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Tardes de otoño de mi infancia, tardes violetas y anaranjadas, en las que no tenía conciencia del tiempo, se quedaron ancladas en mi memoria  como imágenes prístinas como el cristal. Tardes bañadas por la dorada tibieza otoñal con el dulzor seco del aire impregnando cada momento. Y sobremesas alargadas hasta la merienda y café y chocolates y muchas palabras.

Aquella comodidad de las conversaciones fluidas de mis mayores recordando anécdotas mientras al otro lado del cristal llovía sin cesar. Tazas humeantes desprendiendo intensos y profundos aromas acaramelados o finos efluvios herbales ligeramente amargos. Aquello aún es para mi un modelo de confort que atesorar con celo…Y cada año, cuando de súbito comprendes de nuevo que el verano se fue definitivamente, mientras comienza octubre y regresa la lluvia, algo como un fugaz despertar, como una ventana abierta a otro paisaje, se produce de nuevo en la mente. Un reencuentro.

Es un ciclo que pauta el transcurso del tiempo. Una sensación necesaria porque ¿Quién no quiere cada año probar los higos tardíos y las uvas frescas, tomar crema de calabaza y castañas o manzanas asadas? Hay algo muy reconfortante en esta repetición porque esa repetición se convierte en un anclaje y es que, en el fondo, todos comprendemos que las estaciones no duran tanto. Esos anclajes crean la ilusión de un tiempo dilatado mientras el reencuentro con la nueva estación es un recuerdo y un aviso de que seguimos viendo las cosas pasar a una velocidad vertiginosa.

Los olores de cada estación pueden ser un anclaje poderoso. Hay quien es más sensible a la primavera, quien lo es al verano o al invierno…, personalmente siempre he tenido preferencia por el otoño pese a que necesito sentir y vivir todos los cambios de las estaciones: el olor a tierra húmeda, a hojas secas, a madera, los sabores tostados y acaramelados de las cosas que horneamos y el toque sabroso del té kukicha que resulta especialmente reconfortante en esta época del año vivifican tanto que aportan solidez a mi rutina; es esa sensación de vínculo con la tierra, esa sensación de inmanencia lo que más me fascina y me ayuda.

Anclamos momentos porque necesitamos ritualizar el tiempo -nuestro tiempo- para tener mayor consciencia del mismo. Hay quien es muy meticuloso y constante con sus rituales y sistemáticamente cambia la decoración de su casa o enciende a diario una vela mientras escribe una carta, hay quien opta por acciones más orgánicas y cambia radicalmente sus comidas según la estación pero, al final, sea de una forma o de otra, la conciencia del tiempo -o la falta de ella- determina nuestra propia conciencia más de lo que podamos creer; mantiene nuestra mente más flexible y por ende nuestra capacidad de organización para llevar a cabo tareas diarias.

De algún modo resaltar la conciencia del tiempo es también alimentar nuestra memoria, un proceso complejo sin el cual perderíamos nuestra capacidad de aprendizaje y, más aún, nuestra propia identidad. Podríamos decir que guardamos episodios de nuestra vida por fases que según van asentándose como recuerdos creando los ciclos de nuestra vida a lo largo de los cuales también encontramos constantes : los anclajes, muchos de los cuales se formaron en nuestra infancia. Música, libros, películas, objetos cotidianos, olores, sabores, paisajes, paisanaje…vivencias varias.

Para algunas personas los olores tienen mayor relevancia en este proceso, formando desde edades muy tiernas imágenes vívidas que no se pueden disociar de ellos, esto suele ir parejo a una mayor sensibilidad a los cambios en la naturaleza o el entorno en general de manera que, los olores del contexto son siempre un signo de algo y, a veces, un símbolo. Particularmente en otoño, cuando el aire rezuma el perfume intenso de tierra húmeda, de maderas, de frutos más dulces, de miel fresca …así, algunas personas sienten que si no van al bosque a oler el otoño o pasear cerca del mar para palpar cómo cambia su olor cuando el aire se enfría se están perdiendo algo. Estas personas -entre las que me incluyo- tenemos preferencia por los olores amaderados, especialmente por los chypre, porque nos recuerdan esas experiencias en el bosque o en la orilla del mar.

Pero mientras el exterior nos recuerda el paso del tiempo, la casa se refuerza como refugio y los olores gustativos de bebidas calientes o alimentos nutritivos también se vuelven más reconfortantes. Son dos facetas del otoño y nuestros perfumes también pueden reflejar esa predilección a través de las fragancias gourmand, especialmente aquellas que despliegan una paleta más madura al paladar: café, chocolate, licores varios, miel, frutas escarchadas, jengibre confitado, frutos secos…

En esa gama de olores otoñales suaves, envolventes y a la vez profundos para mí 1270 de Frapin lo armoniza todo. Amaderado, balsámico y gustativo trae consigo el recuerdo de los olores de las sobremesas -eterna tradición de familia- y, con ellos, la idea de refugio, de otoño, de niñez, de madurez, de paso del tiempo, de nutrimento, de finitud e infinitud todo junto. En resumen, de identidad personal.

Es oscuro pero ligero, sutilmente terroso. Rico en notas amaderadas balsámicas con recuerdos de hojarasca, roble y cuero, gracias a una buena dosis de haba tonka y guayaco. Está recubierto de un dulzor bueno, acaramelado en ciertos momentos, pero sobre todo meloso que armoniza muy bien con el discreto tono floral que recuerda vagamente a la flor de tilo. Puede percibirse con claridad la delicada faceta de té y licor que aporta la nota de siempreviva, clave en esta fragancia para contribuir a un tono ambarado refinado que se complementa con la vainilla y la miel. Cuando el perfume va llegando a la última fase de evaporación comienza a aclararse y a volverse mucho más suave y cremoso gracias al toque empolvado del cacao que se mezcla con el cashmeran y la vainilla. Pero antes de esa base suave hay una nota oscura y almizclada que destaca en el perfil junto a la siempreviva: el café, bien acompañado de matices de tabaco y miel, bien unido a un tono licoroso u oscureciendo la faceta maderada-vainillada.

Con todo, el perfume parece tener la dosis justa de riqueza para transmitir más una sensación hogareña que opulenta. Es precisamente esa capacidad para crear una sensación de ambiente más que de perfume lo que hace singular a 1270. Cuando el perfume se lanzó por primera vez al mercado en 2002 detrás estaba la idea de una casa de gran tradición en la producción de cognac como es Frapin buscando recrear los olores relacionados con el mundo del cognac. Sidonie Lancesseur fue la encargada de reformular el perfume para su relanzamiento en 2010 y aunque yo nunca tuve la oportunidad de probar la fórmula original porque siempre lo encontraba agotado, cuando preguntaba sobre él recibía repetidamente una respuesta parecida con referencias a un espacio interior dominado por la idea de comodidad que traen los olores de licor, chocolate, caramelo, etc. Esa sensación se mantiene, sin duda, y creo que es su rasgo más atractivo y poderoso.

Momento musical: Otoñal de Raúl di Blasio.

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