de una bonita orquídea tropical llamada Vanilla planifolia de delicado olor balsámico. Se adornan con una cálida pero abstracta sensación floral y se ofrecen como algo exótico y femenino. Así es como estas flores se convierten en algo convencional, en una idea prefijada y sufren del mismo mal que las rosas que pese a tener olores muy variados en la naturaleza, el público sólo suele identificar su olor por un tipo de tonalidad muy concreta, la que ofrecen los perfumes que recuerdan al agua de rosas comercial -un producto que pocas veces tiene que ver con el auténtico hidrolato de rosas-.

En la creación de Baiser Fou, Mathilde Laurent invirtió tiempo en buscar una orquídea de olor interesante en la que inspirarse, aunque no optó por una demasiado diferente a lo que habitualmente la perfumería ofrece como tal- esto es, como algo suavemente balsámico- sí que, al menos, implica un interés por especificar un modelo concreto de orquídea: una diminuta Oncidium Twinkle cuyo olor fluctúa entre el suave cacao y la tersa vainilla. Esta es la referencia natural.

El punto de partida es Baiser Volé: un perfume que combina una faceta empolvada algo retro con el estudio detallado del olor de la azucena y un acabado refinado muy Lady like ya que el perfume no llama la atención sobre sí mismo sino que permite ver a la persona que lo lleva. Esta es una clave en el estilo que Mathilde Laurent imprime en los perfumes de Cartier, consiguiendo adaptar su visión artística al estilo de la firma. Sus creaciones asumen riesgos con audacia y expresan suntuosidad a la vez que parecen sencillas.

Pero lo mejor es que no se reserva este buen hacer sólo para la colección más niche de Cartier, la expresa en todos sus perfumes. Baiser Fou es un gran ejemplo, está lleno de riesgo y creatividad.

Si Baiser Volé desprende clasicismo, Baiser Fou sigue en esta línea pero es más transgresor. Interesante que podamos clasificarlo como un floral-frutal con faceta gourmand, el colmo de la tendencia mainstream, porque está lejos de adaptarse al gusto dominante.

Sí, si comenzara hablando de frutos rojos jugosos, vainilla y chocolate blanco estoy segura que muchas personas decidirían rápidamente que no merece la pena probarlo. ¿Y si añado que también tiene una faceta cosmética de barra de labios…o es de gloss?

Aprender a oler es un ejercicio de objetividad y consciencia que exige oler con la nariz, no con la mente. Claro que el marketing nos empuja continuamente a oler con la mente, pero de esto no tienen culpa los creadores de perfumes.

Baiser Fou sorprende y de una forma un poco difícil de explicar. Es en cierto modo juvenil y delicado pero también es intenso y desprende una fortaleza que bien puede expresar esa idea de apasionamiento que encierra su nombre.

La base del perfume es balsámica y con un rastro de esos acentos verdes que facetan el perfume desde el principio. Es un verdor singular, dulce a la vez que herbal, que hace más profundo el acorde frutal del perfume.

En la salida las notas fluctúan entre ese verdor y tonalidades intensamente rosadas e intensamente afrutadas que recuerdan a las frambuesas, el litchi y el melón. En estos primeros momentos puede llegar a insinuar el húmedo y hechizante aroma de la flor de tilo o la frescura de la menta pero la faceta verde también aporta un efecto tónico y burbujeante, sutil y divertido, que equilibra el dulzor rosado del perfume.

El dulzor merece una mención aparte. Gran parte del tiempo es floral y afrutado como el dulce de membrillo y la jalea de rosas pero, en ocasiones, emerge como algo muy concentrado y cremoso potencialmente sofocante. En muy pocos perfumes se puede encontrar esta característica. Jungle L´Elephant de Kenzo también tiene esa particularidad auque ambos perfumes difieren en términos de olor y personalidad. El de Kenzo es especiado, amaderado y bombástico; el de Cartier atrevido y sofisticado.

Sin duda, esta cremosidad forma un nexo interesante entre la faceta floral rosada y el delicioso acorde gourmand en el que una fina vainilla matiza a un afrutado chocolate blanco y todo esto a su vez enlaza bien con el fondo balsámico. Todo está muy bien ligado.

Baiser Fou se recrea en algunos aspectos juveniles pero aspira a un acabado atemporal. Al final es puro púrpura, profundo rosa cálido y violáceo, todo impregnado de un exotismo mayestático. Muy Cartier.

(…)El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina la dueña, dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión (…)

Fragmento de Sonatina de Rubén Darío.

Sorbete y galletas de jengibre: Twilly d´Hermès.

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Aprendemos muchas cosas por imitación como bien teorizó Albert Bandura con su concepto de aprendizaje vicario. No sólo absorbemos así pautas de comportamiento social o modos de resolver problemas o como pelar una manzana sino que también, por imitación, acabamos adquiriendo rasgos psicológicos más complejos casi sin darnos cuenta, sobre todo cuando intentamos expresar lo que creemos que es nuestra personalidad.

Puesto que conocerse a una misma es un largo y sinuoso camino, a menudo experimentamos y nos inspiramos en aquellas personas que para nosotros representan algo especial, nuestros iconos; pero a veces también nos dejamos llevar por la corriente porque no queremos quedarnos atrás. No deja de ser una trampa pero la presión por ser moderna es tan fuerte que es muy fácil y muy rápido llegar a ese punto. Lo gracioso es que la palabra modernidad puede ser muy vaga, de hecho, cada época o incluso década crea un estilo moderno diferente. Ahora toca el que las mujeres seamos jóvenes de una forma ideal a nivel físico y psicológico…no es algo exactamente avanzado pero parece que no basta con ser estilosamente modernas.

Porque lo vemos y lo entendemos, sabemos que vestirnos con prendas muy estructuradas y con un fuerte contraste de color nos hará parecer mayores al instante porque ese es un estilo de otra era en que las mujeres lucían curvas estructuradas y sus perfumes se presentaban antes que ellas. Sí, con los perfumes esa percepción también existe, y es incluso más acentuada e intolerante. Lo moderno hoy en día es la sensualidad etérea, aérea, ingrávida. Algo casi feérico sino fuera porque el culto actual no es hacia el matiz sino hacia la claridad y la simplicidad derivada del estilo nórdico.

Los códigos en perfumería también siguen la corriente para renovar su clientela buscando lenguajes afines a la idea de modernidad vigente. Muchos de los últimos lanzamientos tienen este objetivo de mercado y lo declaran abiertamente. Así encontramos un perfume tras otro carente de profundidad, con bajo nivel de contraste entre notas y por tanto con facetas más difíciles de caracterizar para que no se asocien con décadas pasadas. Aunque cuando se pretende ofrecer algo más de calidad se recurre a la fórmula del equilibrio; por ejemplo, en Poison Girl de Dior tenemos un dulzor azucarado muy actual envolviendo una rosa rosa, el tema es joven pero desprende carácter porque la estructura está muy elaborada. Twilly d´Hermès está en una tesitura opuesta: las notas de la composición son tan serias y tradicionales como la tuberosa y el sándalo -un clásico para representar femineidad y sofisticación- pero el acabado es ligero y casi desenfadado.

Parece un perfume juguetón y chispeante al principio, cuando revela un frescor tónico y vibrante, algo verde y afrutado que casi recuerda al ruibarbo e inmediatamente deja entrever una nota vivaz de jengibre fresco. Rápidamente también muestra pinceladas florales entre las que se reconoce un poco la tuberosa, al principio primorosa y mantecosa; pero a la vez es un cuerpo floral vago y familiar que evoluciona en la piel con matices indecisos y en el que tras un par de horas se evidencian asperezas de naturaleza sintética para acabar desembocando en algo bastante genérico.

Twilly d´Hermès -como tantos perfumes actuales- hace pensar en varias cosas a la vez, pero sus notas difusas y ligeras impiden concretar a qué recuerda exactamente. No se puede dejar de pensar que podría ser mejor, podría ofrecer algo más característico.

El giro en la estética de los perfumes Hermès con Christine Nagel es significativo, sus perfumes no son tan secos ni tan severos como algunos de los creados por Jean Claude Ellena impregnados de clasicismo y de raigambre abstracta, pero tampoco llegan a la exuberancia de 24 Faubourg. De la tabla de estilo Hermès mantiene en primera línea el frescor en todas sus variantes, esta claro que existe un interés por trabajar con tonalidades innovadoras en este aspecto y materiales de calidad no faltan pero su trabajo no se centra tanto en configurar un carácter como en conseguir que el perfume tenga un acabado suave y luminoso muy sensorial.

Twilly ejemplifica este cambio de estilo abiertamente juvenil. Hay un dulzor de fondo entre acaramelado, abizcochado y vainillado que no es pesado pero si patente y habla el lenguaje de lo gustativo. Cuando hueles el perfume lo que reverbera en tu mente no es la belleza del perfume sino lo familiar y fácil de usar que resulta porque realmente está lejos de ser un floral comprometido, denso o exigente pese a que la tuberosa sea la flor elegida como protagonista.

Esta flor de personalidad exultante y arrebatadora aquí se muestra con timidez como una flor solar, cremosa y etérea. Ligeramente melosa y con un toque indólico anaranjado muy sutil que crea una vaga impresión floral que al principio es cálida y acaramelada pero que se va con un toque de frialdad marina. Sus facetas muestran poco relieve pero mucho brillo y luminosidad.

Lo más destacable en Twilly d´Hermès es el singular frescor que aporta el jengibre al inicio del perfume. Es una primera impresión agradable de tonos cítricos alimonados mezclados con calidez apimentada sobre fondo goloso de tofe y de galleta. Este rasgo tonificante, ligero y a la vez cálido crea sensación de comodidad. Sin duda, su mejor baza.