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En una noche sin nubes y sin luna, en algún lugar frío, muy, muy frío de un país nórdico se puede ver la aurora polar. Llega y crea un paisaje inquietante, especialmente si vas en busca de ella en medio de la noche cerrada. La oscuridad y el silencio por sí mismos propician un estado emocional de alerta mientras esperas que aparezca, pero lo que no aciertas a pensar es el efecto sobrecogedor que tendrá sobre ti esa luz difusa que emerge de la nada intercalando rayos azul verdosos y amarillos, extendiéndose con rapidez, cubriendo todo el horizonte que hay ante tus ojos, mientras unos largos y decididos brazos luminiscentes apuntan hacia el suelo. Parece algo más que luz. Es como una gran pianola celestial, cuyas teclas se mueven sin intérprete recordándote que estás en medio de la nada. Tiene una belleza sublime, capaz de infundir temor y respeto a la vez.

La aurora boreal alimenta la misma inquietud que los elementos naturales que no se pueden controlar. El miedo es una emoción básica en la supervivencia: prepara el cuerpo para una respuesta rápida de huida en caso de emergencia, pero también ha llevado al hombre a crear distintos mecanismos para compensarlo. En cierto sentido el perfume también es un hijo del miedo.

El control del fuego permitió a los homínidos mantener el calor corporal y cocinar alimentos, fue también la primera forma de usar los aromas como algo cargado de valor cultural. Hasta entonces el humo sólo había sido una señal de peligro, el peligro de la destrucción, pero la hoguera pasó a ser el lugar en torno al que se reunía el grupo y compartía comida caliente. Nutrimento y calor dotaron al humo de un nuevo valor.

La palabra perfume tiene un origen ritual, viene de la expresión per fumun: “a través del humo”, el modo en que viajaban los mensajes de los hombres a los seres que habitaban en ese lugar inalcanzable e impredecible que se extendía a lo largo y ancho por encima de sus cabezas. Esos mensajes eran olores.

Con el fuego, se quemaban sustancias que aromatizaban el humo. Puesto que las llamas domadas eran una bondad para los hombres, estos devolvían los dones por el mismo camino, usando las materias más preciadas, es decir, las que entonces encontraban más beneficiosas. Ramas, hojas, frutos, flores, animales, etc hasta que las sociedades fueron menos nómadas, menos chamánicas, más atentas a los intercambios comerciales y con una compleja jerarquía sacerdotal. En tierras de sumerios y egipcios los rituales místicos adquirieron mayor sofisticación, dejando que las resinas de los árboles (mirra, frankincienso) y las especias con su dulce aroma fueran la máxima ofrenda: el incienso.

El olor a humo aún retiene ese valor dual alerta-comodidad, aún es una señal de peligro o un símbolo de abrigo y protección. Depende del contexto y la historia personal pero siempre tiene la capacidad de conectar con nuestras emociones de forma poderosa. Es un olor primario que apela a nuestra necesidad de mantener el contacto con la naturaleza.

En perfumería el humo forma parte de acordes tradicionales de cuero, de incienso y de tabaco, matizando perfumes fougére, ámbar y orientales suaves principalmente. Como fantasía que es se suele crear sobre notas balsámicas, maderas, especias, resinas, tabaco y elementos ámbar para recrear el crepitar de la madera en una chimenea, el incienso de templos e iglesias, el efecto ahumado de materiales como el cuero, el whiskey, el café o el suave aroma ceroso que desprenden las velas de cera natural mientras se consumen lentamente.

CDG 2 Man compuesto por Max Buxton en 2004 es un perfume de incienso bien facetado que se extiende como una cortina de humo blanco, ligero y aromático, casi luminiscente, que transporta aromas frescos, pinosos y terpénicos de frankincienso y nuez moscada, con limpios y cerosos acentos de aldehídos y los cálidos matices coriáceos del azafrán. No remite a una idea de confort directa y sensualista, tampoco al peligro de la oscuridad; sino que tiene algo contemplativo que conecta con la fascinación que despierta el aroma auténtico -casi mineral- del frankincienso (olíbano), algo que parece más que un olor.

CDG2 Man

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