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Hablar de un aroma supone poner en palabras nuestras propias sensaciones y no es tan sencillo encontrar expresiones precisas con las que poder hacer una descripción más objetiva de las cualidades del olor. Para eso solemos usar términos descriptivos que resalten algún efecto concreto de ese olor y lo clasificamos dentro de un tipo de olor o familia.
Ejemplo: decimos que un olor es floral ( y no amaderado) porque nos recuerda al aroma de las flores frescas.
Si bien toda clasificación supone siempre esquematizar y estandarizar una realidad rica y compleja en relaciones, un grado de sistematización es necesario porque funciona como guía para hacer análisis y porque establece un nivel de consenso en los significados de las palabras que usamos.
Así, un olor puede ser floral, pero además podemos decir qué tipo de floral es por las características concretas del olor-que se establecen en términos comparativos-.
Ejemplo: el jazmín tiene un olor cálido comparado con la menta que es fría pero si tenemos jazmín y lirio de los valles (muguet), ambos son flores blancas sin embargo el muguet tiene un carácter más bien frío.

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