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Era un tibio y soleado día de abril así que aún no se sentía el bullicio característico de la recta final del curso, cuando todo el mundo camina apurado a conseguir los últimos apuntes, recoger las últimas fotocopias o preguntar a los demás cómo será el examen final. Eran las primeras horas de la tarde pero la luz parecía más atenuada, como si fuera media tarde.

Yo tenía unas horas libres y un pequeño trabajo de investigación que terminar. Había conseguido, al fin, aquel libro imposible de encontrar, que necesitaba para completar una parte del trabajo y quería leerlo con detenimiento. Así que decidí caminar un poco para despejar la cabeza e ir a la biblioteca central, alojada en uno de los edificios históricos de la universidad.

Aquel día tranquilo de abril, todos debimos de tener la misma idea porque en la sala principal no había ni un puesto disponible. Cierto que mucha gente acampaba dejando sus cosas en la mesa para luego irse a fumar al patio o buscar un café pero, fuera como fuere, ninguno de aquellos antiguos pupitres de madera, iluminados con lámparas individuales y acompañados por crujientes sillas sobre el crujiente suelo de madera estaba libre.

Merodeé un poco por el claustro y decidí entrar en una de las salas de lectura. Hasta hacía unos años aquel edificio había albergado clases. Las viejas aulas convertidas en salas de lecturas eran enormes, quizás no tan grandes como algunas de las que yo conocía en mi campus pero con su luz diáfana, los techos altísimos y sus colores totalmente neutros transmitían sensación de inmensidad. Además, las ventanas, de corte clásico, tenían un alféizar bastante bajo que permitía entrar la luz a raudales pero sin la incomodidad de los vanos hasta el suelo.

La habitación estaba orientada al oeste, de manera que la luz de la tarde la bañada con una pátina dorada. Las ventanas daban al jardín que había ante la capilla, en el que hacía poco habían plantado magnolios. Se veían algunas flores blancas y enormes entre las hojas verdes, se veía el campanario que cada hora avisaba del paso del tiempo y se veía el cielo claro.

Tuve suerte, la única mesa libre estaba cerca de una gran ventada. Tenía una generosa superficie de madera ante mi para extender todos los papeles. Siempre necesito extender mis papeles y libros cuando estoy ordenando un trabajo, aquello era casi como estar en el escritorio de mi casa. Y además la silla era muy cómoda, con asiento aconchado, sin crujidos y asentada sobre una tabla más nueva que no delataba tu pisada.

En las paredes se alternaban estanterías oscuras con libros añejos y tramos de lienzo en blanco. Todo parecía dispuesto con ritmo pero los contrastes eran suaves. Aquella no parecía mi universidad, parecía una de esas habitaciones claras y un poco rústicas de tipo nórdico. Sólo el olor de los viejos libros y el enorme silencio te recordaban que estabas en una sala de biblioteca porque ni tan siquiera te enterabas que cerca de ti había otra persona estudiando. Las mesas tenían la distancia perfecta.

Nunca olvidaré el silencio apacible de aquella sala. Parecía imposible de precisar la época histórica a la que pertenecía o la ciudad en que se encontraba. No he vuelto a encontrar un lugar así, que invite a trabajar con tanto relax…¿Seguirá siendo tan clara la luz, tan blancas sus paredes o tan tibia la temperatura de la estancia?

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