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*Vuelo de Fantasía pintura de Karl Bang.

Durante la última semana de enero ya es evidente que los días crecen, hay más luz y empieza a ser una luz más clara. A mitad del mes de agosto algo comienza a ser diferente, la luz se vuelve más blanca. En los primeros días de septiembre el olor de la tierra cambia y las jornadas, aún soleadas, ya dejan presentir en sus mañanas la humedad y el frío del otoño venidero.

Hay momentos del año en que la naturaleza es más perfumada que de costumbre, como si exhalara poesía. La atmósfera de alguna manera se vuelve más suave y el sosiego flota en el aire. En esos momentos los perfumes adquieren una cualidad más natural y se expanden como si fueran otro aroma más de la naturaleza, inundando los sentidos con emociones que nos implican más con el entorno. En esos días ocurre una extraña magia: nos olvidarnos de que llevamos perfume y simplemente disfrutamos con la sensación de oler algo infinito que nos hace sentir mejor.

Carpe diem. Necesitamos no olvidarnos de que vivimos y que podemos hacer por ser felices. Porque a veces, en la vida, llegamos a olvidar que intentar ser felices es muy importante.

No es una obligación, no de la manera que la publicidad y la vida social parecen dictar. Pero sí es una necesidad. Así que buscar pequeñas cosas en el día a día que nos permitan disfrutar es una buena disciplina. A veces es una taza de café con una onza de chocolate, otras un libro estupendo o una película que nos libera. Así que no me cabe ninguna duda que darnos cuenta de que olemos bien y más aún, que nuestro perfume se funde con nuestra piel, es una sensación muy reconfortante.

Los olores despiertan nuestros sentidos y nos hacen sentir más vivos. El olfato es un sentido de alerta pero también permite el deleite. Disfrutar de buenos olores siempre ha sido saludable.

El ser humano es un ser propositivo y una de sus metas más importantes es minimizar el dolor. Cuestión de supervivencia. Tanto si es un producto de aromaterapia como si es fruto del sentido estético, el perfume tiene la capacidad de influir en nosotros. Así que usemos perfumes para sentirnos mejor y, estando más cómodos con nosotros y nuestras circunstancias, es mucho más probable que nuestros momentos cotidianos se conviertan en recuerdos bonitos.

Llevar un perfume y olvidar que lo llevas mientras sientes su aura es, paradójicamente, la sensación más deseable…hechizante incluso. Los perfumes que tienen un sillage bien construido suelen crear esa sensación casi en cualquier circunstancia o momento del año, casi. Cuestión de evaporación.

Esa cualidad del sillage sólido es poco frecuente, muy poco frecuente. Sin embargo es la más deseable, especialmente si el perfume tiene una afinidad total con nuestra piel, porque entonces podrá desplegarse de modo especial en cualquier parte del cuerpo que lo apliquemos. Es cierto que probar los perfumes en diferentes zonas del cuerpo es un ejercicio para estudiar matices pero los perfumes más frágiles también son menos versátiles.

Así pues, ¿cómo disfrutar más de nuestros perfumes? Saber elegir es una cosa, saber perfumarse otra. El modo de aplicación también cambia la percepción.

Todos tenemos nuestros rituales. Hay gente que adora ponerse su perfume diario tras la ducha de la mañana, otros sólo conciben vaporizar la fragancia una vez vestidos. Hay quien crea una nube y hay quien sólo pone un par de gotas tras el lóbulo de la oreja.

Perfumarse en la nuca permite percibir oleadas de perfume y sentir mejor la estela, además el cabello queda sutilmente impregnado con la fragancia. Aplicar unas gotas en las muñecas es una actitud más pragmática ya que alejamos el olor de nuestra nariz y sólo sentimos un rastro tenue de aroma.

Pero si se busca la plenitud del perfume y poder apreciar las distintas intensidades en cada faceta; si se desea sentirlo como algo fluído y natural a la vez que poderoso, entonces perfumarse en el hueco que forma la base del cuello entre las clavículas, en la escotadura supraesternal, es la mejor opción. Así podremos respirar a través del perfume como si estuviéramos oliendo la brisa perfumada en medio de la naturaleza.

Sabemos poco del cerebro, menos de lo que pensamos porque aún nos falta la capacidad para poner todo el conocimiento que brinda la (neuro)ciencia bajo un modelo coherente y después ser capaces de traducir eso en términos de comportamiento general. Pero os diré una cosa, infravaloramos la capacidad que brinda la imaginación y la fantasía como instrumento de conocimiento. Porque la imaginación y la memoria están íntimamente ligadas y, quienes estudian algo sobre los perfumes enseguida entienden esto ya que los olores no se memorizan aislados tal cual, sino asociados a algo. Ese algo crea un contexto que caracteriza el olor. Puede ser color, puede ser música, formas o un paisaje: no existe un patrón exclusivo.

La imaginación ayuda a recordar una experiencia sensorial del pasado pero también permite variar los elementos y combinarlos de nuevo. En perfumería eso es trabajar con el recuerdo del olor. ¿Cómo puede la gente creer que la imaginación es sólo ensueño y por tanto desligable de lo humano? No lo sé, quizás porque culturalmente no se favorece un uso holístico del cerebro. Rita Levi Montalcini decía que el futuro de la investigación en neurociencias estaba en comprender mejor el funcionamiento holístico, si renunciamos a comprender la imaginación como una capacidad más, renunciamos a ese futuro. Por favor, alimentemos la creatividad.

Ahora esperad un poco más antes de acabar esta lectura. Fijaros en el cuadro de Karl Bang Vuelo de Fantasía que encabeza esta entrada, ¿os parece que la pieza musical Birds de Kokin Gumi la ilustra? ¿Qué perfume podríamos añadir? Yo tengo claro el mío pero no quiero influir en vuestra percepción. Pensadlo y compartir vuestra idea si así lo deseáis o guardadla en vuestra mente si os parece mejor. Pero pensadlo.

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