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piña

De niños vivíamos los momentos sencillos con toda naturalidad, la realidad no estaba impregnada de valores positivos o negativos. Todo era acontecer, sin más. Al crecer, la experiencia va progresivamente filtrándose en nuestra mente porque vamos acumulando, sin darnos cuenta, prejuicios e ideas preconcebidas que disminuyen o incluso anulan esa capacidad para apreciar cómo discurre la realidad. De adultos, o nos entrenamos a conciencia o difícilmente podemos recuperar el modo abierto de experimentar. Pero existen cosas que nos pueden devolver esos momentos limpios en los que el ser y el estar se solapan y las sensaciones desembocan en sensaciones.

Quizás alguien haya dejado volar la imaginación tras estas palabras, quizás alguien esté soñando despierto. Pero nada más lejos de mi intención, nada más lejos de mi estilo. Estoy hablando del desarrollo de la atención a través de la percepción. Ni escapismo, ni ilusionismo.

Los sentidos nos proporcionan estímulos que procesamos, analizamos, juzgamos…pocas veces los disfrutamos sin más. Pero todos, seguro, tenemos algún sabor o algún olor que nos facilita ese estado de plenitud. A veces, también los paisajes, los jardines, los edificios nos pueden sumir en esa particular clarividencia; aunque no todo el mundo tiene la misma facilidad para este tipo de experiencias, lo cierto es que surgen sin más y se viven tal cual. Suelen tener una fuerte dimensión sinestésica -varios sentidos focalizan a la vez el mismo estímulo- lo que las convierte en recuerdos vívidos susceptibles de ser reinterpretados a través de la imaginación.

Llamemos a esos olores, sabores, paisajes, etc catalizadores de la conciencia. Pensad en Proust y el episodio de la magdalena. ¿Habéis encontrado un perfume que os ofrezca un instante de serenidad y conciencia plena a la vez, de luz, textura, temperatura, una sensación de tiempo y lugar? Si pienso en aquellos perfumes con los que más me identifico, todos tienen algo en común: al probarlos ellos eran la única realidad que podía experimentar, como si de nuevo fuera una niña descubriendo algo nuevo.

Sin embargo, existe un material en perfumería que por sí sólo tiene esa cualidad: el frankincienso. La realidad se dilata y la respiración se vuelve más profunda cuando eres capaz de apreciar en el olíbano la riqueza de sus matices. No en vano, es la base del incienso, el aroma místico por excelencia.

Los perfumes de incienso, con resinas y maderas preciosas, fácilmente evocan la idea de misticismo en multitud de culturas pero no siempre van más allá de lo esperable: algo dulce y ahumado. Funcionan como estereotipos olfativos, que también existen, llegando a ser poco más que una distracción. Creo que por esa razón apenas comento perfumes de este tipo, porque rara vez encuentro algo que me conmueva, algo que sea una reminiscencia del material, así limpio y fresco, amaderado, muy aromático y profundo, capaz de iluminar el momento con una luz especial: clara como una mañana de verano y trémula como la llama de las velas.

En Wazamba (2009) esos matices preciosos se presentan como pinceladas aquí y allá matizando un perfil resinoso y conífero muy compactado. Aunque lo que más caracteriza a este perfume quizás sea el persistente dulzor aromático que recorre todo el perfume, desde la salida hasta la base, mutando lentamente hasta transformarse en una nota ambarada. En la primera fase de la evaporación recuerda al penetrante dulzor acaramelado de las agujas de pino frescas acompañado por un verdor algo seco pero poderoso y con recuerdos de manzana y semillas de granada. En conjunto, la salida presenta una curiosa faceta verde que hace pensar en una nota tipo caléndula/tagetes.

El perfume evoluciona con tonos luminosos hacia una base refinada de ámbar dulce. La mirra, suavemente especiada, está reforzada con una potente y oscura nota de regaliz mientras el opopanax continua la dualidad frescor/dulzor con un tono más meloso. Como en toda composición de Parfum d´Empire, Wazamba también exhibe una faceta cuero, aunque es una fugaz sensación que emana difusa, acompañada de acentos licorosos. El acorde ámbar mantiene el rasgo frutal del perfume, ahora con recuerdos de compota de manzana, y algo de frutos rojos para cerrar el círculo. Wazamba, en términos de olor, es más una fantasía orientalizante que un perfume de frankincienso en sentido estricto, aunque resalta de forma contundente su faceta frutal, pero sí que tiene la capacidad de invitar a respirar con profundidad.

wazamba

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