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Los perfumes frutales hoy en día están muy ligados a una idea de relax y desenfado que parece ser excusa para producir una tras de otra fragancias genéricas fácilmente vendibles porque en su salida tienen notas realmente apetecibles. Y es que las frutas son un alimento delicioso cuyos aromas están enraizados en nuestra cultura del olor más allá de lo culinario: lo afrutado también forma parte de los olores corporales. La expresión piel de melocotón no es sólo una comparación por la textura, la piel de una joven puede tener notas de melocotón y albaricoque.
Pero las notas frutales están muy enraizadas en la perfumería moderna. No hay flor que no tenga algún matiz de fruta más o menos evidente: desde la delicada nota de coco que hay en un buen absoluto de nardo (tuberosa) o el sorprendente toque de fresa-frambuesa que puede surgir de la rosa cuando se combina con otros elementos. Lo frutal es algo más complejo y más artístico que el sabor de los jugos más comerciales que buscan el impacto con las notas de salida golosas pero que en pocas horas se descomponen en algo realmente insulso. Lo frutal por lo frutal desvirtúa por completo el concepto artístico de un perfume; sin embargo, cuando se usa con maestría puede crear una fragancia estupenda por sí misma, como el juego acuático en torno al melón que encontramos en Acqua di Gió; redondear una composición, como la tímida pero deliciosa nota de cereza que encierra L´Heure Blue de Guerlain; o ser una nota de peso que añada complejidad, como el melocotón en el mítico Mitsouko. La fruta podrá ser jugosa y fresca pero no banal.

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