Etiquetas

, , , , , , , , , ,

white-linen

La ropa perfumada es una antigua tradición oriental, de hecho, a veces, la única forma de perfume tolerada socialmente. Tradicionalmente estos saquitos aromáticos escondidos entre capas de tejidos no sólo perfumaban, también espantaban insectos y demonios o representaban prendas de amor. Como fuere, perfumaban la fina seda, el tejido que mejor retiene y abre los aromas. Tener capacidad para mantener un buen olor, rico y agradable, en la ropa era indicativo de alto estatus.

Todas las sociedades manejan este tipo de códigos. En la Península arábiga se sabe que alguien es de buena familia cuando a su paso deja una estela de aroma natural a incienso de oud. Los baños de incienso son otro modo de perfumar piel y ropa.

Pero cada lugar y época tiene su estilo. En Occidente es el lino limpio y fresco el que adquiere estas connotaciones, especialmente desde la Edad Media. A lo largo y ancho de Europa encontramos diferentes recetas para perfumar el lino que forman parte de tradiciones familiares o locales, aunque entre la nobleza capaz de permitirse materias de importación, siempre aparecen el iris de Florencia o la rosa y la lavanda de Provenza.

Christine de Pizan escribe La Ciudad de las Damas (1405) movida por el deseo de demostrar que en las mujeres existe tanta virtud como en los hombres y argumenta con distintos ejemplos. En su disertación con la Dama Rectitud hace una recopilación de los quehaceres de las buenas esposas, entre los que se encuentra mantener el lino blanco y con agradable olor.

No es hasta entrado el s. XX que las prendas dejaron de ser pesados ropajes. Durante siglos anteriores los elaborados vestidos de lana, seda y brocados sólo se ventilaban; mientras las prendas de lino se usaban como ropa interior y se lavaban con frecuencia. El enjuague con agua olorosa era un modo de dar buen olor a la ropa, los saquitos perfumados y las hierbas aromáticas era la otra forma.

El lavado podía llevarse a cabo añadiendo hierbas al agua que ayudaran a desleir la suciedad como la Flor del Jabón ( Saponaria officinalis) o mezclando agua de rosas con agua común y algunas especias para conseguir agua dulce con que aclarar las prendas. En Sicilia era el agua de azahar lo que más se usaba mientras que sumergir el lino en agua hirviendo con raíz de iris para conseguir un fino aroma a violetas era prácticamente privilegio de reyes. Lavado el tejido, se guardaba en arcones de cedro con saquitos de seda que contenían mezclas aromáticas como pétalos de rosa con lavanda, albahaca, benjuí, almizcle y clavo o polvo de iris con anís. Así se conseguía mantener un olor dulce.

Un buen olor corporal era signo de salud, virtud y poder. Pomos de olor, saquitos, polvos de iris, ropa bien lavada, ramilletes de hierbas aromáticas prendidos de la ropa, guirnaldas de flores, agua de rosas con que refrescarse…todo contribuía para oler mejor en un ambiente cargado de olores mustios y pungentes. A excepción de Venecia que tenía capacidad para disponer de materias primas muy exóticas y algunos talleres aúlicos o monasterios, hasta el s. XVII los perfumes secos fueron muy habituales. Más adelante siguen fabricándose pero ya con otro valor; de hecho en época victoriana las damas apenas perfumaban sus cuerpos -era algo muy vigilado-, se limitaban a salpicar sus pañuelos con aguas frescas o delicados soliflores y, a veces colocaban estos saquitos perfumados entre sus vestidos. La violeta, el iris o la lavanda eran los aromas más tolerados por la moral de la época que exigía demostraciones constantes de modestia como prueba última de la virtud femenina.

Aunque menos usados entonces, recetarios del s XIX siguen manteniendo entre sus páginas fórmulas para crear sacos de olor pero, al igual que con los polvos de iris y de arroz, las recetas se han ido especializando hasta configurar un catálogo de tipos. También se usaban para perfumar escritorios, papel de carta, almohadas, etc. Estos saquitos eran de seda, bordada o pintada y, en su interior, la mezcla olorosa iba envuelta en tela de algodón. La base para hacer un saco de olor se preparaba con un cuerpo de polvo concentrado, igual que ocurría con los polvos cosméticos.

Sin embargo, hoy la ropa limpia huele a almizcles blancos, más o menos abstractos, más o menos dulzones. De aquella antigua gama de matices aromáticos, florales y empolvados hoy queda poco. El olor a limpio es sobre todo el olor a Galaxolide y a Musk T, dos de los almizcles blancos dulces y florales más representativos de la idea de higiene y femineidad, presentes en cientos de productos cosméticos o de limpieza y también en la base de muchos perfumes desde la década de los setenta. Actualmente nuevos almizcles están configurando la memoria olfativa de las generaciones más jóvenes pero estos dos son aún los más representativos. La relación entre los olores cosméticos y la gama de matices en perfumería fina es muy importante, porque crea vínculos familiares en la memoria. Un tema que no me canso de recordar.

White Linen (1978) de Estée Lauder es tradición y modernidad al cuadrado. La tradición del lino blanco y fresco -símbolo de disciplina y estatus- representado a través de la entonces nueva gama de olores limpios que expresaban los almizcles blancos sirve para modernizar la clásica estructura de los aldehídicos florales, caracterizados hasta entonces por la riqueza de sus múltiples capas y la capacidad para evocar de forma refinada la sensación de piel limpia. Esta renovada estructura, más sintética, más simple y más inmediata, se basa en el equilibrio de bloques de olor integrados en una sobredosis de almizcles. El concepto en sí mismo hace que sea importante conocer este perfume cuya huella podemos rastrear en composiciones posteriores como Sunflowers (1993) de Elisabeth Arden pero, además, está muy lograda la sensación de blancura radiante, de frescor abstracto y de confort.

Básicamente el perfume descansa sobre una cúpula de almizcles blancos empolvados, con el familiar Galaxolide ( limpio-dulce-floral-frutal) como eje central en torno al que se balancean el resto de elementos. Mantiene el tono aldehídico de los clásicos como Madame Rochas contraponiendo una salida cítrica y vaporosa a una base de maderas musgosas envueltas en ámbar. Sin embargo la faceta floral no está tan difuminada y, aunque la nota de corazón es rica, en ella destaca la rosa fresca y afrutada con toques verdes y acuáticos de muguet, lilas y jacinto. En origen tenía civeta para añadir más vibración a las notas florales pero la reformulación actual se desvincula del matiz animal para concentrarse en un efecto cristalino y puro. Sólo acentos de clavel y un fino velo de miel dan más profundidad y calidez a la rosa, que después del almizcle es la nota dominante. Aún así, el perfume mantiene una cualidad efervescente muy atractiva y un sillage sólido y amplio, característico de todas las creaciones de Sophia Grojsman.

WLfrasco

Anuncios