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Junto al rompeolas que bordea la embocadura de una ría, en un día nublado de verano dos niños pequeños junto a su padre sacan fotos del paisaje.

Papá, papá ponte ahí -dijo el mayor- que te saco la foto.
Vale Luis pero procura que salga ese edificio de ahí detrás, eh! Ven aquí peque.
Papá, papá…mira que piedras -dijo Luis-.
Sí son para que las olas rompan y pierdan fuerza.
¡Guay! ¡Voy a sacarles fotos a esas piedras!-contestó Luis-.
¡No, hijo! ¡A las piedras no!
Sí, sí que me gustan mucho -dijo Luis mientras enfocaba-.
Pero si sólo son piedras grandes…
A mi me gustan esas piedras grandes.

A los pies del castillo de Tintagel, por encima de la cueva de Merlín un joven y un hombre adulto de pelo cano se sientan a descansar.

Definitivamente, Tintagel es un sitio interesante – dijo el hombre adulto-. Ya sabes. No encuentras un castillo completo, sólo algunos muros y cimientos. Hmmm, pero desde el punto de vista arqueológico…y luego están estas vistas, ¿no crees?

No sé para mi sólo son piedras -contestó el joven alzándose de hombros.

Sí hijo son piedras…pero piedras que el hombre ha ido colocando en distintas épocas, construyendo casas, capillas, castillos y murallas.

Piedras desperdigadas y carteles que señalan cosas que no se pueden ver, -dijo el joven con sarcasmo- Mira “El Jardín” según el cartel estaba por ahí ¡pero si apenas hay hierba!

Ya, así son las cosas,- contestó el padre con mirada melancólica-. Podemos reconstruir en la mente este castillo porque conocemos otros de la misma época que se han conservado mejor y David, lo creas o no, ese jardín que ya no existe es importante. Seguramente fue un Hortus Conclusus y eso nos da una idea del rango que tenía el castillo -continuó diciendo el padre.

Bueno, bueno como quieras -dijo David- pero yo sólo llego a ver hierba y piedras. De verdad papá, esto no es para mi; preferiría visitar cien veces la vieja estafeta de correos porque ahí sí hay cosas que ver. ¿Vamos?

Pues si te apetece ir, vamos.

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