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“Olivia (Giacobetti) inmediatamente comprendió lo que yo quería y consiguió traducir mi personalidad a notas olfativas. Hablamos sobre madera, madera húmeda, madera tras la lluvia, madera a la deriva, sobre nenúfares y hoja de coriandro. Yo quería que fuera ligera y fresca, que fuera una fragancia para mujeres, para hombres e incluso para niños…Espero que esta fragancia evoque la misma serenidad y discreción presente en todas mis demás creaciones” Andrée Putman.

De niña Andrée Christine Aynard (1925-2013) pasaba sus veranos en la propiedad familiar de la abadía de Fontenay (1119). Un lugar de sólidos muros blancos de piedra, sin apenas tallas o adornos, pero con amplios vanos que dejaban pasar una luz clara. Aún hoy reverbera en las estancias del lugar el ascetismo impuesto por Bernardo de Claraval en la orden del Císter – a cargo del lugar hasta la desamortización en la Revolución Francesa.

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*Nave central de la iglesia de la abadía de Fontenay.

Creció en un ambiente de alta burguesía disponiendo de muchas comodidades a su alrededor, pero su vida se trunco en diversas ocasiones teniendo que cambiar sus sueños a contrapelo. Comenzó a tener una inquietud especial por el mundo interior de las emociones, por la libertad y el arte. Admiraba a los artistas solitarios, los que vivían con cierta amargura existencial pero que ofrecían sinceridad en sus obras. También las lineas más puristas del estilo Déco.

Se casó con el crítico de arte Jacques Putman, de quien se divorció durante los setenta. Y, entonces, con los cincuenta años ya cumplidos se sintió a la deriva, llena de vacío. Su reacción fue rodearse de nuevo de austeridad, la misma que conoció en Fontenay, la misma a la que recurrió en su primera crisis de juventud. Vació su dormitorio, dejó una cama de hierro y un cuadro. Decía que aquello era porque ya no sabía lo que le gustaba. Comenzó a los 53 años su carrera como diseñadora de interiores.

Su marca de estilo fue la búsqueda de lo esencial a través de la austeridad ornamental. Trabajó con paletas monocromáticas y con la luz como principal herramienta para definir el espacio. Buscaba el refinamiento sin artificios.

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* 1993, redecoración del Concorde por Andrée Putman.

Tenía un sentido espiritual de los elementos y, por eso, afirmaba que los materiales tienen cada uno connotaciones diferentes, según un código. Era muy rigurosa y refinada. Amaba las cosas sencillas y los detalles. Préparation Parfumée refleja ese gusto por la poética de lo esencial como forma de búsqueda espiritual.

Es un perfume minimalista. También es monocromático, de un gris perlado. Muy homogéneo y muy ligero, apenas tiene sillage. Pero con vibración. Huele a brisa de mar tras una tormenta a principios de otoño, como una recreación muy suave de las facetas salinas y acuáticas del ámbar gris.

Su aroma y, sobre todo, su efecto reconfortante me hace pensar en las mañanas de otoño cuando una taza del ahumado té kukicha es más refrescante y tonificante que nunca. Ni en verano, ni en invierno resulta tan sabroso. Quizás una comparación extraña para hablar de un perfume, pero esta es una composición un tanto inusual que produce más una sensación medicinal que una experiencia de perfume envolvente.

Se siente como algo natural, también como algo sobrio. No como un perfume. Su estructura es impecable porque mantiene un equilibrio fino entre matices y, a la vez, tiene carácter. Llamativa es sobre todo la delicadeza de la nota amaderada. La fragancia se focaliza progresivamente en ella. Ésta no es densa y opaca, algo identificable como sándalo o cedro o teka o roble, sino una nota casi transparente de madera a la deriva, flotando arrastrada por la marea, impregnándose de sal, y desarrollando un olor vago, algo ambarado y floral, como el del Iso E Super. Algo alcanforado, ahumado y afrutado matiza esta faceta ámbar. Unido a esto, un toque más terroso y terpénico de pimienta negra para completar el tono general, suavizado por el recuerdo de algo vegetal pero almizclado de la hoja de coriandro en la salida. Esta unión de madera y especias consigue un efecto aromático casi sedante, como si fuera lavanda -sin los acentos herbáceos pronunciados aunque si que hay un recuerdo a heno muy vago-.

Volviendo a Fontenay. La antigua abadía tendría un huerto y, en el huerto habrían crecido plantas aromáticas que los monjes empleaban para remedios y, entre las plantas aromáticas no es raro que hubiera lavanda. ¿Habrá detrás de la palabra Préparation una evocación de los preparados apotecarios monásticos? Me aventuro a preguntármelo en base a dos certezas: que su infancia fue un referente constante toda su vida, de forma muy marcada, y que tenía un amor al detalle excepcional.

Andrée Putman estaba convencida de que los materiales eran como las palabras: transmiten algo. De niña cogía flores de lavanda y jacinto, las agitaba para que su aroma se expandiera y así sentía que creaba su propia fragancia.

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