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*Ilustración de Alberto Vargas (1920)

Lo que queda en la piel mientras avanza el día, es perfume. Su plenitud de aroma, su base. Las sustancias menos volátiles son las que quedan en la piel: bálsamos, resinas, maderas, algunas notas florales, notas animales y la clásica faceta empolvada. Pero no siempre fueron líquidos los perfumes y no siempre se aplicaron sobre la piel.

Aunque la Florencia de los Médicis y la Venecia del s. XVI contaba con maestros perfumeros que destilaban exóticas flores y especias compitiendo entre sí por ser los favoritos de la aristocracia italiana, acostumbrada a perfumarse profusamente, la manufactura de perfumes líquidos no se extendió hasta el s. XVII por el resto de Europa. Hasta entonces, había otras formas más populares: las guirnaldas de flores, los saquitos con preparaciones aromáticas para perfumar la ropa, los pomos de olor, los guantes perfumados, el agua de rosas y, por supuesto, los polvos perfumados. En realidad, los perfumes secos siempre han estado presentes, desde el origen de las civilizaciones, cuando el humo aromatizaba los cuerpos. En menor medida, su uso continúa hoy en día en Occidente, en Oriente aún es una costumbre arraigada.

Pero el origen de la faceta empolvada en los perfumes modernos deriva de las antiguas fórmulas de los polvos de arroz enriquecidos con iris. El rizoma maduro de esta flor, además de poseer un aroma fresco y seco con recuerdo de violetas y maderas, ha sido conocido desde tiempos antiguos por sus propiedades suavizantes, absorbentes y deodorizantes de la piel. Se usaba también para perfumar guantes o preservar pomos de olor vegetales. Los polvos de arroz, por su parte, son muy emolientes, ayudando a retener el agua en la piel. Durante el Renacimiento, las propiedades de ambos productos se unieron en un producto muy preciado por las damas aristocráticas; en él se inspiran perfumes como Ombre Rose de Jean Charles Brosseau o Iris Poudré de Frederic Malle.

Del rizoma de iris molido sale un polvo fino como talco que ya en la Edad Media era usado para completar la higiene tras el baño, empolvando piel y cabellos incluso. También el cálamo, la lavanda, los pétalos secos de rosas o las especias podían usarse para perfumar pero, el concepto original, el precedente de la faceta empolvada, es el polvo de arroz con su característica nota de orris. Hoy en día, lo empolvado engloba otros matices: no sólo es el abstracto aroma del iris como se retrata en Fleur d´Iris de Maitre Parfumeur et Gantier, también tiene una cualidad algodonosa y puede presentar elementos gustativos con recuerdos de almendras y cerezas o un carácter cosmético más complejo -incluyendo el talco- donde la rosa o la mimosa están en la base junto con heliotropina, almizcles, cumarina, violetas, benjuí. Perfumes como Teint de Neige de Lorenzo Villoresi, Flower de Kenzo, Baiser Volé de Cartier o Clair de Musc de Serge Lutens son ejemplos de este otro tipo de caracteres empolvados.

La Revolución Francesa se llevó consigo la costumbre de empolvar piel y cabellos hasta dejarlos blancos, costumbre extendida que alcanzó su máxima expresión durante el Rococó. Luego, la química moderna desplazó el uso del iris en la farmacopea, mientras los sintéticos comenzaban a usarse en perfumería. En el s. XIX gran parte de los polvos cosmeticos que eran de menor calidad pero se comercializaban como polvos de arroz apenas tenían rastro de este ingrediente y sí, en cambio, bismuto, tiza o albayalde; mientras las fórmulas más ricas usaban en torno a un 50% de polvo de arroz mezclado con talco, óxido de zinc y almidón de maíz. La fragancia de iris dejó de ser un factor natural, se hizo más dulce pero aún reminiscente de violetas por el uso de iononas.

Pero antes a esa época podemos rastrear recetas antiguas en algunos tratados de perfumería, porque este tipo de producto cosmético dio lugar a la experimentación y, de la fórmula más pura y sencilla que era el polvo de iris pasamos a composiciones florales complejas, especiadas, musgosas, balsámicas… unas para tratar la piel, otras para absorber el sudor, pero también para depilar o fumigar en época de epidemias.

Llegaron a ser un producto muy popular y por eso una materia prima más asequible, como el almidón de maíz, era la base a perfumar. Había dos métodos: colocar capas de flores entre el almidón en polvo o mezclar éste con materias aromáticas molidas. En el s. XIX el segundo método era el más usado, especialmente mediante los llamados cuerpos de olor (algo equivalente a las bases en perfumería) consistentes en un pequeña proporción de polvo muy saturada de olor que luego se “diluía” en la base (el almidón). Estos cuerpos de olor de muy diversos aromas recogen la tradición de siglos anteriores prefigurando tipos de fragancias en el contexto moderno con nombres como Mariscala, Chipre, Frangipani, Agamuzado o de la Reina, Muselina, de Mil Flores, de Flores de Italia, de Clavel, de Rosa Blanca, de Flor de Naranjo, etc. Además de ser más o menos complejos, porque incluso estos productos podían incluir otros compuestos como la rosa moscada o el ámbar, la variedad de perfiles aromáticos iba pareja a la variedad de intensidades, desde fórmulas más penetrantes como el tipo chipre a otras más finas y suaves como el clavel.

Un ejemplo de receta para preparar el muy caro polvo Flores de Italia recogido en un libro antiguo dice: (…)”para cien libras de polvo de flor de almidón se pone: 6lb de rosa moscada, 6lb de rosa pálida, 4lb de jazmín, 4lb de flor de naranjo, 4lb de tuberosa, 6lb de junquillo o de jacinto, 2lb de iris, 8oz de compuesto de clavel y 8 oz de ámbar y almizcle. Se mezcla todos estos polvos y se los pasa por un tamiz de seda”.

Algo más sobre el tema podéis leer en Acordes míticos y memoria olfativa: olor a talco, polvos de arroz y cosmética retro chic.

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