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*Un Idilio de primavera (1901) de Stefan Kuhn.

¿Qué esperáis de un perfume de violetas? Yo deseo que la dulce y elusiva fragancia de las flores no parezca un perseverante olor genérico sin misterio. Las violetas, encantadoras, merecen ser retratadas en un perfume con detalles de calidad porque son flores primaverales cuyo olor repica en la nariz con calma y jovialidad. Son en sí mismas una concentración de contradicciones y siempre quiero que esa misma riqueza de matices las intente reflejar un perfume. Al final, espero que el perfume sea un concentrado de emoción y me cautive oliendo profundamente a violetas, llenando la mente con recuerdos de infancia y abriendo una ventana imaginaria a un paisaje lleno de verdor y umbría. En definitiva, algo cuajado de audaces matices que al mismo tiempo sea souflé de violetas, suave y refinado, paseo entre los pastizales, bouquet delicado de rosas de té y jugosas frambuesas silvestres.

Yo aún no he encontrado ese perfume de violetas pero La Violette (2001, Isabelle Doyen) de Annick Goutal se acerca bastante a mi ideal. Se queda con los matices para dibujar la flor, así que no te da la imagen completa pero sí la sugerencia, lo cual es perfecto para representar ese ramalazo fugaz que dejan las violetas. Ahora flota en el aire el aroma acuoso de la sandía que luego se densifica y se transforma en frambuesa, ahora sugiere tímidamente una rosa empolvada, ahora intriga con ese matiz profundo de hierba fresca… Te obliga a pensar no sólo en la flor sino también en el contexto en que crece y en el idílico aroma que desprenden los campos en un día tibio de primavera. Un día en el que la brisa trae miles de olores frescos y dulces muy relajantes.

La Violette opta por la naturalidad y la sencillez de las flores campestres. El absoluto de hoja de violeta aporta esa faceta de verdor tangible y un toque acuoso más evasivo pero lo realmente elusivo es el tono floral, es como un hilo dorado que te invita a seguirlo esperando encontrar el aroma denso de los pétalos.

En palabras de Isabelle Doyen esta “es una violeta un poco bohemia” porque transciende el marco de la coquetería de salón en que se ha encasillado la flor. No es sólo dulce y empolvada, también es verde, ozónica y etérea. Un juego de equilibrio entre los aspectos más íntimos de la faceta empolvada y el poder primitivo de la flor en el campo, huyendo del preciosismo galante.

Decía Víctor Hugo que “la impresión artística está en el contraste” y nada más cierto en perfumería. Sin contraste no hay profundidad. ¿Quién quiere asentimiento continuo?, ¿quién quiere que una flor diga siempre -sí-?

En la naturaleza las flores también refutan despertando la intuición. Hacen pensar en más allá del invernáculo. Y las violetas, junto con el iris, se prestan al misterio y la imaginación más que ninguna otra flor porque hacen pensar en la campiña y en el bosque y lo que estos representan: el aire puro y la mente despejada por un lado, lo inaccesible y lo fantástico por el otro. En el fondo esto es otra aproximación a la infancia o, mejor dicho, a una parte del universo infantil. A aquella parcela de la edad temprana que ocupan los buenos olores, los bosques encantados y las criaturas mágicas que florecen por encantamiento entre el musgo y los helechos.

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