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A. Osbert Musa del Orto, 1918

Este artículo es una reflexión sobre la historia intelectual(-estética), un retrato del “aire de los tiempos” lo más plausible posible , el análisis del perfume en la 3ª parte.
Por su cualidad atmosférica se ha calificado L´Heure Bleue como un perfume Impresionista, la capacidad de crear impresiones atmosféricas con un perfume ya fue desarrollado aquí, en este post se aborda otra faceta compatible con la anterior.

La capacidad de reflexionar acerca de las ideas de los otros nos abre las puertas de la comunicación y las ideas, y esa capacidad ha dado lugar a conocimientos compartidos, es decir, a cultura. Sin duda, la obsesión por las ideas es inherente al intelecto ¿qué son? ¿cómo se producen? Y fruto de esa obsesión está nuestra costumbre de etiquetarlo todo-y aunque las clasificaciones tengan su utilidad-, ciertamente las cosas siempre se desarrollan en un continuo. Así pues tratar de recrear un contexto y esbozar el flujo de las ideas es complicado porque hay muchos niveles de análisis que se entremezclan.

La preocupación por la sensibilidad prismática era propia del hombre moderno, en esa búsqueda la profundidad del análisis científico se hacía con un empeño que actualmente nosotros llamamos ingenuidad…Pero el problema de la ingenuidad es un problema muy viejo (tanto como el del conocimiento).
Cierto abordaje del pensamiento ha sido llamado ocularcentrismo y al pensamiento del pertinaz Descartes ( que parece ser el causante de todas las ideas erróneas de la ciencia occidental) se le atribuye el origen de dicho abordaje. Fue en su obra Dioptrique, donde aborda el problema de la construcción de un telescopio, donde plantea que la mente es visual: la mente, con su capacidad de pensamiento único, contiene representaciones de lo que vemos.
Esta primacía de la visión será una característica de toda la modernidad, pero la visión tiene un gran problema que ya los modernos sospecharon- y los postmodernos convirtieron en eje de su discurso-: la exactitud de lo percibido. Dicho de otro modo ¿existe algo más allá de lo que podemos ver, o de lo que nuestra mente puede representar sin que esté contaminado por conocimiento precedente? ¿Existe la mirada original?
Así Diderot dice: “Para decir lo que siento, es preciso que cree una palabra o al menos que amplíe la acepción de una palabra ya creada; la palabra ingenuo. Aparte de la simplicidad que expresaba, hay que añadirle la inocencia, la verdad y la originalidad de la infancia dichosa que no ha sido coaccionada: entonces lo ingenuo será esencial en toda producción de las Bellas Artes”.

Paradigma:ingenuidad como condición para la observación exacta de los objetos.
El Impresionismo además perseguía la ingenuidad óptica: la fusión de las formas independientes en una atmósfera común mediante el recurso de la reflexión de la luz en una superficie era el modo en que los impresionistas aspiraban a la pureza óptica. En esa depuración óptica la capacidad de percepción y discriminación eran puntos clave.

En aquella época el darwinismo causaba inquietud y promovía la investigación centrada en el desarrollo de la percepción del hombre. Fechner había sentado las bases de la psicofísica comenzando a cuantificar la sensación. Determinar los umbrales de la perepción sería otro punto de interés y W.Wundt sentaría las bases al crear su laboratorio de Psicología experimental (1879), donde se hacían experimentos relacionados con la visión del color y el contraste entre otras cosas. Pero también existían teorías derivadas del darwinismo social de corte especulativo como las de Hugo Magnus.

Y llegamos al azul…esa “encantadora nada” que para el Romanticismo asumió la dimensión de sublime al representar el espacio y el tiempo infinitos, que ofrecía una transparencia densificada y acuática, se estaba convirtiendo en el color de la época. Hugo Magnus (profesor de oftalmología) defendía, entre otros, que la visión del color no era una característica propia de Homo sapiens sino fruto del desarrollo y perfeccionamiento de los siglos, siendo los colores más brillantes los apreciados por las sociedades primitivas.Y el Impresionismo en sus aspiraciones de precisión científica no era ajeno a estas teorías; podemos encontrar escritos de pintores y críticos de la época que se hacen eco de estas ideas. Laforgue decía: “el ojo impresionista es en la evolución humana el ojo más avanzado, el que hasta aquí ha captado y plasmado las combinaciones de matices más complicados conocidos” y en 1891 al definir al neoimpresionista P. Signac usaba estas palabras: “un ojo adelantado en la evolución de la sensibilidad visual, listo a aclimatarse en el ultavioleta”…se ve pues que si entonces se podía apreciar el azul en todas sus dimensiones, lo esperable era alcanzar la perfección con la visión ultravioleta…Esto es la valoración del azul como símbolo de progreso.

De este modo, la hora azul no es sólo ese momento de revelaciones existenciales que tan bien retrató Rohmer, es también algo que en aquel entonces, finales del s.XIX hasta 1912, se consideraba como algo propio y representativo de aquella época de opulencia llamada Belle Époque, en la que se creía haber alcanzado una capacidad de discriminación cromática tal como para poder apreciar el azul en toda su plenitud.

En la obra de A. Osbert el Impresionismo se tiñe de Simbolismo y de inquietudes preciosistas que reflejan bien otros aspectos de una época tan llena de frentes como fue el Fin de Siècle, además recurrió frecuentemente a paisajes crepusculares, como ejemplifica la imagen con la que ilustro este post: Musa del Orto, una especie de canto del cisne.

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