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iperborea

Las intuiciones más básicas de los hombres se convirtieron en símbolos; los símbolos se entretejieron en mitos y los mitos impregnaron el pensamiento creando complejas estructuras simbólicas. Si algo se puede afirmar con seguridad sobre Hiperbórea es que encierra un complicado entramado de ideas que en ocasiones ha tenido derivaciones conflictivas. Trazar la historia de este lugar -legendario o no- es ardua tarea: sus huellas se pierden en la noche de los tiempos y su mito atraviesa tanto culturas célticas como mediterráneas. Permanece en la Historia evolucionando dentro de la tradición griálica y podríamos seguir asegurando es también el germen de la imagen paradisíaca por excelencia: lleno de armonía, abundante en recursos y aún así completamente espiritual. Dante se hace eco cuando dice “su paraíso no es más que música y luz”.

Hiperbórea representa la isla primigenia; de su imagen deriva el resto -Atlántida, Albión-. En el pensamiento clásico es alegoría de un estado de conciencia ideal que rige el pensamiento apolíneo: la superación de la tiranía de los sentidos y el heroísmo entendido como un valor cívico que entraña el sacrificio personal.

Apolo es una de las principales deidades vinculadas a esta isla. Pero en ella también se sitúa a Atlas sosteniendo el eje del mundo y se localiza el Jardín de las Hespérides, donde crecen las manzanas de oro que representan la inmortalidad. Algunas teorías señalan que las Hespérides pudieron ser un conjunto de divinidades arcaicas asociadas al destino…la cuestión es que el tiempo, o mejor dicho, el no-tiempo es también la esencia de Hiperbórea.

Hesíodo dice que en Hiperbórea vive la generación de los hombres-héroes y su rey es Kronos/Cronos, el rey de la Edad de Oro. Viven en esa isla donde no hay lugar para el devenir y de la tierra brotan espontáneamente los frutos.

Distintos autores la han ido situado más o menos en algún punto del Ártico: frente a la patria de los celtas, “a seis días por el mar de la Britania en las proximidades del mar congelado” . En el mar congelado decía Plutarco que dormía Cronos y es que Hiperbórea no se rige por el tiempo que el resto de los hombres conocen.

Con todo este calado intelectual, es difícil no preguntarse a qué puede oler Iperborea. El objetivo parece claro, representar un lugar utópico, rodeado de glaciares que permanece todo el año bajo una luz crepuscular excepto un mes en el que un sol negro se mantiene continuamente sobre la línea del horizonte y, pese a ello, siempre tiene una vegetación exuberante. Pero el concepto del tiempo hiperbóreo parece un reto.

Lorenzo Villoresi toma dos características de este paraíso ártico para perfilar el perfume: la imagen del oasis en la nieve donde delicadas y fragantes flores surgen sin esfuerzo y la luminosidad que esconde el vergel. Por eso Iperborea es un perfume radiante de flores blancas.

Son como delicadas flores fantasmas que nunca acaban de caracterizarse pero retienen un frescor infinito. Al principio se perciben como una infusión de pétalos blancos. El aspecto acuático en el que participan el ciclamen, el lirio de los valles y la magnolia tiene pese a todo un matiz intimista en el perfume. Sin renunciar al dinamismo ondulante que estas notas pueden dar hay algo que contrarresta su fluidez: la faceta solar en la que participa la luminosa y empolvada mimosa, un jugoso y lactónico melocotón, parte del jazmín y la melosa flor de naranjo…Ambos aspectos solar y acuático están completamente ensamblados y esto es algo bastante interesante, porque no suelen encontrarse juntos con igual grado de protagonismo. Es un efecto que consigue hacer el perfume más elusivo.

Iperborea es delicadamente intenso. Se hace más y más floral poco a poco pero no pierde frescor y el fondo sigue siendo un telón de radiantes pétalos entre cremosas maderas. Un ingrediente importante que Lorenzo Villoresi ha usado para singularizar el perfume es el aceite esencial de magnolia. Este material es suavemente floral y muy fresco, dulce y afrutado tipo manzana, con aspectos verdes y también matices acuosos. Además de dar carácter permite jugar a “lo familiar y lo exótico” e introducir el aspecto más complicado de un retrato utópico: el concepto de tiempo.

De un modo indirecto se refuerza el aspecto de intemporalidad y de bonanza mediante dos acordes de gran familiaridad para la mayoría de personas: el de las cremas tipo cold-cream y más concretamente el de Nivea junto con el de las aguas de colonias infantiles basadas en flor de naranjo-lavanda-limón tipo Nenuco. Ambos se presentan como en planos recesivos cubiertos por un muy fino velo aldehídico que sólo difumina las cosas hasta un punto en que aún son reconocibles. Este es otro rasgo a destacar en Iperborea porque de forma bastante sorprendente recurre al acorde cosmético pero ni es demasiado intimista, ni demasiado retro, ni nostálgico…simplemente atemporal. Estas notas de crema y tierna colonia infantil están trabajadas no para hacer pensar de inmediato en la familiaridad sino en el bienestar que produce lo familiar. Y esa es una cualidad muy difícil de conseguir.

En conjunto, Iperborea se percibe como un perfume equilibrado. Los detalles del acabado son realmente buenos. Es corpóreo como una crema pero transparente. Combina la oposición de facetas como sólo algunos perfumes vintage hacían: lo solar y lo crepuscular, lo empolvado y lo acuático… Las flores blancas se presentan con su natural dulzura, cálida y melosa con puntas afrutadas de mandarina y melocotón mientras las notas verdes y acuáticas atraviesan toda esa pantalla solar para que todo sea más redondo, más complejo. Al final de lo que habla Iperborea es de confort. Su aroma plácido me hace pensar en Dorita repitiendo aquello de “se está mejor en casa que en ningún sitio, se está mejor en casa que en ningún sitio…”.

Lorenzo-Villoresi-–-Iperborea

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