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Angelica-archangelica

El olor de la lluvia. La aproximación científica a ese fenómeno es específica, interesante, analítica, práctica, nutre la curiosidad pero la impresión abstracta olfativa sigue siendo un hecho particular. Individual: dicha impresión se asocia a sensaciones interoceptivas que hacen de un olor algo con significado particular, personal que podemos describir con nuestras propias palabras.

Angéliques sous la Pluie (2000) trabaja de un modo muy refinado el impacto emocional. A medio camino entre la sensación de protección con su cálida aura delicada y la idea de la vegetación bañada por la reciente lluvia, rezumando gotas de agua, la fragancia juega continuamente con las ideas de atmósfera exterior y piel abrigada.

Como en muchas de las creaciones de J. C. Ellena, la idea del agua es el hilo conductor: aquí se trata de un juego de contrastes: calidez oscura frente a humedad etérea y transparente, con acordes trabajados al unísono y algunas constantes a lo largo de la evolución como la faceta seca-conífera-verde-almizclada. Una característica muy remarcada en la salida es el efecto de efevescencia tónica que recrea la combinación especiada (coriandro, enebro y pimienta)-seca amaderada (¿semilla de zanahoria?)- herbal y cierto destello metálico unida al sabor ligeramente tartárico del linalool.

La fragancia evoluciona en un sentido bastante lineal, a lo que contribuye el uso de Hedione en el corazón de la fragancia, que con sus cualidades etéreas y suavemente florales aportan un tono floral abstracto, aquí matizado con iononas, que permiten enriquecer la textura y contribuyen al tono amaderado. Además, la Hediona tiene una faceta cítrica suave que permite arrastrar ese tono desde la salida y recoger además la calidez natural que tienen esos frutos; por lo que la fragancia desarrolla de un modo ligero y sutil el mismo tipo de frescor profundo que Edmond Roudnitska imprimía a sus composiciones. Ciertamente los estadios de evaporación son leves transiciones, digamos que sutiles cambios de matiz.

La base es suave, verde, amaderada- especialmente cedro- almizclada y ligeramente ambarada. La nota de angélica es bastante suave y contribuye más a dar un tono general y como fijador; igualmente, el extracto de musgo de roble es una nota orientada a unificar, y aportar ciertos matices astringentes y algo de oscuridad a una fragancia, por otro lado, realmente etérea.

El pasaje de La Gran Helada en la novela de Virginia Woolf Orlando tiene una poética de contrastes y extrañas piruetas que me recuerda a Angéliques sous la Pluie. Como en todas las obras de Virginia Woolf todo está encadenado, todo es continuidad irrefrenable, pero el romance en sí entre Orlando y Shasha se inicia en un contexto concreto: el de La Gran Helada; en el libro esto representa varias páginas pero aquí recojo algunos fragmentos a modo de pinceladas que dan una idea y que espero despierten el apetito por la fuente (en la traducción de Borges):

“La Gran Helada fue, los historiadores lo dicen, la más severa que ha afligido estas islas. Los pájaros se helaban en el aire y se venían al suelo como una piedra (…) Era tan extraordinario el rigor de la helada que a veces ocurría una especie de petrificación; y era general suponer que el notable aumento de rocas en determinados puntos de Derbyshire se debía, no a una erupción ( porque no la hubo), sino a la solidificación de viandantes infortunados que habían sido convertidos literalmente en piedra. (…) Pero mientras el campo sufría una extrema indigencia, y el comercio del país estaba paralizado, Londres gozó de un Carnaval por lo demás brillante (…) Los amantes se demoraban en los divanes tendidos en pieles de marta. Cataratas de rosas escarchadas se desprendían cuando paseaba la Reina con sus damas. En el aire se cernían, inmóviles, globos de colores. Aquí y allá ardían vastas fogatas de madera de cedro y de roble, profusamente salada, para que las llamas fueran de fuego verde, anaranjado, y purpúreo. Ardían ferozmente pero su calor no bastaban para derretir el hielo que, aunque de transparencia singular, tenía la dureza del acero (…) Pero era por la noche cuando el Carnaval alcanzaba su apogeo. Porque la escarcha seguía intacta; las noches eran de perfecta quietud, la luna y las estrellas ardían con la dura fijeza de los diamantes, y al fino compás de la flauta y de la trompeta bailaban los cortesanos (…)

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