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Un domingo por la mañana, hace ya varias semanas, estaba sentada en un extremo de la plaza del Obradoiro, descansando y dejando pasar el tiempo antes de que llegara la hora de recoger mi maleta en el hotel y regresar a casa.
Era un día gris, relativamente húmedo y frío. Llevaba horas paseando. Sentada allí, en aquel banco de piedra desde el que se contempla la fachada principal de la catedral, empecé a olvidarme un poco del cansancio, del ruido de alrededor y del frío: el sol comenzaba a asomarse tímidamente. Y aquella luz dorada en medio de la mañana vino acompañada de un agradable y evocador olor marino, era como si el sol trajera también la brisa del mar.
¡Qué cosa tan fantástica!- pensé- sentir en esta ciudad el aroma del mar …no dudé ni por un instante de la autenticidad del olor. Y comencé a perder mi mirada entre el gentío y el enlosado de la plaza, con esas piedras irregulares dibujando hileras…y por un momento pensé que era semejante al enlosado de El Peine de los Vientos y que podía pasarme horas allí sentada, con aquel olor que me cautivaba, lo mismo que cuando visito San Sebastián me paso horas sentada contemplando el mar desde ese lugar tan singular que Chillida ideó.
Pero yo estaba allí de paso, y tocaba andar. Me levanté y comencé a caminar aún fascinada por la sensación y un poco molesta por tener que dejar mi pequeño oasis mental. Comencé a sentirme un poco agobiada por el cúmulo de gente que suele transitar por la zona, y así hice un gesto con el brazo para sujetar mi bolso y de nuevo sentí la brisa marina…¡vaya! ¿Cómo es posible? El tono salino se reveló entonces con un fondo floral algo verde y delicado…Tardé un momento en alcazar la explicación…

Todo había comenzado aquella mañana, cuando decidí compensar la sobriedad de los días anteriores cambiando mi perfume…
Porque cuando viajo suelo llevar conmigo mínimo dos perfumes distintos, en perfumadores de viaje. Al menos uno de ellos más sobrio, y otro de seguro más arriesgado o más fantasioso y a veces un agua perfumada muy ligera para dormir: eso suele hacer mi estancia más llevadera, especialmente cuando viajo sola sin opción a descansar mucho. En esos casos sólo me acompañan mis libros y mis perfumes. En aquel viaje a Santiago de Compostela llevé Lys Mediterranée de Editions de Parfums Frederic Malle como opción para deleite, pero aquel domingo había olvidado que lo llevaba hasta que moví el brazo para asir mi bolso. Fue casi una elección desesperada el día que preparaba la maleta, una elección que después se transformó en afortunada: nunca había experimentado las notas salinas de ese parfume de esa manera. El resto de mi estancia había estado llevando algo amaderado con plena consciencia del hecho…por eso hay atmósferas en las que un perfume funciona mejor que en otras, y hay atmósferas en las que el perfume deja de ser perfume y se convierte en una burbuja, en un oasis.

La revisión del perfume citado aquí.

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