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Un limón en su justa madurez habrá de tener un olor armonioso y sencillo. Un olor fácil de reconocer por su gran familiaridad y que la mayoría de personas describirán como cítrico y fresco. Analizado con cierto detenimiento en ese olor se puede leer algo más: un toque frío especiado, cierta calidez herbal dulce y la presencia de aldehídos que añaden ese algo perfumado a su rico aroma natural.

Por otro lado, aunque una persona sólo sea capaz de decir que el limón huele simplemente a limón, existe todo un bagaje personal- mezcla de elementos culturales y episodios biográficos- que puede añadir nuevos significados a un simple olor, como por ejemplo asociarlo con una función concreta (limpieza, comida, estudio). En ocasiones esos valores añadidos pueden llegar a condicionar bastante la percepción del olor. Así, el aroma del limón se puede leer como algo delicioso porque nos recuerde al merengue o como algo aburrido porque nos haga pensar en productos de limpieza, sin dejar ver otras facetas. Es decir, la experiencia con los olores puede modificar la percepción e interpretación de los mismos, añadiendo valores hedónicos o aversivos.

Cuando se estudian los olores se intenta poder percibirlos de la forma más precisa posible para después dotarlos de contenido personal, ese recorrido del aprendizaje desde lo más objetivo a lo más subjetivo es un proceso de asimilación en el que la persona está adquiriendo habilidades de comunicación. Y es un recorrido común a todos los procesos de aprendizaje, aunque varíe el contenido y la velocidad de asimilación. Como todos sabemos, el lenguaje no es sólo verbal sino también plástico, matemático, de signos y la comunicación puede tener lugar por otras vías como la prosódica, corporal, etc.

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Así podríamos ver este aprendizaje como el del ballet que exige tener un dominio total de tu cuerpo a través del ejercicio y la técnica para después poder representar y caracterizar la expresión de un personaje. Pero mucho más frecuente en el mundo de la perfumería es usar el ejemplo del aprendizaje de un idioma como comparación; podríamos decir que el proceso es equivalente en tanto en cuanto hacerse con un idioma implica conocer un vocabulario amplio para poder expresarnos con mayor propiedad y a la vez afinar en el uso de las expresiones gramaticales. Conseguir un nivel de maestría implica dominar los matices y por eso se puede considerar la perfumería como una segunda lengua cuya finalidad misma es tener la habilidad de manejar el lenguaje para lograr una expresión poética.

Pensemos ahora en un producto destilado que recuerda su origen como es el agua de azahar, pero a la vez es algo diferente que obliga a considerar un poco más los adjetivos. A priori es un olor más vago, a medio camino entre lo natural y lo manufacturado, más frutal-floral que fresco aunque paradójicamente una de sus funciones sea la de refrescar la piel. El jabón sin embargo es un producto fabricado por el hombre a partir de grasas y cenizas en cuya receta tradicional se intentaba incluir algún elemento aromático que lo hiciera más agradable para el uso. Su olor base algo graso se intenta enmascarar, ya sea mediante acentos cítricos, herbales, especiados o florales como el geranio…aunque en conjunto el olor no pueda describirse cómo algo más allá de jabonoso.

Lo cierto es que muchos de estos productos asociados al tocador y al aseo eran creaciones artesanas que seguían una receta que podía pasar de generación en generación y sofisticarse con el tiempo, igual que otras fórmulas apotecarias, pero constituyen en parte la base de la perfumería moderna. El uso de estos productos se extendió más allá de los círculos cortesanos, aumentando su demanda hacia finales del s. XVIII con el creciente gusto por las aguas ligeras. Esto marcó el inicio de una nueva meta: la de los fabricantes que intentaban hacerse un nombre ofreciendo variaciones de la Cologne o composiciones propias basadas en soliflores como la rosa, la violeta, la flor de naranjo y en olores tradicionalmente regios como la civeta, el almizcle y el ámbar gris. Si probáis Daphne de CDG, algunas aguas de Rancé y la clásica de Santa Maria Novella podréis haceros una idea de ese tipo de olores menos estruturados que tenían un ritmo de desarrollo diferente al perfume moderno y con un regusto medicinal.

El s. XIX -con todas sus consecuencias- dio lugar a la perfumería moderna y el origen de las fórmulas como expresión estética de un lenguaje personal. Los descubrimientos en química introdujeron sustancias que permitían jugar con notas nuevas o más precisas acentuando tonalidades como la cumarina o al contrario difuminándolas como los aldehídos alifáticos en sobredosis; el aumento de la burguesía por otro lado proporcionó un crecimiento de la demanda de productos y el colonialismo aseguraba la fuente de ciertas materias primas… Cumarina, vainillina, heliotropina, aldehídos alifáticos, iononas son elementos que entre finales del XIX y principios del XX permitieron un nuevo modo de formular. Aún se trabajaban los perfumes más caros con tinturas e infusiones de ingredientes naturales que proporcionaban al perfume una presencia única además de gran fijación e infinitud de capas entre notas dominantes mientras los nuevos materiales permitían redefinir notas, explorar facetas más detalladamente o crear olores equivalentes de forma más barata. Entre aquellos perfumes algunos marcaron la pauta de creaciones coetáneas, prefigurando las familias modernas de estructura piramidal.

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De aquellos perfumes de complejo sillage, evolución increíblemente prolongada e intrincadas facetas nos ha quedado una imagen ideal de lo que debe ser un buen perfume. Digamos el concepto más intuitivo de lo que tendemos a apreciar: fijación, forma, armonía y sillage.

De nuevo, la percepción subjetiva se enfrenta a la evaluación más técnica; combinando ambos aspectos, al final lo que cada persona puede hacer es una valoración del perfume tal como lo percibe según su experiencia. Todas las valoraciones son válidas: reflejan experiencia, ya sea por intuición o por construcción. Por esa razón la armonía es una de las características que se reconoce siempre incluso de modo automático, ya que con la maduración del cerebro también se desarrolla la capacidad de percibir el equilibrio en las cosas. Percibir una falta de armonía -no olvidemos que muchos factores pueden mediar ahí- es también una de las principales razones de rechazo de un perfume: demasiado dulce, muy pungente, demasiada aspereza en las notas cítricas, muy pesadas las notas de fondo… mientras que en ocasiones las disonancias pequeñas pueden atraer, como por ejemplo ese doble carácter amargo y balsámico de la genista.

Valorar la forma es algo menos intuitivo ya que entra en juego la capacidad de abstracción de cada cual, además de la familiaridad con los olores. Un aspecto como la linealidad del perfume puede entenderse como falta de forma en ocasiones pero también puede ser fruto de una composición altamente estructurada llena de detalles minuciosos, como ocurre con la magnifíca rosa construída por Annick Goutal en Ce soir ou jamais. La forma al final es determinante para que el perfume pueda ser fácilmente recordado, contribuye a que así sea, ya que dota al perfume de algo más que la facultad de oler bien -cosa que hace el limón en su justo estado de maduración-.

La difusión entendida como sillage es otro aspecto que las personas consideramos, pero podemos matizarlo con otros dos valores importantes: el volumen ( la cantidad de espacio que llena el perfume en el ambiente) y el sostenimiento de las notas, es decir, si existe un despliegue de notas dentro de la estela porque llegan primero las más frescas y volátiles dejando después una impresión de las notas de base como ocurre con los clásicos de Guerlain cuando se prueban en extracto o EdP, si la cosa es más compacta y unitaria como Paris de Yves Saint Laurent o Prada L´Eau Ambrée donde ciertos almizcles tienen un rol principal para lograr ese efecto de permanencia sólida o si sencillamente es un olor vago que decae al momento.

Los materiales y las técnicas de composición han ido cambiando con los años. No es un fenómeno nuevo el que se hagan perfumes con materiales más baratos (en el sentido de menos privativos) y que permitan una producción a mayor escala, al contrario, eso forma parte de la propia historia de la perfumería. Un ejemplo extremo de esto podría ser el uso de tintura de ámbar gris, que necesitaba una maduración de varios años para alcanzar el grado óptimo…si nos paramos a pensar en la rareza que es trabajar con una ámbar gris bien maduro, que siempre ha sido un material escaso y muy costoso no es difícil deducir lo arduo que podía llegar a ser tener ese producto almacenado en cantidad. Ya que el acceso a la materia prima condiciona la producción en cantidad y calidad del acabado, cuando los nuevos productos sintéticos comenzaron a mostrar las posibilidades de producir más cantidad con menor inversión el ámbar gris natural se fue convirtiendo en rareza y otras cosas surgieron , aunque en medio de ese proceso nos quedó Shalimar. El problema que podríamos señalar hoy en día no es tanto la producción masiva que, como decía, es algo bastante viejo -aunque la escala ha ido creciendo con la globalización económica-, sino la aceleración en los tiempos de composición y la vuelta al uso de recetas a la hora de formular como fin en sí mismo más que como punto de partida, convirtiendo el panorama en algo demasiado uniforme como para dejar hueco a la individualidad. Y esto también afecta a lo que llamamos perfumería nicho.

Si ahora retomamos el olor del limón que describíamos al principio y lo encuadramos en el contexto de un perfume -tonificante como Eau d´Hadrien de Annick Goutal o narcótico como Shalimar de Guerlain- podemos hacer el ejercicio de valorar cómo el carácter objetivo de ese aroma familiar se transforma y forma parte de algo que transmite sentimiento, y eso es lo que al final hace más valioso cualquier perfume: ser capaz de transmitir algo con generosidad que enriquezca la vida interior de las personas, es decir, algo a lo que está ligado el gusto propio de cada cual, no la moda.

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