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Aquel concierto fue apoteósico. Era un día frío pero nosotros nos asábamos de calor en aquella sala gigantesca preparada para la música con el típico ambiente caldeado de los conciertos: amigos carcajeando por la mínima, fans en fase hipomaníaca hablando por los codos o paralizadas por la emoción en la primera fila, parejas adorándose el uno al otro y los de seguridad haciéndose los majos con la jóvenes más jóvenes y más guapas.

Lo que lo hizo memorable fue la entrega del cantante. Se mostró divertido y disfrutó de la fiesta. Lo recuerdo con cariño porque nos sentíamos libres para bailar y reír sin más y nuestra alegría se reflejaba en el intérprete o la suya en nosotros. La reciprocidad convirtió la fiesta en festival.

La selección de canciones era buena. No permitieron que el ánimo decayera a golpe de lentas, supieron alternar las más rítmicas con las más melódicas y despedirse embelesándonos con una balada. Fue perfecto.

En otros conciertos de artistas que me gustaban mucho más que él no me divertí tanto porque en directo parecían limitarse a cantar una canción tras otra fusilando el repertorio. La actitud lo es todo. Las buenas canciones no hacen un buen concierto si no hay predisposición para entretener.

Tres años después volví a verlo en directo. Era mayo o junio y estábamos al aire libre. La gente hablaba, gritaba, reía y lloraba. Las parejas se adoraban, los amigos se carcajeaban, las fans se desmayaban. Ansiabamos verlo aparecer en el escenario de un momento a otro. Estábamos allí para emocionarnos pero él no actuó entregándose. Ya no cantaba: exhibía un repertorio de canciones que parecía pretencioso.

Yo veía un producto en el escenario, no un cantante. Fue triste y aburrido. Retrocedí en el tiempo tres años y recuperé el recuerdo de aquel concierto; quería quedarme con la imagen de un artista ilusionado.

*** Momento musical para cerrar: Sweet Little Mystery de los Wet Wet Wet en directo.

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